A estas alturas de la película política, uno ya está curado de espantos, pero siempre hay quien se empeña en demostrar que el límite de la imaginación (y de la barra libre), aún queda un poco más allá. Lo último ha sido ver al Partido Popular intentando meter un gol por la escuadra utilizando nada menos que la final del Mundial. Y no precisamente celebrando el título con una bufanda al cuello como todo hijo de vecino, sino sacando a relucir el bote de pegamento digital.
Hay que tener verdadero cuajo, o quizás una fe ciega en los milagros de la edición de vídeo, para coger las imágenes de una celebración futbolística que une a millones de personas y, entre pase y pase, meter con calzador cortes de sus propias manifestaciones de partido. Malabarismos informáticos para intentar que un gol de la Selección Española termine pareciendo un mitin de domingo por la mañana. Pasamos de la pasión de la grada al cuadrilátero del Congreso sin despeinarse, convirtiendo un sentimiento colectivo en un burdo folleto electoral.
O que faltaba por ver, como decimos por estas tierras de mi querida Galicia, con esa retranca que tanto nos hace falta para no tomarnos las cosas a la tremenda. Porque hay que reconocerles el mérito a los craneotecos del PP, intentar arañar un puñado de votos mezclando churras con merinas requiere una puntería digna de estudio. Pensarán los estrategas de despacho que la gente en las plazas, con los nervios del descuento, no distingue un fuera de juego de una pancarta de la oposición. Pero se equivocan. El fútbol tiene esa rara virtud de juntar en la misma mesa a los de un lado y a los del otro bajo una sola bandera, una tregua sagrada que dura noventa minutos mas la porlongación. Manosear el sentimiento para conseguir un puñadito de votos, ya no es hacer política; es, directamente, no tener otra cosa que ofrecer.
El problema de pasarse de frenada con la manipulación y la tecnología de saldo, es que los españoles ya tenemos el colmillo lo suficientemente retorcido como para no picar en el anzuelo. La política tiene sus escenarios, sus debates (por muy circenses que resulten a veces), y sus sedes. Querer meter el mitin en el área pequeña, utilizando un sentimiento que es de todos los españoles, nuestra Selección Nacional, para arrimar el ascua a su sardina, solo demuestra una cosa, un oportunismo de manual que ha cruzado todos los límites del sentido común. Al final, el tiro les ha salido por la culata, y el vídeo trucado ha quedado como lo que es, un clamoroso gol en propia puerta.