“En este bar no se vende, pero el coche de la esquina es la farmacia”: así se está matando la hostelería coruñesa desde dentro

Pasea usted por cualquier barrio de A Coruña con los ojos bien abiertos y verá lo mismo que ven los vecinos cada día. Ese coche que nunca se mueve de la esquina. Esas mismas personas que entran al bar, echan un cigarro, salen al coche, vuelven al bar y se van. Esa tensión en el ambiente que no corresponde a una terraza normal. Y dentro, tras la barra, quien pone las copas y cobra los cafés sabe perfectamente lo que está ocurriendo. Pero no, él no vende. Él solo alquila el escenario.

Si algo está destruyendo la hostelería coruñesa no es la crisis, no son los horarios, no es la competencia. Es la propia hostelería. Son esos locales que han decidido convertirse en centros logísticos del menudeo. Son esos negocios que, amparados en una licencia municipal, han externalizado el riesgo y han convertido la calle en su almacén y a los jóvenes del barrio en sus correos. Y lo peor de todo: lo están haciendo delante de todos, con una desfachatez que ya roza la provocación.

Porque ya no estamos hablando de la vieja imagen del camello en la puerta. Eso era casi naíf comparado con lo que ocurre hoy. Ahora el método es quirúrgico. El local, impecable. La terraza, llena. La barra, reluciente. Pero a diez metros, aparcado con la complicidad de quien sabe que nadie va a moverlo, está “la mula”. Dentro, la mercancía. En el bar, el intermediario, el “sherpa”, ese pobre diablo que arriesga su libertad por cuatro euros mientras el verdadero negocio se queda detrás del mostrador.

El mecanismo es de una simplicidad casi obscena. Usted llega, pide una consumición, localiza al enlace. Le paga un pollo o medio pollo. El tipo sale, cruza la acera, abre el coche, vuelve con la papelina. Cinco minutos. No ha habido transacción dentro, así que ellos se lavan las manos. Pero el barrio no es tonto. Las familias que viven alrededor llevan meses o años viendo el mismo coche en el mismo sitio, las mismas caras entrando y saliendo, los mismos gestos que nada tienen que ver con tomar una caña.

Y mientras tanto, ¿qué está pasando? Que los bares de verdad, los que trabajan con honradez, los que abren cada día para ganarse la vida sirviendo copas y tapas, están viendo cómo su negocio se devalúa. Porque cuando un local se convierte en punto de referencia del menudeo, el barrio entero cambia. Las familias dejan de ir. Los niños ven cosas que no deberían ver. La calle adquiere ese tono gris de los lugares donde la ilegalidad se ha instalado con permiso de nadie. Y los hosteleros honrados, los que sí han apostado por este oficio, terminan pagando el pato de una reputación que unos pocos se han encargado de ensuciar.

Esto no es un secreto para nadie. En las comisarías se sabe. En el Ayuntamiento se sabe. En los barrios se sabe. Hay calles en esta ciudad donde el vecindario ha convertido en rutina la presencia de esos coches nodriza, de esos sherpas que van y vienen, de esos establecimientos que nadie se atreve a señalar abiertamente pero que todo el mundo identifica. Y ahí está el problema: la normalización. Que algo tan grave se haya vuelto tan cotidiano que ya ni escandaliza.

Pero la paciencia de los barrios tiene un límite. Y la de los hosteleros que trabajan limpio también. Porque cada vez que un local de estos sigue abierto con su esquema de mula y sherpa, está enviando un mensaje claro: aquí se puede, aquí no pasa nada, este oficio también sirve para esto. Y ese mensaje mata. Mata la confianza de los vecinos, mata la seguridad de las calles, mata la reputación de un sector que en esta ciudad ha sido siempre un orgullo.

Así que ya está bien de eufemismos. Ya está bien de eso de “no se vende dentro, no es mi problema”. Porque sí es su problema. Es problema de quien tiene la licencia, de quien abre la puerta cada día, de quien permite que su local sea el eje de un sistema que se alimenta de la adicción y la vulnerabilidad. Y es problema de una ciudad que durante demasiado tiempo ha mirado hacia otro lado mientras unos cuantos se lucraban a costa de degradar sus propios barrios.

A Coruña merece una hostelería digna, la que siempre ha tenido. Merece que sus calles sean para las familias, no para los sherpas. Merece que sus bares sean lugares de encuentro, no fachadas de un negocio que solo deja víctimas. Y merece que los propios hosteleros, los de verdad, los que sudan la camiseta cada día, levanten la voz y digan basta. Porque si no lo hacen ellos, si no se atreven a señalar a los que están manchando su oficio, nadie lo hará por ellos.

El coche de la esquina no es un coche. Es la prueba de que alguien ha decidido que su negocio vale más que su barrio. Y esa decisión, tarde o temprano, se paga. En A Coruña, la paciencia se está acabando.

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