Hay que reconocerle a monseñor Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Española, que tiene el don de la oportunidad. En un momento en el que la Iglesia católica arrastra asignaturas pendientes tan espinosas como la gestión de las inmatriculaciones o las indemnizaciones a las víctimas de abusos sexuales, él prefiere elevar el debate espiritual a cotas nunca vistas. Su última genialidad pastoral ha sido calificar al Gobierno de España como «una banda de ladrones», demostrando que las homilías de hoy en día se parecen cada vez más a una sesión de control en el Congreso.
No es la primera vez que Don Luis nos regala una de sus célebres perlas, siempre tan sutiles, siempre nadando a favor de la corriente de la derecha más ruidosa. Los analistas del lenguaje eclesiástico ya se están acostumbrando a este estilo tan particular que parece añorar los tiempos en los que la Iglesia no solo guiaba las almas, sino que también dictaba las leyes y, de paso, permitía que Franco pasease bajo palio por las catedrales, un honor tradicionalmente reservado al mismísimo Santísimo. A Argüello la separación entre Iglesia y Estado le debe de parecer una molesta sugerencia del siglo XXI.
Se echa de menos la vocación pastoral, el cuidado del necesitado y el ejercicio de un ministerio basado en el servicio, tal y como dijo el Hijo de Dios, Jesucristo, recogidos en los textos que se supone que custodia. Pero claro, es mucho más estimulante sumarse al ruido de la política de barro.
Lo malo de bajar a la arena a repartir mandobles es que te arriesgas a que te respondan con la misma delicadeza. El ministro Félix Bolaños tardó poco en recoger el guante y le devolvió el golpe con una pregunta que congeló las sonrisas en los despachos de la Conferencia Episcopal: «¿Y si calificásemos a la Iglesia como una banda de agresores sexuales?».
Una respuesta dura, contundente y que toca directamente la herida abierta más dolorosa de la institución. Cuando se abren las compuertas de la descalificación general, el bumerán suele volver con una fuerza devastadora. Monseñor Argüello ha querido jugar a los estrategas políticos desde el altar y se ha encontrado con que, fuera de la sacristía, las palabras gruesas reciben réplicas igual de afiladas. Habrá que ver si en la próxima asamblea de obispos deciden regresar a los Evangelios o si prefieren seguir redactando el programa electoral de la oposición.