En una suerte de patio de colegio donde los líderes compiten a ver quién mea más lejos,, desde «el amigo del narco» de Sánchez a Feijóo, pasando por las perlas de Abascal, para finalizar con la promesa de Feijoo: «Prometo cumplir con mi deber: decencia y elecciones». Faltáría más que no cumpliera. El circo de la politica nacional con teloneros de medios de comunicacion ejerciendo de payasos, se ha convertido en un lanzamiento diario de exabruptos, cada cual más grueso que el anterior. El último tablero de esta guerra de desgaste se juega a varias bandas, entre despachos económicos, moquetas monclovitas y la mismísima Santa Sede.
Por un lado, Alberto Núñez Feijóo viaja a Barcelona para participar este martes en la reunión del Cercle d’Economía, en el Palacio de Congresos de Cataluña. El líder del PP desembarca en el feudo empresarial en pleno runrún por esa moción de censura instrumental que ha ofrecido a Junts y al PNV. Una pirueta estratégica que busca tentar a los socios del Gobierno, obligando a Feijóo a hacer equilibrios de funambulista entre el discurso de la derecha tradicional y el guiño pragmático al nacionalismo periférico. Claro que, extraños compañeros de cama provocan los intereses de partido, no los intereses de la ciudadanía.
Mientras tanto, Pedro Sánchez aguarda aparentemente tranquilo en su cómodo sillón de La Moncloa. El presidente espera la visita del Papa para recibir la bendición apostólica, una jugada con la que el Ejecutivo intenta, de manera evidente, sacar tajada política y legitimidad ante el electorado moderado, blindando su perfil institucional en medio de la tormenta parlamentaria.
Sin embargo, para milagros, el que parece haber obrado ya en la Real Casa de Correos. Isabel Díaz Ayuso ha protagonizado su propio camino hacia la evangelización personal. De declararse agnóstica ha pasado a regresar del Vaticano absolutamente convencida de que su fe católica no estaba muerta, sino simplemente «dormida» desde los nueve años, tal y como ella misma confesó en una entrevista.
La carrera por las bendiciones vaticanas ha comenzado. En este clima de hostilidad y supervivencia, parece que los milagros y las apariciones místicas van a ser el nuevo lenguaje de una política que ya no sabe a qué santo encomendarse.