@jsuarez02111977
Al alba del 18 de agosto de 1936, Federico García Lorca cayó acribillado en un barranco de Granada. Comunista, masón y maricón, dijeron sus verdugos. Uno de ellos, un fascista de los de misa, caña y pistola, se jactó después: “Le metí dos tiros en el culo por maricón”. Así, con esa brutalidad de taberna y sangre reseca en las botas, se despacharon al poeta más grande que ha parido este país de cobardes.
Ochenta y nueve años después, los huesos de Lorca siguen enterrados en algún lugar que la patria finge buscar. Pero los huesos del fascismo que lo mató caminan erguidos, se sientan en escaños, piden el voto y se les aplaude. Esa es la España real: la que entierra poetas y desentierra pistoleros con corbata.
No nos engañemos. Aquí no se fusiló solo a Lorca. Se fusiló a la inteligencia, a la sensibilidad, a la belleza, a la homosexualidad, a la libertad. Se fusiló a todo lo que incomoda a los hijos de la caspa, a los que siguen oliendo a sacristía y a pólvora, a los nietos de los mismos que disparaban a traición en las cunetas. Y lo peor: siguen teniendo parroquia.
España presume de democracia mientras mantiene cadáveres sin nombre en zanjas y permite que los descendientes ideológicos de los asesinos voten, legislen y escupan veneno desde los parlamentos. Aquí se tapa la sangre con tierra y se vende como reconciliación. Se llama cobardía, y España la lleva tatuada en la frente.
A Lorca no lo mataron en 1936. Lo matamos cada vez que blanqueamos al fascismo, cada vez que ponemos la papeleta de quienes se alimentan de aquel odio en la urna, cada vez que callamos ante la carcajada de quien celebra su asesinato. Lo matamos cada vez que permitimos que la fosa siga cerrada y la vergüenza siga abierta.
Ochenta y nueve años después, Federico sigue gritando desde la tierra. Y España, en lugar de escucharlo, prefiere aplaudir al verdugo. Ese es el verdadero crimen: que este país, tan orgulloso de su bandera y tan pobre de memoria, aún hoy fusile a Lorca cada mañana.