Hay que ver lo sufridas que son las princesas de la política luguesa. Rubén Darío escribió aquello de «la princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?«, pero seguro que el poeta nicaragüense no contaba en su tablero con María Reigosa. En su caso, la melancolía no venía de estar encerrada en un palacio de oro, sino de verse atrapada en una lista del PSOE que, vaya por Dios, no era su elemento.
El destino, que a veces tiene un humor negrísimo, quiso que entrara en el Palacio Municipal de rebote, tras el fallecimiento de quien sí creía en aquellas siglas. Pero María no venía a hacer campaña; venía con equipaje de madera. Como un auténtico caballo de Troia, aguardó el momento justo para salir del escondite. No para invadir la ciudad, claro, sino para armar la de Troya traicionando a los compañeros que le habían cedido el hueco y aterrizar, sin despeinarse, en el escaño del PP. Un salto ideológico con pértiga olímpica.
Ahora la vemos en las fotos al lado de Elena Candia, un contrate que cata demadiado. Elena Candia con la sonrisa a lo Pantoja y María Reigosa con una seriedad que ni Buster Keaton en sus mejores tiempos. Tiene ese aire de estar perdonándole la vida al resto de los mortales, cargando con un peso que debe de ser el de su propia conciencia, o quizás el del peaje que la lideresa popular tuvo que pagar por tenerla a su vera. Eso sí, el precio de la traición política siempre lo acaban pagando las siglas de quien la acogió en su seno y los votantes.
Que no se confíe demasiado la dirección del PP con su nueva segunda a bordo. Esa cara de pocos amigos y ese gesto mustio no son de tristeza, son de estrategia. Quien dinamita los principios de sus propios compañeros para salvar el sillón tiene el gatillo fácil. Como le dé un ataque de ira o un arrebato de nostalgia de poder, la Reigosa le echa el candado al pazo y le amarga la fiesta a los populares antes de que acabe el mandato. Al tiempo.