Lucas Pérez: el hombre que nunca dejó de volver

@jsuarez02111977

Hay vidas que parecen escritas por un novelista con demasiada mala leche.

La de Lucas Pérez es una de ellas.

Porque si alguien decidiera convertir su historia en una película y escribiera que un niño abandonado por sus padres con apenas dos años, criado por sus abuelos en un barrio obrero de A Coruña, acabaría jugando en el Arsenal, marcaría en la Premier League, recorrería media Europa y, después de ganar millones, pagaría de su propio bolsillo para regresar al equipo de su ciudad cuando este se encontraba hundido en la tercera categoría del fútbol español, probablemente le dirían que el guion era exagerado. Que eso no pasa.

Pero pasó.

Y pasó en Monelos.

Allí empezó todo.

Mucho antes de que existieran los estadios llenos, los focos de la televisión o los contratos millonarios, existía un niño que corría detrás de un balón por las calles de un barrio que nunca ha necesitado adornos para explicar lo que significa crecer. Monelos no fabrica estrellas. Fabrica supervivientes.

Lucas nació el 10 de septiembre de 1988, en A Coruña. Pero su verdadera fecha de nacimiento quizá no figure en ningún registro civil. Tal vez comenzó a vivir el día en que sus abuelos decidieron convertirse en padre y madre al mismo tiempo. Porque fueron ellos quienes lo criaron después de que sus padres biológicos desaparecieran de su vida cuando apenas tenía dos años.

Hay una frase que explicó muchos años después y que resulta imposible leer sin detenerse.

“Mis padres me abandonaron con dos años.”

No hay un balón capaz de llenar ese vacío.

No existe un gol que cure una ausencia semejante.

Uno puede aprender a convivir con ella, esconderla bajo los aplausos o disimularla detrás de una sonrisa, pero sigue ahí. Esperando.

Quizá por eso el fútbol nunca fue un deporte para Lucas.

Fue un refugio.

Mientras otros niños jugaban para divertirse, él jugaba porque el balón nunca preguntaba de dónde venías ni quién te había dejado solo demasiado pronto.

Él mismo ha dicho que quien realmente lo educó fue el barrio.

Y esa frase vale más que cualquier biografía.

Porque el barrio enseña cosas que ninguna escuela puede enseñar. A levantarte cuando caes. A no llorar delante de los demás. A defender lo tuyo. A compartir el poco espacio que hay. A entender que el respeto no se compra.

Su primera camiseta fue la del Victoria. Después llegó el Arteixo. Allí empezaron a descubrir que aquel zurdo tenía algo diferente. No era solo talento. Era hambre.

El Deportivo Alavés llamó a su puerta siendo todavía muy joven y Lucas dejó Galicia por primera vez. Pero el viaje todavía estaba muy lejos de parecerse al éxito. Regresó a casa y recaló en el Montañeros, un club modesto donde empezó a hacerse un nombre entre quienes realmente entienden de fútbol: los que ven partidos en campos pequeños, con barro, lluvia y apenas cien personas en la grada.

Después apareció Madrid.

El Atlético de Madrid B.

El Atlético C.

El Rayo Vallecano.

Equipos de cantera.

Entrenamientos.

Kilómetros.

Esperas.

Cesiones.

La vida del futbolista que todavía no sale en los anuncios.

Porque el gran engaño del fútbol es pensar que todos los profesionales fueron niños prodigio.

Lucas no.

Lucas tuvo que demostrar todos los días que merecía seguir allí.

Y cuando parecía que España empezaba a quedarse pequeña para él, hizo las maletas hacia un lugar donde muy pocos futbolistas españoles se atrevían a ir.

Ucrania.

El Karpaty Lviv.

No era precisamente el destino soñado para un chico coruñés acostumbrado al Atlántico.

Era frío.

Era otro idioma.

Era otra cultura.

Era aprender a empezar de cero otra vez.

Después llegó el Dinamo de Kiev.

Más tarde el PAOK de Salónica, en Grecia.

Cada país añadía una capa más al futbolista.

Pero también al hombre.

Porque emigrar no solo consiste en cambiar de ciudad.

Consiste en aprender a cenar solo.

A celebrar un gol sin abrazar a los tuyos.

A escuchar otro idioma mientras piensas en la voz de tus abuelos.

Fue precisamente desde Grecia desde donde el destino decidió cerrar el primer gran círculo.

En 2014 llegó cedido al Deportivo de La Coruña.

A casa.

Debutó en Riazor frente al Valencia.

Y marcó.

Hay goles que suman tres puntos.

Y hay otros que significan: “Ya estoy donde siempre quise estar.”

Aquella temporada fue creciendo hasta convertirse en el referente ofensivo del equipo.

En 2015 el Deportivo hizo un esfuerzo enorme para comprarlo en propiedad.

Y entonces explotó.

La temporada 2015-2016 fue la mejor de su carrera en España.

Marcó diecisiete goles en Primera División.

