No es una fatalidad de la naturaleza. Es una elección.

Hay una violencia que no deja huellas dactilares. Se mide en grados, se acumula en el asfalto, se refleja en las fachadas, entra por las ventanas y se vuelve especialmente cruel para quienes han envejecido, para quienes están enfermos, para quienes trabajan en la calle o para quienes no tienen una vivienda capaz de protegerlos. En 2024, se habrán producido en Europa cerca de 63 mil muertes relacionadas con el calor. No todas pueden, evidentemente, atribuirse a la forma en que construimos las ciudades. Pero sería intelectualmente deshonesto seguir tratando estas muertes como una consecuencia inevitable de la meteorología. El calor es un fenómeno natural. La isla de calor urbana es, en gran medida, una construcción humana. Durante décadas, demasiadas políticas municipales han transformado el territorio en una hoja de cálculo. Cada terreno se ha convertido en una oportunidad de construcción, cada edificio en un futuro ingreso fiscal, cada nuevo residente en una unidad contable más. Los árboles se han convertido en obstáculos para la circulación, los jardines en áreas improductivas y el suelo libre en un desperdicio a la espera de ser rentabilizado. Se derriba un árbol adulto para ampliar una vía, se impermeabiliza otro terreno para levantar un bloque de viviendas y se llama progreso a lo que, demasiadas veces, no es más que una ocupación intensiva del espacio. Naturalmente, una sociedad necesita construir. El problema no está en la existencia de edificios, sino en la obsesión por llevar la capacidad edificatoria hasta el límite, como si la sombra, el silencio, el agua, el aire y el contacto con la naturaleza fueran lujos prescindibles. Una ciudad no es sostenible únicamente porque atraiga inversiones, aumente su población o recaude más impuestos. Puede ser financieramente rentable y humanamente insostenible. Puede presentar buenas cuentas y, al mismo tiempo, generar soledad, enfermedad, malestar térmico, contaminación, ansiedad y pérdida de calidad de vida. La economía es un instrumento al servicio de la vida. Cuando la vida comienza a ser sacrificada para proteger la economía, deja de existir desarrollo. Solo existe una decadencia bien contabilizada.

La ciencia ya ofrece criterios suficientemente claros como para que nadie pueda alegar desconocimiento. Uno de los más sencillos es la regla 3-30-300, propuesta por el especialista en bosques urbanos Cecil Konijnendijk: desde cada vivienda deberían poder verse, al menos, tres árboles de un tamaño adecuado; cada barrio debería contar con cerca de un 30% de cobertura de copas de árboles; y nadie debería vivir a más de 300 metros de un espacio verde público de calidad. No se trata de una fórmula absoluta, aplicable del mismo modo a todos los territorios, sino de una referencia extraordinariamente comprensible para evaluar si una ciudad ha sido planificada para las personas o únicamente para los automóviles, los edificios y los ingresos. Un árbol adulto no es mobiliario urbano. Es infraestructura climática. Proporciona sombra, libera humedad mediante la evapotranspiración, reduce la temperatura de las superficies, contribuye a mejorar la calidad del aire, retiene agua, protege el suelo y crea hábitats para otras formas de vida. Un jardín no es un espacio vacío entre construcciones. Es un lugar donde la ciudad respira. Por el contrario, el hormigón y el asfalto absorben y almacenan calor, mientras que los suelos impermeabilizados impiden la infiltración del agua. Después, cuando llega una ola de calor, encendemos miles de aparatos de aire acondicionado para combatir artificialmente el calor que hemos contribuido a crear. Cuando llueve intensamente, nos sorprendemos porque el agua invade calles, garajes, viviendas y establecimientos comerciales, olvidando que hemos eliminado los lugares donde podría ser absorbida de forma natural. La lluvia puede ser extrema, sus efectos son multiplicados por las decisiones humanas. Tampoco sería científicamente riguroso afirmar que la ausencia de árboles provoca directamente Alzheimer u otras demencias. La relación es más compleja. Pero existen pruebas de que el contacto con espacios verdes está asociado a una mejor salud mental, una mayor actividad física, una mayor interacción social y, en algunos estudios, a un menor riesgo de deterioro cognitivo y demencia. No es necesario prometer que un jardín cura enfermedades. Basta con reconocer que el ser humano no ha sido concebido para pasar la vida entre un garaje, un ascensor, una oficina, un centro comercial y un apartamento sobrecalentado. Del mismo modo que una persona difícilmente vive bien sin relaciones humanas, tampoco vive plenamente sin alguna relación con la naturaleza.

Después de cada tragedia se cumple el mismo ritual: se cuentan los muertos, se buscan imágenes conmovedoras, se declaran días de luto y se promete que se extraerán lecciones. Transcurridas algunas semanas, vuelven los proyectos, las licencias, la tala de árboles, la impermeabilización de los suelos y la expansión de las construcciones. Llamamos “catástrofe natural” a lo que, con frecuencia, también es el resultado de vulnerabilidades planificadas, autorizadas o toleradas. La expresión resulta conveniente porque absuelve anticipadamente a todos los responsables. Si ha sido la naturaleza, nadie ha tenido la culpa. Pero la naturaleza no aprobó los planes generales municipales, no concedió licencias de construcción, no sustituyó árboles maduros por pequeñas plantas ornamentales, no eliminó jardines, no asfaltó plazas ni construyó sobre cauces de agua. Es necesario un cambio radical en los criterios de planificación. Cada nueva promoción debería contemplar áreas permeables, una arborización adecuada y un espacio verde proporcional al número de personas que pretende acoger. La protección de los árboles adultos debería ser la norma, y su tala una excepción verdaderamente fundamentada. Todos los barrios deberían disponer de lugares con sombra natural, bancos, agua, espacios de encuentro y jardines accesibles a pie. Antes de aprobar un proyecto, los responsables deberían estar obligados a responder a preguntas elementales: dónde podrá jugar un niño? Dónde podrá sentarse una persona mayor durante el verano? Por dónde será absorbida el agua de la lluvia? Cómo se podrá cruzar esta calle en un día con cuarenta grados? No se trata de expulsar a las personas de las ciudades hacia periferias sin servicios y dependientes del automóvil. Se trata de construir un territorio más equilibrado, distribuyendo empleo, empresas, servicios públicos, vivienda, cultura y oportunidades entre ciudades medianas y localidades hoy olvidadas. Una ciudad no gana calidad de vida por concentrar cada vez a más personas en el mismo espacio. La gana cuando consigue acogerlas sin retirarles el derecho al aire, a la sombra, al descanso y a la contemplación. Estamos transformando algunas ciudades en pistas de carreras cubiertas por un manto de asfalto y hormigón, donde todos se mueven, pero casi nadie permanece. Incluso los turistas acabarán comprendiendo que una ciudad no debe ser únicamente recorrida con prisa, en una carrera entre monumentos, museos y restaurantes, sino también contemplada, respirada y vivida. La ciudad sostenible no será la que posea más torres, más automóviles o más metros cuadrados construidos. Será aquella donde la vida todavía consiga permanecer. No podemos seguir llorando a las víctimas mientras autorizamos las condiciones que aumentan su vulnerabilidad. El hormigón no mata por sí solo. Mata cuando alguien decide que vale más que el árbol, más que el suelo, más que el agua y más que la vida humana. Y eso no es una fatalidad de la naturaleza. Es una elección.

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