Antonio Hidalgo: La autocrítica pendiente

La derrota del Real Club Deportivo de La Coruña por 0-3 ante el filial de la Real Sociedad deja una sensación que va más allá del resultado. El marcador es contundente, pero lo verdaderamente preocupante aparece en el análisis posterior, cuando se intenta explicar lo ocurrido sin entrar en el fondo del problema.

Sobre el césped, el Deportivo fue un equipo sin plan de juego definido. El centro del campo no logró existir como tal, incapaz de dar continuidad o control al partido, y el delantero titular pasó desapercibido, prácticamente sin intervenir. El equipo estuvo partido, sin conexiones claras entre líneas y sin mecanismos para reaccionar. Que el jugador más destacado acabase siendo el lateral izquierdo no es un detalle menor, sino un síntoma evidente de que las zonas llamadas a marcar diferencias no funcionaron.

Pese a ello, el discurso posterior desde el banquillo se situó en una posición defensiva. Antonio Hidalgo optó por una lectura que suavizaba el desarrollo del partido, apelando a factores como la efectividad o acciones puntuales, evitando asumir de forma clara los errores propios. Y ahí aparece un problema que empieza a repetirse: la ausencia de autocrítica.

Las razones pueden ser diversas. Por un lado, el fútbol profesional castiga la duda y convierte cualquier reconocimiento de errores en munición externa. Admitir fallos públicamente puede interpretarse como una grieta en la autoridad del entrenador o como un mensaje negativo para el vestuario. En ese contexto, la tentación de cerrar filas y proteger al grupo es comprensible.

Sin embargo, también existe la necesidad de sostener un relato. Cuando un proyecto se apoya en una idea de juego concreta, reconocer que el planteamiento no funcionó supone cuestionar los propios cimientos del discurso. Mantener una versión más amable de la realidad permite ganar tiempo, pero también aleja el análisis de lo que realmente sucedió en el campo.

El problema aparece cuando ese relato no coincide con lo que la afición ha visto. El público del Deportivo no es ajeno al juego ni ingenuo. Sabe distinguir entre un mal día y un equipo superado táctica y futbolísticamente. Cuando se intenta explicar una derrota de esta magnitud sin asumir responsabilidades claras, se genera una sensación de desconexión y se resiente la credibilidad del mensaje.

La autocrítica no implica buscar culpables ni señalar nombres propios. Implica reconocer que el equipo no estuvo a la altura, que el planteamiento no funcionó y que faltaron respuestas desde el banquillo. Lejos de debilitar al entrenador, ese ejercicio suele reforzar su liderazgo y su vínculo con la grada.

El Deportivo no necesita discursos defensivos ni análisis edulcorados. Necesita claridad. Porque solo desde un diagnóstico honesto se puede corregir el rumbo. Y cuando esa claridad no llega, la crítica aparece, no como un ataque, sino como una consecuencia lógica de lo que se ve sobre el césped.

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