Durante siete jornadas consecutivas encontró la portería rival, igualando un récord que hasta entonces solo pertenecía a Bebeto.

No era un delantero cualquiera.

Era el chico de Monelos escribiendo su nombre junto a una de las mayores leyendas de la historia del Deportivo.

Fue elegido mejor jugador del mes de diciembre de toda la Liga.

Llegó incluso a portar el brazalete de capitán.

Parecía que todo empezaba a colocarse en el sitio correcto.

Hasta que llamó el Arsenal.

Veinte millones de euros.

La Premier League.

Londres.

Arsène Wenger.

Pocos futbolistas coruñeses habían llegado tan lejos.

Ganó una FA Cup.

Ganó una Community Shield.

Jugó en algunos de los estadios más importantes del planeta.

Después llegaron el West Ham, el Alavés, el Elche y el Cádiz.

En este último dejó una imagen que todavía permanece en la memoria del fútbol español: el gol que dio al Cádiz la primera victoria de toda su historia en el Camp Nou.

Cualquier futbolista habría considerado suficiente aquella carrera.

Pero Lucas nunca pareció perseguir únicamente el éxito.

Había algo que seguía faltando.

Porque uno puede recorrer media Europa y seguir sintiéndose extranjero.

En diciembre de 2022 ocurrió algo que el fútbol moderno probablemente nunca vuelva a repetir.

El Deportivo agonizaba en Primera Federación.

Un gigante caído.

Un estadio lleno cada domingo para ver fútbol de tercera categoría.

Lucas estaba en Primera División.

Tenía contrato.

Tenía estabilidad.

Tenía dinero.

Y decidió dejarlo todo.

No solo aceptó bajar dos categorías.

Pagó casi medio millón de euros de su propio bolsillo para poder hacerlo.

Pocas veces una transferencia ha explicado tanto sobre una persona.

No compró un traspaso.

Compró el derecho a volver a casa.

Recuerdo perfectamente aquella frase que pronunció durante su presentación.

“No soy ninguna estrella. Soy Lucas, el de Monelos.”

Y probablemente ahí se resuma toda su biografía.

Porque nunca quiso ser un héroe.

Solo quería volver a ser el niño que soñaba con jugar en Riazor.

Después llegó el doce de mayo de 2024.

Riazor lleno.

El Barcelona Atlètic enfrente.

Una falta.

Silencio.

Carrera.

Gol.

El Deportivo regresaba al fútbol profesional.

Miles de personas llorando.

Abrazándose.

Cantando.

No fue únicamente un ascenso.

Fue una ciudad recuperando parte de su identidad.

Y el hombre que había recorrido Ucrania, Grecia, Inglaterra y media España terminó cerrando el círculo exactamente donde lo había empezado.

En A Coruña.

Pero la vida seguía guardando golpes.

En enero de 2025 abandonó el Deportivo.

Muchos no entendían nada.

Hasta que decidió hablar.

Y entonces comprendimos que los fantasmas nunca desaparecen del todo.

Contó públicamente que aquellos padres que lo habían abandonado siendo un niño habían reaparecido años después para reclamarle dinero.

No buscaban un hijo.

Buscaban al futbolista.

Y de pronto muchas piezas encajaron.

Aquella necesidad permanente de sentirse querido.

Aquella forma casi desesperada de proteger el escudo del Deportivo.

Aquella intensidad emocional.

Porque quien ha sido abandonado una vez pasa el resto de su vida preguntándose, aunque no lo diga, cuándo volverá a ocurrir.

Poco después firmó por el PSV Eindhoven.

Parecía un nuevo comienzo.

Pero otra vez apareció la mala suerte.

Una tuberculosis activa lo obligó a detener su carrera.

Ni siquiera cuando parecía haber vencido a todos los rivales, la vida dejaba de ponerle otro delante.

Se recuperó.

Y en 2026 regresó al Cádiz para iniciar una nueva etapa.

Porque Lucas siempre vuelve.

Vuelve a jugar.

Vuelve a levantarse.

Vuelve a empezar.

Quizá esa sea la verdadera grandeza de su historia.

No los diecisiete goles.

No la Premier League.

No el Arsenal.

Ni siquiera aquel ascenso inolvidable con el Deportivo.

Lo extraordinario de Lucas Pérez es que jamás permitió que el niño abandonado de Monelos decidiera el final de su vida.

Podría haberse convertido en un hombre lleno de rencor.

Eligió convertirse en un futbolista.

Podría haber utilizado el dinero para olvidar de dónde venía.

Prefirió gastarlo para regresar.

Podría haberse quedado en cualquier parte del mundo.

Pero siempre acabó mirando hacia A Coruña.

Porque algunos futbolistas juegan por títulos.

Otros juegan por dinero.

Lucas Pérez, en realidad, ha pasado toda su vida jugando por algo mucho más difícil de conseguir.

Ha jugado para encontrar, al fin, ese lugar donde un niño abandonado pudiera sentir que, por una vez, alguien lo esperaba en casa.

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