En busca de la estrella. Por Miguel Abreu

La Epifanía hace que el ser humano levante la cabeza. Unos hombres, extranjeros, atentos, quizá cansados de mapas y certezas, ven una estrella y se ponen en camino. No huyen del mundo, lo atraviesan. Preguntan, llaman a puertas, se exponen al ridículo de no ser comprendidos. Y, en esa búsqueda, tropiezan inevitablemente con Herodes. La parte del poder que se alimenta del miedo, la parte de nosotros que prefiere controlar la verdad en lugar de acogerla y vivirla. La narración es antigua, pero su anatomía es actual, profundamente humana y del mundo. Siempre hay una luz que llama, siempre hay ruido que distrae, siempre hay una sala donde alguien finge adorar el bien para usarlo como instrumento.

Tal vez hoy nos falte una estrella interior suficientemente brillante y clara para orientar sin cegar. No se trata de la religión como etiqueta, sino de encontrar el sentido de la vida. La vida, cuando pierde sentido, queda vulnerable a la mentira, a la violencia fácil y al cinismo. El sentido no es una idea bonita o de moda. Es, de verdad, una guía para el camino. Y el camino se hace como el de los magos, hay que preguntar a lo largo del recorrido, incluso cuando la respuesta puede venir de quien no admiramos, porque la verdad no se revela desde un único ángulo. Exige humildad, exige escucha, exige valentía. La persona humana es como un prisma, por el que la luz atraviesa y solo entonces se muestra en sus diferentes y bellos colores. No se trata de dividir, sino de completar.

Y hay un descubrimiento decisivo que la Epifanía no edulcora. El mal sigue siendo mal, incluso cuando viene envuelto en buenas intenciones, incluso cuando se presenta como “el mal menor”. No todos los fines justifican los medios, y los medios, casi siempre, acaban por modelar el fin. La ética y el carácter se cultivan con paciencia, con resiliencia y con tiempo. El tiempo, bien discernido, ayuda a desvelar el sentido de la vida. Y cuando la luz finalmente da a conocer la verdad, la respuesta no es la celebración de un triunfo. Es arrodillarse, es decir, reconocer. Reconocer que hay cosas que no se compran, que no se dominan, que solo se acogen. Tal vez por eso el Evangelio termina con una frase silenciosa y luminosa. Volvieron por otro camino. Que esta sea nuestra gracia, creyentes o no, tener la lucidez de no regresar a Herodes, de no repetir las mismas rutas y de elegir, con temblor y verdad, el camino que nos hace más humanos. Feliz Día de Reyes.

Comparte éste artículo
No hay comentarios