El de Alberto: El parque de atracciones donde aprendí a ver sin ojos. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

Hace demasiado tiempo que no cruzo la puerta de El de Alberto. Lo pienso y me aprieta el pecho. No es nostalgia barata: es la conciencia de saber que he dejado pasar meses —quizá años— sin volver a uno de los pocos lugares donde realmente me sentí vivo cuando la oscuridad ya formaba parte de mi día a día. La vida se llena de compromisos, de proyectos, de urgencias que no importan, y mientras corres, abandonas sin querer los sitios que te hicieron sentir algo parecido a la felicidad.

Porque El de Alberto nunca fue un restaurante cualquiera.
Para mí, ciego y acostumbrado a navegar sin luz, era un parque de atracciones del gusto.
Un lugar donde cada plato era una montaña rusa silenciosa, cada textura un giro inesperado, cada aroma, un recuerdo que despertaba algo dentro. Allí descubrí que, incluso sin ver, hay cocinas capaces de encenderte por dentro.

La primera vez que entré lo recuerdo como si lo tuviera delante ahora mismo. El local era discreto, sencillo, sin pretensiones. Antes en Monte Alto, ahora en Comandante Fontanes. Da igual la ubicación: el alma siempre fue la misma. Esa especie de calma cálida que te recibe sin hablar y que solo tienen los sitios honestos, los que no necesitan exagerar nada para atraparte.

Y en el centro de todo, Alberto Prieto.
Treinta años en O Bebedeiro antes de lanzarse a levantar su propia casa. Un hombre sereno, de esos que se mueven por la sala como si el tiempo fuera suyo, como si cada mesa mereciera una atención distinta, personal. Nunca necesitó convencer a nadie: bastaba con escucharlo explicar un plato fuera de carta para entender que allí dentro se cocinaba con corazón y con oficio.

La ciudad lo reconoció pronto.
Michelin les dio un Bib Gourmand, ese sello que distingue a los lugares donde la calidad no está reñida con comer a un precio razonable.
Repsol también los tiene en su guía.
Y la gente lo sabe: siempre está lleno. No importa el día ni la hora, porque los sitios auténticos no necesitan campañas; viven del boca a boca, de las ganas de volver, de la emoción que dejan en quienes pasan por allí.

La cocina es gallega, pero con esa chispa moderna que no rompe nada, solo lo mejora. Producto local tratado con un respeto que se nota en cada bocado. Pescados impecables, carnes que saben a origen, platos de temporada que cambian como cambian las mareas, postres que parecen escritos para consolarte incluso en los días malos. Y si quieres entender de verdad lo que son, pides el menú degustación. En esa secuencia está la historia entera de la casa: la tradición, el cariño, la técnica, la memoria.

Para alguien que no ve, un restaurante puede ser un puente, un mapa, un pequeño mundo.
Y El de Alberto fue eso para mí.
Un mundo entero contenido en una mesa.
Un lugar donde, incluso sin luz, nunca me sentí a oscuras.

Hace demasiado que no voy.
Y lo noto. Lo noto como se nota la ausencia de alguien importante.
Pero sé que volveré.
Sé que al primer bocado volverá todo: la emoción, el vértigo suave, la sensación de estar entrando otra vez en ese parque de atracciones secreto que Alberto construyó sin gritos, sin focos, sin ruido.

Un sitio donde aprendí
que se puede seguir viendo,
incluso cuando ya no ves.

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