
Hay una narrativa que regresa cada vez que el mundo tiembla: el precio de la energía sube porque el riesgo ha aumentado. El estrecho de Ormuz, los conflictos en Oriente Medio, la inestabilidad geopolítica, todo sirve de justificación para unos céntimos más por litro. Pero, curiosamente, en el mismo momento en que los consumidores se aprietan el cinturón, las grandes empresas energéticas presentan beneficios robustos, muchas veces históricos. No se trata de una coincidencia, sino de un sistema que transforma la incertidumbre en oportunidad y la dependencia en un negocio significativamente lucrativo.
El mercado energético global no reacciona solo a la escasez real, sino también a la percepción de riesgo. Y es en esa anticipación donde reside una de sus mayores fragilidades o virtudes, dependiendo de quién observe. Los márgenes crecen, no necesariamente porque los costes se disparen en la misma proporción, sino porque el precio final incorpora expectativas, volatilidad y, en ocasiones, un cómodo margen de maniobra. A esto se suman Estados altamente dependientes de la fiscalidad sobre los combustibles y estructuras económicas poco preparadas para alternativas viables. El resultado es un equilibrio silencioso entre intereses convergentes: empresas que lucran, Estados que recaudan, y ciudadanos que obligatoriamente tienen que pagar por no tener aún alternativas viables y económicamente accesibles.
Quizá la cuestión más incómoda no sea cuánto cuesta la energía, sino por qué seguimos siendo tan dependientes de ella en los mismos términos. Son años y años en que la narrativa se repite, y parece que poco aprendemos con cada acontecimiento. Se habla de transición energética desde hace décadas, pero su implementación avanza a un ritmo que raramente perturba los equilibrios instalados. La promoción del autoconsumo, de la producción descentralizada y de soluciones verdaderamente autónomas sigue enfrentándose a barreras técnicas, regulatorias y, inevitablemente, políticas. En el fondo, la libertad energética es más que una cuestión tecnológica, es sobre todo una cuestión de poder. Y, como todas las cuestiones de poder, raramente avanza sin resistencia. Queda por saber si estamos ante un retraso inevitable… o ante una transición cuidadosamente conducida para cambiar, pero nunca hasta el punto de desestabilizar. Al fin y al cabo, ¿quién se beneficia realmente de esta dependencia?