El silencio como último acto de resistencia. Por Miguel Abreu

Vivimos rodeados de ruido, y ya casi nadie se da cuenta de que esto no es una casualidad, es un método. El ruido no es solo sonido, es exceso. Exceso de información, de opinión, de estímulos, de prisa, de “urgencias” fabricadas. Un mundo que no se detiene es un mundo que no piensa. Un mundo que no piensa es un mundo fácil de conducir. Y es aquí donde el silencio se vuelve peligroso. Porque el silencio nos devuelve a nosotros mismos, y casi nadie quiere regresar a ese lugar sin anestesia. Preferimos la distracción como refugio, la pantalla como compañía, la indignación rápida como sustituto de la conciencia, las drogas como fuga de un mundo sin densidad existencial. Decimos que estamos cansados del ruido, pero seguimos alimentándolo. Porque, en el fondo, el ruido nos protege de la pregunta que más tememos: “¿En qué me he convertido?” Y cuando esa pregunta llega, no llega despacio. Llega como una cuchilla. Nos muestra lo que fingimos no ver. El modo en que nos hemos acostumbrado a la injusticia, cómo nos hemos convertido en espectadores de tragedias, cómo aprendimos a girar la cara y seguir adelante. Nos muestra nuestra complacencia, nuestro cinismo, nuestra cobardía cotidiana. No es cómodo. El silencio no es un spa. El silencio es un juicio, en el que el acusado es también el juez. Y por eso tanta gente lo evita como se evita la verdad.

El silencio es resistencia porque rompe el engranaje que nos quiere permanentemente reactivos, permanentemente excitados, permanentemente dependientes. Resistir, hoy, es no dejarse manipular por cada titular, por cada “trend”, por cada guerra transformada en entretenimiento, por cada vida reducida a estadística. Resistir es rechazar la mediocridad elevada a culto, donde gente vacía sube a pedestales frágiles, sostenida por aplausos fáciles y por el hambre de poder de quienes la siguen. Resistir es mirar de frente a un mundo que ha normalizado la desigualdad obscena y todavía la llama “mérito”. Un mundo donde algunos acumulan como si fueran dioses y millones sobreviven como si fueran descartables. Un mundo que deja morir de hambre y aprende a vivir con ello. Un mundo que envía a sus hijos a morir en la guerra y sigue discutiendo banalidades como si la vida fuera un detalle. ¡Y aquí no hay inocentes! Quien se limita a seguir, quien se limita a callar, quien se limita a consumir, quien se limita a decir “no es conmigo”, también forma parte de ese “sistema” tantas veces denunciado. Lo critican, pero viven de él. Lo alimentan. Lo sostienen. Como sanguijuelas adheridas al cuerpo que dicen detestar. El silencio verdadero expone todo esto sin necesidad de discursos. En el silencio comprendemos que nuestra vida no es solo privada. Es una posición en el mundo. Y toda posición es una elección. Incluso la omisión.

Y, sin embargo, el silencio no es huida. Es regreso. Es el capullo antes del vuelo. Es la interrupción necesaria para que la persona vuelva a ser persona, y no solo función, número, perfil, máscara, o una moda fútil que pasa para dar lugar a otra. Porque sin ese encuentro interior no existe verdadera libertad, solo existe comportamiento condicionado. Y por eso el silencio hiere. Nos quita las coartadas. Nos deja desnudos frente a nosotros mismos. En el silencio deja de haber “pero”. Deja de haber “no sabía”. Deja de haber “no puedo hacer nada”. En el silencio comprendemos que ayunar puede ser soltar el placer que nos domina, pero también soltar el vicio de juzgar, el vicio de consumir, el vicio de querer tener razón, el vicio de mentir. Comprendemos que dar no es repartir sobras ni aliviar la conciencia. Es dar tiempo, presencia, atención. Es dar de lo que nos hace falta, permanecer cuando sería más cómodo marcharse. Comprendemos que rezar puede ser la forma más honesta de oración: cuidar, servir, proteger, no humillar, no explotar, no usar al otro como cosa. Nadie se salva de su propia conciencia. Puede aplazarse. Puede distraerse. Puede huirse. Pero permanece. Va acumulándose, instante tras instante. Y un día cobra. El silencio, como el capullo, es el único lugar donde la vida se renueva. Y quien tiene el coraje de dejarse abrazar por él ya ha comenzado, incluso sin saberlo, a salir del capullo para volar.

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