
Nunca hemos tenido tantas posibilidades a nuestro alcance. Podemos atravesar continentes en cuestión de horas, comunicarnos instantáneamente con alguien al otro lado del mundo, prolongar vidas que hace apenas unas décadas habrían estado condenadas, diagnosticar enfermedades cada vez más temprano, manipular materia a escala microscópica, observar regiones del universo que durante milenios estuvieron fuera de nuestro alcance y procesar, en pocos segundos, cantidades de información que ninguna persona sería capaz de analizar a lo largo de toda una vida. La inteligencia artificial ha añadido una nueva dimensión a este proceso. Ya no estamos construyendo únicamente máquinas que hacen más rápido aquello que antes hacíamos con las manos. Estamos construyendo sistemas capaces de escribir, calcular, traducir, analizar, comparar, crear imágenes, establecer relaciones entre millones de datos y ofrecer respuestas a problemas que hasta hace poco exigían horas o días de trabajo humano. Todo esto es extraordinario. Sería absurdo negar el progreso o alimentar una especie de nostalgia de un pasado que también estuvo lleno de sufrimiento, ignorancia, enfermedad y limitaciones que, afortunadamente, hemos conseguido superar. El problema no está en que seamos capaces de hacer más. El problema comienza cuando confundimos el aumento de nuestras capacidades con el desarrollo de la persona humana, como si una cosa condujera inevitablemente a la otra. Una civilización puede adquirir poder suficiente para transformar el mundo mucho antes de adquirir la sabiduría necesaria para decidir cómo debe utilizarlo. Quizá sea precisamente esa distancia la que hoy debamos empezar a observar con mayor atención. La inteligencia artificial nos sitúa ante esta cuestión de una manera particularmente intensa. No porque sea enemiga de la persona, sino porque la relación que estamos construyendo con ella puede decir mucho acerca de lo que entendemos por ser persona. Se habla de inteligencia artificial en todas partes. Está en las empresas, en las universidades, en los colegios, en los gobiernos, en la investigación, en los informativos, en los periódicos, en las plataformas digitales, en las conversaciones cotidianas y en nuestros hogares. Esperamos que aumente la productividad, encuentre patrones, anticipe acontecimientos, mejore diagnósticos, apoye la producción de conocimiento, facilite decisiones, ayude a evaluar inversiones, permita estudiar nuevos modelos de negocio y resuelva problemas. Todo legítimo. Pero quizá debamos empezar a hacernos una pregunta menos tecnológica y mucho más humana. ¿Qué tipo de esperanza estamos depositando en ella? Hay una diferencia entre utilizar una herramienta extraordinaria y convertirla en una especie de tabla de salvación a la que empezamos a entregar no solo tareas, sino también responsabilidades que nos pertenecen. Quizá la cuestión decisiva en nuestra relación con la IA no sea la inteligencia. Sea la delegación y, llegado un determinado momento, la abdicación. ¿Hasta dónde podemos delegar sin empezar a abdicar? ¿Qué le sucede a la persona cuando comienza a entregar a una creación suya algunas de las experiencias y responsabilidades a través de las cuales ella misma se construye? Hay cosas que tengo que seguir haciendo yo mismo porque hacerlas forma parte de convertirme en persona y de ser persona. Pensar no consiste únicamente en llegar a la respuesta correcta. Elegir no consiste únicamente en identificar la opción aparentemente más ventajosa. Crear no consiste únicamente en producir un resultado original. Discernir, dudar, equivocarse, corregir, asumir consecuencias, permanecer ante una pregunta sin respuesta inmediata o cambiar de opinión cuando comprendemos que estábamos equivocados, todo eso nos constituye. Una inteligencia artificial puede ayudarme en esos procesos, y es bueno que pueda hacerlo. Puede confrontarme con argumentos que no había considerado, mostrarme información que desconocía u obligarme a contemplar una cuestión desde otra perspectiva. El problema comienza cuando la ayuda a la reflexión se transforma en una transferencia de la responsabilidad de pensar. Durante siglos, el ser