Hay cosas que no cambian ni en pleno siglo XXI. El propietario del RC Deportivo parecen haber confundido el club con un feudo medieval, aplicando un ramalazo de vasallaje donde el señor del castillo dicta las normas simplemente porque le sale de los cojones. Pero claro, se les olvidó que esto es Galicia, y aquí el personal pasa de hacerle la ola al dueño a armar una revuelta irmandiña en lo que tarda en caer un chaparrón.
Los colectivos de animación de la grada de Maratón Inferior, capaneados por la Federación de Peñas, los Riazor Blues y Old Faces, han dicho que hasta aquí hemos llegado. Ante el último paquete de exigencias del Consejo de Administración, la respuesta ha sido un portazo en toda regla: huelga de renovaciones para la próxima temporada. Bajo el lema «Respecto para os afeccionados«, denuncian que los mandamases los tratan con una «persecución arbitraria» que ya le gustaría a la Santa Inquisición.
Cláusulas para «fichar» en el feudo
El detonante de este tierno idilio ha sido un correo electrónico que el club envió, curiosamente, solo a los sospechosos habituales de esa grada. Para ellos no hay renovación cómoda desde el sofá de casa; si quieren su carné, tienen que pasar por el rito de la renovación presencial, con el DNI entre los dientes y firmando un contrato de «condiciones particulares» que parece redactado por un sheriff de película del oeste.
Entre las lindezas que la directiva quiere que firmen como «la nueva normalidad», destacan algunas perlas que los aficionados consideran abusivas y disparatadas:
- Controles de acceso «especiales» e identificaciones porque sí, para que se sientan como en un aeropuerto de alta seguridad antes de ver un partido de fútbol.
- La amenaza de cerrar la grada de Maratón Inferior, ya sea un trozo o entera, si al señor del castillo no le gusta el ambiente.
- Censura de pancartas y retirada de bombos o banderas según el sutilísimo criterio estético y político de los de arriba.
La historia se repite
Cabe recordar que ya cerraron la grada en una ocasión y tuvieron que recular. La presión de los abonados más jóvenes hace mucho ruido y los de arriba lo saben: sin ellos, el estadio municipal de Riazor pasaría de ser una caldera a convertirse en un espectáculo digno de una misa con Rosario de ocho de la tarde en la parroquia de cualquier pueblo.
A pesar de que los peñistas recuerdan que su grada siempre ha sido un ejemplo de convivencia y que los problemas que alega el club solo existen en la imaginación de algún consejero de tutti frutti, la maquinaria ya está en marcha. Como la paciencia se agotó, los aficionados ya han puesto a trabajar a sus abogados para llevar este atropello a los tribunales por la vía legal y administrativa.
Mientras los papeles van y vienen, la primera medida de presión es de las que duelen en la caja registradora: nadie renueva el abono hasta que el club baje de la parra, retire las normas y rectifique. Los peñistas lo han dejado claro de cara a la galería, lanzando un aviso para navegantes y nuevos propietarios: «Podrán controlar el club, pero nunca podrán controlar al deportivismo». A ver cómo le explican ahora a los señores de los despachos que la pasión de Riazor no se compra con un paquete de acciones.
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