El Caimán: la boca del infierno en la Ciudad Vieja

@jsuarez02111977

El que no haya amanecido nunca en El Caimán no sabe lo que era perderse en la noche. Era un after, un agujero abierto en la Ciudad Vieja, en la rúa da Sinagoga, un antro donde la oscuridad tenía nombre propio. Allí entrabas buscando calor, y lo que encontrabas era humo, sudor, vómito en el baño, cuerpos deshechos y la música mordiéndote los huesos a base de rock’n’roll sucio.

Antes de entrar ya sabías lo que venía. La plaza, el sauce plantado como un centinela torcido, al lado del restaurante que compartía el nombre. Ese árbol era el aviso, la señal de que cruzabas a otro mundo. Todos llegábamos allí como peregrinos desquiciados: desde el Orzán, desde Orillamar, desde la propia Ciudad Vieja o desde cualquier barrio de Coruña. Caminábamos como si siguiéramos un camino inventado, y al final siempre era el mismo destino: la boca del Caimán. Abría las fauces y nos tragaba a todos, sin preguntar quién eras ni de dónde venías.

En aquellos años, la Ciudad Vieja era una madriguera de bares, un territorio salvaje donde cada portal escondía música, vasos tintados y humo. Chavales y veteranos se mezclaban en el mismo circuito, generación tras generación girando en la misma noria de cerveza barata y carcajadas. Íbamos de local en local buscando sonrisas, amigos, besos a traición y la certeza de que la vida solo se entendía bebiéndola a tragos largos. Nada que ver con lo que es hoy: calles muertas, bares cerrados y un eco apagado donde antes rugía la juventud. Entonces, la Ciudad Vieja era pura energía, un hervidero de ganas de vivir, un escenario donde lo único prohibido era aburrirse.

Dentro del Caimán no había espacio para la inocencia. El aire era espeso, las paredes sudaban con nosotros y las copas sabían a gasolina. El suelo pegajoso, los baños convertidos en madrigueras de polvo y secretos, las sonrisas torcidas con dientes manchados de alcohol barato. Era un reino de perdición donde la madrugada no se medía en horas, sino en cuánto aguantabas de pie.

En El Caimán se aprendía rápido: o te rendías o luchabas hasta el amanecer. Se entraba tambaleando, se sobrevivía como se podía, y se salía con la luz del día reventándote los ojos como un castigo divino. Allí dejamos juventud, dignidad y saliva. Allí nos hicimos hombres a mordiscos, mujeres a tragos, supervivientes a hostias.

Hoy el local ya no existe, pero su sombra sigue viva. El cartel original del Caimán se guarda colgado en La Gata, como un trofeo de guerra, como una reliquia de aquellos años en los que la Ciudad Vieja era pólvora pura. Y ahí está, mirando a los que aún bebemos en la barra, recordándonos que hubo un tiempo en el que la noche no se compraba en un teléfono, sino que se sudaba hasta la última gota.

El Caimán no era un bar. Era una condena compartida, un pozo oscuro que nos enseñó que la vida, para ser de verdad, tenía que doler, apestar y dejarte marcas que ni el sol del amanecer consigue borrar.

Foto. Calle Sinagoga

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