Jesús Antonio Rodríguez Morilla
Existen ocasiones en las que la realidad política se lo pone demasiado fácil al analista. La actual disputa diplomática entre Pedro Sánchez y Giorgia Meloni, desatada por la crisis migratoria de Ceuta y saldada con la recíproca y absurda suspensión del espacio Schengen mediante controles fronterizos entre España e Italia, se identifica de forma asombrosa con los conceptos de la célebre obra teatral de Luigi Pirandello: “Seis personajes en busca de autor”.
Si trasladamos aquel argumento a este conflicto geopolítico, la ficción, la autoría y la representación cobran un sentido trágicamente real.
La obra de Pirandello comienza durante el ensayo de una compañía de teatro, interrumpido por la irrupción de unos misteriosos personajes. Explican estos que fueron creados por un autor que luego los abandonó a su suerte, dejándolos incompletos y desesperados por contar su trágica situación. Le suplican al director de la compañía que se convierta en su nuevo autor y les permita representar su drama.
En nuestro escenario actual, la compañía ensaya en Ceuta. Los personajes desamparados son los miles de migrantes magrebíes, creados por la geopolítica y abandonados por sus gobiernos de origen. Al relatar sus oscuras historias de miseria y muerte, los actores reales, la sociedad ceutí, intentan primero aceptarlos con temor para, posteriormente, asimilar e integrar a una parte de ellos.
Sin embargo, los personajes se frustran: el escenario europeo jamás podrá capturar su verdadera esencia ni su dolor real. Al final, la obra difumina la línea entre la realidad y la ficción, terminando en una confusión total donde ya no se sabe qué es verdad y qué es mera actuación.
Lo más paradójico es que esta fase de agitación política y diplomática surgió con posterioridad a los hechos, cuando la crisis sobre el terreno ya había sido encauzada por la gestión técnica y humanitaria.
Fue entonces cuando irrumpió la sobreactuación de los líderes, transformando a destiempo el drama en una perfecta «tormenta en un vaso de agua»; es decir, crear un instrumento artificial para obtener réditos electorales.
Estimamos que el debate migratorio actual está dirigido por Sánchez y Meloni hacia la consolidación de sus propios liderazgos internos, no hacia la resolución de un problema latente.
Por un lado, Meloni despliega el prisma de la soberanía y la seguridad, obsesionada con la externalización de fronteras para proyectar una imagen de protección nacional.
Por otro, Sánchez enarbola el prisma del humanitarismo y la solidaridad, buscando posicionarse como el gran referente del progresismo europeo frente a las corrientes conservadoras. Ambos actúan como directores de escena que intentan imponer su propio libreto a toro pasado. El problema es que en la Unión Europea no existe, de nuevo, una «autoría» firme que unifique la política migratoria.
Mientras los ciudadanos de ambos países lidian con problemas cotidianos mucho más severos, durante riña infantil dentro de un vaso de agua, que vuelve a fracturar a las sociedades nacionales y a los Estados miembros. Ante esto, la Comisión Europea asiste con una parálisis que evidencia las costuras de su propia arquitectura institucional.
Bruselas carece de competencias exclusivas en fronteras, una soberanía celosamente guardada por los Estados. Además, el peso del Consejo Europeo obliga a unos consensos imposibles de alcanzar cuando los líderes deciden bloquearse mutuamente. Incluso el reciente Pacto de Migración y Asilo, un hito sobre el papel, queda herido de muerte al depender de la voluntad política de los mismos actores que hoy protagonizan el conflicto.
El sistema imperante, lamentablemente, premia electoralmente el ruido: a Meloni le sirve para cohesionar a su ala dura y a Sánchez para alimentar su narrativa interna.
Al final, en este teatro del absurdo, los personajes siguen buscando un autor que Europa no es capaz de ofrecer.