Juan Carlos Escotet subraya en rojo en su cuaderno de instrucciones el nombre del entrenador

A Juan Carlos Escotet no le gustan las pérdidas, y lo que está sucediendo en en el RC Deportivo empieza a oler a activo tóxico. Para un hombre acostumbrado a que los números cuadren a golpe de martillo, el espectáculo de ayer fue una afrenta personal. El Deportivo ya no compite; se arrastra en una agonía que dura cuatro jornadas y que hoy, ante el Cádiz, ha confirmado que el equipo está en quiebra técnica de ideas.

En el banquillo, el entrenador parece haber extraviado el manual de instrucciones, si es que alguna vez lo tuvo. Hoy, en Riazor, su lectura de partido fue la de un aficionado que mira el encuentro por televisión con retraso. Agotó los cambios por pura desesperación, como el jugador de ruleta que apuesta lo que le queda al rojo cuando ya ha salido el negro diez veces seguidas. No buscaba soluciones, buscaba milagros, pero los milagros no se encuentran cuando no sabes ni cómo frenar un ataque rival.

Al presidente Juan Carlos Escotet, que no entiende de sentimientos, sino de rendimientos, le ha subido la sangre a la cabeza. Dicen que el nombre de Antonio Hidalgo ya no solo está en su cuaderno, sino que está subrayado en rojo, ese tono que usa el banquero cuando decide que un crédito ya no es recuperable. La llamada a la vicepresidenta no fue para pedir calma, fue una orden directa de búsqueda de soluciones inmediatas: en el mundo de Escotet, si una pieza no funciona, se descarta. Y el entrenador hoy es una pieza defectuosa.

La afición ya ha dictado sentencia. Perder dos puntos en casa de esta manera no es un accidente, es un síntoma. Lo que nos queda es la duda más cruda: ¿Es este Deportivo el que nos vendieron o el que realmente merecemos por la desidia del palco? Pasamos de admirar la solvencia a ver cómo el equipo se hunde sin un triste salvavidas que echar al agua.

Escotet debería saber que un club de fútbol no se arregla con una ampliación de capital ni con una campaña de marketing. El fútbol exige alma, pero sobre todo exige competencia. Y hoy, entre un dueño que gestiona desde la frialdad del extracto bancario y un entrenador que se olvidó de cómo se gana un partido, el Deportivo es un barco a la deriva con demasiados capitanes y ningún marinero.

Riazor ya no acepta más pagarés de humo. Escotet debe entender que en el fútbol, a diferencia de la banca, el prestigio no se rescata con dinero, sino con respeto a una historia que hoy está siendo pisoteada. Si el presidente sigue permitiendo que el entrenador dirija a ciegas y Benassi sigue mirando hacia otro lado, que no se sorprendan cuando la afición decida cerrar su cuenta de confianza y le exijan al presidente que presida y no delegue. Porque un club sin alma es solo un edificio vacío, y el Deportivo está a un solo error de colgar el cartel de vender su alma al diablo.

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