España de sátrapas y satrapías como anatomía del poder.

Jesús Antonio Rodríguez Morilla

En ocasiones no resulta fácil convertir en preámbulo, lo que debería ser una conclusión o epílogo. Entre otras razones, porque ante determinados supuestos que podrían vislumbrarse por parte de los ciudadanos con no demasiados buenos pronósticos, hoy, vuelven a toma forma, permítanme la licencia, en un Texto fruto de diversa  lecturas y consultas especializadas.

La experiencia española demuestra que la anatomía del poder convertida en hegemonía política, muta su ropaje tecnológico e ideológico, pero siempre manteniendo intacta su esencia. Ya sea mediante el arbitraje pasivo ante los abusos de los barones regionales o a través del control vertical y la absorción de las instituciones del Estado.

Siete Mil Años A.C.

Bajo el Imperio Persa (siglo VII a.C.), nació una figura clave para la administración de los territorios conquistados: el Sátrapa (del persa antiguo, «protector del país»). Estos gobernadores provinciales, perfeccionados por Ciro II y Darío I, poseían un poder absoluto en sus regiones a cambio de dos condiciones innegociables: mantener la paz social y recaudar el tributo para el Gran Rey.

Aunque operaban con dinámicas feudales, estaban sujetos a la fiscalización de la Corona a través de inspectores reales, conocidos como «los ojos y oídos del rey».

Este modelo sobrevivió a la conquista de Alejandro Magno, reflejándose igualmente en la posterioridad del Imperio Romano bajo  figuras de procónsules o pretores, e incluso fue retratado desde la resistencia ética en el bíblico Libro de Daniel, donde la sabiduría y fidelidad a Dios se contextualizan en constante tensión con la arbitrariedad de estos funcionarios.

Presencia en nuestros tiempos.

Lejos de quedar sepultada en el mundo antiguo, la Satrapía sigue siendo una herramienta conceptual imprescindible para explicar el autoritarismo contemporáneo.

La historia de tal hegemonía política es en esencia la repetición de un mismo patrón. Las eras de Mariano Rajoy y Pedro Sánchez representan las dos caras de esta misma moneda imperial.

Pensadores como Raymond Aron advirtieron durante la Guerra Fría cómo las superpotencias fragmentaban sus zonas de influencia en «Satrapías ideológicas», donde líderes locales reprimían a sus pueblos para asegurar la lealtad al bloque dominante. En una línea similar, Noam Chomsky ha denunciado que los imperios modernos (como EE. UU.) no conquistan tierras directamente, sino que instalan Sátrapas locales para garantizar sus intereses geopolíticos y corporativos; dinámicas visibles hoy en regímenes como el de Daniel Ortega en Nicaragua o en el otro extremo, la ya compleja relación de conveniencia entre Washington y Marruecos.

España afín al Sistema.

España no ha resultado ajena a estos patrones. En política local, los términos Sátrapa y Satrapías, arraigaron potentes sin dirigir la palabra  «dictador»  al gobernante de turno, sino más bien como radiografía técnica denunciando dos vicios estructurales heredados de la antigüedad, a través del caciquismo territorial y el hiper personalismo gubernamental. Las eras de Mariano Rajoy y Pedro Sánchez representan las dos caras de esta misma moneda imperial.

La Era Rajoy: Las Satrapías Autonómicas y sus Virreyes.

Bajo la presidencia de Rajoy, el concepto de Satrapía sirvió para describir una estructura centralizada en los «barones» territoriales y presidentes autonómicos, quienes acumulaban un control indiscutible en sus regiones.

Al igual que los Grandes Reyes Persas, Moncloa miraba de soslayo hacía los excesos de sus gobernadores locales siempre y cuando estos garantizaran la estabilidad institucional, aportaran votos masivos a la sede central de Madrid y cumplieran con los objetivos de déficit impuestos por el nuevo imperio económico: Bruselas.

Un estilo de gobernanza el suyo, caracterizado por la delegación y la no intervención en los conflictos internos de los territorios, encajaba con el modelo clásico de supervisión a distancia similar al estilo  persa.

Según la crítica periodística, el modelo de autonomía provincial  propició la creación de auténticas redes clientelares, con controles opaco de diputaciones, contratas públicas y cajas de ahorros locales operando al estilo del cobro arbitrario de impuestos de los antiguos gobernadores provinciales.

El estallido de diversos casos de corrupción territorial durante esta época fue la consecuencia directa de estas Satrapías sin fiscalización.

La Era Sánchez: Cesarismo e Hiper Personalismo.

Con la llegada del presidente actual la dinámica del poder sufrió una mutación radical: pasó de la fragmentación tipo feudal a la concentración vertical en el Ejecutivo central.

El término Sátrapa cambió de enfoque en el debate mediático, utilizándose de manera peyorativa para denunciar lo que la oposición y columnistas críticos consideraron y consideran aún un control absoluto del aparato estatal. La Satrapía además de Periférica se identifica con el perfil de un mandatario cuya prioridad es la supervivencia política personal mediante una «resistencia numantina» y la colonización de los contrapesos tradicionales del Estado de derecho como la Fiscalía, el CIS o la televisión pública.

Esta concentración del poder central convive con una paradoja periférica: para mantenerse en el poder, el Ejecutivo se ve obligado a pactar con minorías nacionalistas e independentistas, con el fin de asegurar la supervivencia concesión de privilegios económicos que rompe la igualdad estatal. Otra lectura sugeriría un ejercicio de pragmatismo imperial: se cede ante las demandas de la periferia para evitar rebeliones abiertas, mutando la naturaleza fiscal del Estado para asegurar la supervivencia de la “Corona Sánchez”

Comparte éste artículo
No hay comentarios