La última noche de julio prometía ser una velada de soul y funk con el concierto de Lionel Richie en el recinto municipal coruñés, enmarcado en el prestigioso O Gozo Fest. Este humilde medio, sin embargo, no puede atestiguar los hechos in situ (y ya verán por qué), pero sí podemos hacer eco de las crónicas sudorosas que circulan por la prensa y las redes.
Lo que sí podemos afirmar, gracias a la sabiduría popular y a los desahogos digitales, es que el recinto municipal coruñés pareció transformarse en una suerte de sauna premium, con precios de entrada acordes, pero sin los beneficios de un spa. La ausencia total de climatización –una nimiedad que, al parecer, solo notó el mismísimo Lionel Richie al denunciarla entre canción y canción– provocó un ambiente tan pegajoso que, algunos asistentes se vieron envueltos en problemas respiratorios y una sudoración tan profusa que bien podría haber abastecido una piscina olímpica. La condensación, ese regalo de la humedad y el calor, amenazó con crear un ecosistema propio, multiplicando los riesgos para la salud de la (multitudinaria, según dicen) concurrencia.
Es curioso, por no decir hilarante, que se trate de un recinto completamente cerrado y sin ventilación natural, aunque existe una climatización. Sí, amigos, una que fue instalada y utilizada por imposición de la todopoderosa Asociación de Clubes de Baloncesto (ACB) para sus ligueros menesteres. Los motivos por los que esta maravilla tecnológica decidió tomarse la noche libre para un evento que, según los foros, desbordó las expectativas, permanecen envueltos en el misterio (o en la burocracia, que para el caso es lo mismo).
Y ahora, la guinda del pastel, el motivo de nuestra ignorancia in situ: este humilde medio digital, a pesar de cumplir en tiempo y forma con todos los requisitos para cubrir un evento celebrado en un recinto público municipal y con patrocinio autonómico, no fue acreditado. Ah, la modernidad. Parece que algunas promotoras –con el beneplácito de autoridades municipales y autonómicas, por supuesto– han decidido que, en pleno siglo XXI (ese que prometía la expansión digital y ecológica), el único criterio para acreditar a la prensa es… ¡tener una publicación en formato de papel! Sí, han leído bien. El papel, ese vestigio del pasado que, al parecer, marca el número de lectores más que la web más visitada.
¿Alguien, a estas alturas de la función teatral, cree que esto obedece a un pensamiento «antiguo»? La respuesta, estimados lectores, es un rotundo «no», además de, probablemente, «ilegal». Ser un medio incómodo para algunos políticos que blasonan de libertad, o arribistas mediocres que organizan bolos, tiene estos peajes. Más allá de las subvenciones o ayudas públicas a las viejas rotativas, la cruda realidad de este proceder tiene un motivo mucho más espurio: con estas conductas, la promotora –cuando no rasca un extra recaudatorio– devuelve estas preciadas entradas de prensa a las autoridades del recinto. ¿Y qué hacen estas autoridades con ellas? Pues, ni cortos ni perezosos, las utilizan como invitaciones para satisfacer «compromisos» que las (nada escasas) entradas protocolarias y gratuitas no lograron cubrir.
Para muestra de esta “españolada” moderna, no tienen más que sintonizar cualquier noticiero (sea impreso, digital o telepático, como prefieran). Ahí se exponen a diario las «aventuras» de nuestros gobernantes: títulos académicos inexistentes, visitas a lupanares de dudosa reputación, obras sin justificación aparente, y un largo y fascinante etcétera. Quizás, si este medio fuera de papel, tendríamos acceso a más de estas emocionantes tramas. Pero mientras tanto, nos conformaremos con sudar la gota gorda, aunque sea desde la distancia.