Pasen y vean, señoras y señores, porque el «Cid Sánchez» ha vuelto a sacar brillo a la armadura. No lo busquen en los libros de historia, que para eso ya tenemos el CIS, ese oráculo moderno que ha decidido que nuestro caballero de la Moncloa no solo sigue en la silla, sino que galopa con un ímpetu que ríete tú de la reconquista de Valencia.
Dicen las malas lenguas, las que se fían de encuestas mundanas, que los datos de Tezanos son un cuento de hadas. Pero, ¡ojo!, que este bardo de la estadística ya fue el que más afinó la puntería en las anteriores autonómicas mientras el resto de juglares fallaban el tiro. Así que, por muy increíble que parezca, el caballero Sánchez ha saltado las murallas del castillo del PP sin despeinarse, dejando atrás a un Feijóo que debe de estar preguntándose si su foso era lo bastante profundo, o va caminando como los cangrejos gallegos, hacia atrás.
Mientras tanto, en el flanco derecho del campo de batalla, tenemos al soldado Abascal. Un guerrero peculiar, de los que lucen mucho pecho y uniforme de campaña pero que, curiosamente, nunca llegó a pisar el cuartel para hacer el servicio militar. A este paso, su caballería retrocede tanto que algunos ya huelen el aroma a incienso de despedida que dejó Ciudadanos. La caída es de las que hacen época.
Y es que, claro, los pactos en tierras extremeñas han provocado un pánico que ni la peste negra. El respetable contempla con pavor esos acuerdos y ya se imagina el futuro bajo su mando: si por ellos fuera, el «¡No a la guerra!» pasaría a ser un «¡Sí a todo lo que diga Trump!», enviando tropas, navíos y lo que haga falta para escoltar al magnate de tupé dorado en cualquier aventura transatlántica.
De momento, el Cid Sánchez sigue cabalgando por el salón de su palacio demoscópico. Veremos si, como dice la leyenda, gana batallas después de muerto políticamente, o si simplemente es que la Tizona de Tezanos corta el aire con demasiada facilidad. ¡Santiago y cierra España, que vienen las elecciones!