Aurora Beltrán: la voz que eligió el rock. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

Hay gente que nace para quedarse sentada. Y hay otras que, incluso sentadas, ya están caminando. Aurora Beltrán era una niña callada, obligada por una enfermedad a pasar más tiempo consigo misma que con el mundo. A otra la habría devorado el silencio, pero a ella se le ocurrió llenarlo con una guitarra.

Empezó a escribir canciones siendo una cría. Su primera composición llegó incluso antes de cumplir los 13. Pero la que de verdad estremeció fue “Muerte ven”, grabada a esa edad. Una niña componiendo sobre la muerte mientras otras jugaban a ser mayores. Así era Aurora: no se conformaba con lo obvio. Su universo no cabía en los límites de la infancia. Lo rompía. Lo trascendía.

Pamplona la vio nacer, pero fue Potasas quien la crió. Entre fábricas, frío y verdades a media voz, Aurora afinó su oído y su alma. Estudió violín en el conservatorio, tocó en orquestas para pagarse las clases, y en cada nota llevaba algo de rabia y ternura. Ya entonces, sin saberlo, estaba entrenándose para lo que venía.

Antes de ser la voz salvaje de una generación, probó suerte con Belladona, una banda compuesta solo por mujeres. Grabaron Las mujeres y los negros primero en 1986, un título que ya hablaba del tipo de mundo que estaban dispuestas a rasgar. Pero lo importante no era el disco. Era el impulso. El gesto. La necesidad de decir algo, de marcar un antes y un después en un país que aún iba con sordina.

Y entonces llegaron los Tahúres Zurdos. En 1987, Aurora y su hermano Lolo formaron esa pequeña bomba de relojería emocional. Zurdos los dos, tahúres por elección. Jugadores de cartas marcadas, de vidas que no pedían permiso. Les acompañaron Luis Salcedo y Javier Lizarazu, y juntos se lanzaron a un camino sin red.

El primer disco fue casi artesanal: una maqueta grabada con 40.000 pesetas. Sonaba crudo, sí. Pero también sonaba honesto. Era rock sin filtro, sin pose. Lo editaron con el sello Oihuka en 1988. No hacía falta mucho más. Solo una voz que te desgarrara el alma, una guitarra que te pusiera los pelos de punta, y la certeza de que estabas escuchando algo que no se parecía a nada.

Siguieron con Tahuría en 1990. Luego llegó el salto a EMI, el gran sello, el monstruo amable. Publicaron Nieve negra (1991), Árido (1992), La caza (1994), Azul (1996), Tak (1998) y El tiempo de la luz (2000). Cada disco era una nueva manera de contar lo mismo: que la belleza duele, que amar tiene cicatrices, que vivir a veces es un acto de resistencia. Y culminaron con 17 Años, un directo que era más que una despedida. Era un legado.

En 2004, los Tahúres se disolvieron. El cuerpo pedía descanso. El alma también. Pero Aurora no supo parar. Siguió en acústico, en formato íntimo, acompañada por Eva Rada, voz y aliento cómplice. Y cuando muchos pensaban que ya había dicho todo, se reinventó. Porque los valientes no desaparecen, solo mutan.

En 2008 publicó Clases de baile, su primer disco en solitario. Colaboraron Bunbury, Loquillo, Carmen París. Grandes nombres que entendían que ella también lo era. Que su voz era patrimonio emocional de toda una generación que no necesitó himnos de estadio, solo canciones que supieran doler.

Ese mismo año se unió a Rosendo y Barricada en la gira Otra noche sin dormir, y pisó Las Ventas como quien pisa su propio cuarto. Sin miedo, sin concesiones. Con la misma verdad de siempre, pero más templada, más sabia.

Y entonces llegó Museo Púrpura, en 2011. Un concierto en Bilbao. Una canción, Invicta, que hablaba de su enfermedad renal crónica, diagnosticada en 2005. No para dar pena. No para llorar en público. Sino para seguir cantando, aunque el cuerpo dijese basta. Porque hay quien canta con la garganta, y hay quien canta con las entrañas. Y Aurora era de las segundas.

La canción fue un himno para ALCER, la asociación de lucha contra las enfermedades del riñón. Porque cuando Aurora canta, no lo hace para vender. Lo hace para que otros no se sientan tan solos. Para que sepan que el dolor también puede tener música.

Y cuando nadie lo esperaba, cuando ya parecía historia, los Tahúres volvieron. En 2019, un concierto benéfico, luego una pequeña gira navideña. La llama seguía viva. Porque hay cosas que no se apagan, aunque el viento sople fuerte.

En 2022 recibió el premio “Somos valientas”. Claro que sí. Porque no hay palabra que la defina mejor. Valienta. De las que se caen y se levantan. De las que no necesitan permiso para ocupar un escenario. De las que no piden perdón por sentir tanto.

Hoy escribo esto desde una distancia que no duele, pero que pesa. Porque el otro día, al hablar contigo, me dijiste que pronto ibas a volver a Coruña. Y desde entonces, estoy contando los días para volver a verte, y poder darte un abrazo lleno de cariño y de rock’n’roll.

Gracias por tanto, Aurora. Nos hiciste humanos. Nos hiciste fuertes. Nos hiciste mejores.

Y eso no lo hace cualquiera.
Eso lo hace una voz que eligió el rock.

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