humano buscó fuera de sí respuestas para aquello que no conseguía comprender. Hoy corre el riesgo de construir la propia entidad a la que empieza a pedir esas respuestas. Hay una inversión fascinante en todo esto. Construimos sistemas de inteligencia artificial a partir de una parte inmensa de aquello que los seres humanos pensaron, escribieron, descubrieron y crearon y, después, empezamos a preguntarles qué significa ser humano. No hay nada de malo en formular la pregunta. El problema sería abdicar de la responsabilidad de responderla. Porque hay dimensiones de la vida en las que la tecnología puede ayudarnos, pero que nadie puede vivir o decidir enteramente en nuestro lugar. La IA puede darme información sobre la vida, pero no puede vivirla por mí. Puede sugerirme una decisión, pero no puede asumir las consecuencias en mi lugar. Puede explicar el sufrimiento, pero no puede sufrir por mí. Puede hablar sobre el amor, pero no puede amar por mí. Puede elaborar una reflexión extraordinaria sobre la muerte, pero seguirá correspondiendo a cada uno de nosotros afrontar su propia finitud. Estamos adquiriendo una capacidad extraordinaria para llegar cada vez más lejos. Falta saber si estamos desarrollando, a la misma velocidad, la humanidad necesaria para decidir hacia dónde queremos ir.
Quizá sea precisamente por eso por lo que esta reflexión deba comenzar mucho antes de pensar en la relación que, como adultos, estableceremos con la inteligencia artificial. Quizá deba comenzar en la infancia. En el intento legítimo de preparar niños cada vez más capaces, ¿no estaremos algunas veces privándoles precisamente de las experiencias que necesitan para convertirse en personas más completas? Queremos proporcionarles oportunidades, competencias, idiomas, deporte, actividades, tecnología, mejores colegios y experiencias que nosotros mismos quizá nunca tuvimos. No hay nada de malo en ello. Pero una infancia completamente programada también pierde algo. Para empezar, pierde la escuela de lo imprevisto. Y esto no es un detalle menor. La vida puede contener muchos momentos programados, pero nunca obedecerá enteramente a un programa. Podemos elegir una formación, preparar una carrera profesional, reservar un viaje, organizar una semana o definir objetivos para los próximos años. Después aparece aquello que no estaba previsto. Y los ejemplos son muchos. Una oportunidad, un fracaso, una enfermedad, una pérdida, una amistad, una injusticia, un cambio, una persona que altera nuestro camino o una decisión tomada por otros que modifica nuestra propia vida. Existe lo inesperado, lo inevitable y también la sorpresa feliz que ninguna planificación habría conseguido producir. Educar a alguien para vivir no puede significar preparar anticipadamente todas las respuestas que esa persona necesitará. Eso es imposible. Somos finitos. No conocemos todo lo que nos sucederá, ni todo lo que les sucederá a nuestros hijos y, sobre todo, no estaremos siempre a su lado cuando la vida los confronte con lo inesperado. Quizá una de las mayores responsabilidades de educar sea precisamente prepararlos para ese momento inevitable en el que tendrán ante sí una situación para la que nadie dejó instrucciones y en la que tendrán que encontrar, por sí mismos, una forma de responder. Es ahí donde el juego libre, el contacto directo con la naturaleza, la experiencia de la carencia, la espera, la frustración, el intento y el error dejan de ser tiempos menores y pasan a formar parte del propio aprendizaje de la vida. Un niño que tiene que inventar un juego porque nadie se lo ha preparado aprende algo diferente de aquel al que todo le llega organizado. Cuando una construcción se cae, cuando una idea no funciona, cuando los demás no aceptan sus reglas o cuando necesita encontrar otra solución, está descubriendo algo que ninguna lista de competencias puede reproducir por completo. Está descubriendo que el mundo no siempre responde como esperamos y que, ante ello, podemos intentarlo de nuevo, cambiar de estrategia e imaginar otra posibilidad. Si crecemos progresivamente acostumbrados a encontrarlo todo organizado, previsto y resuelto, ¿no estaremos también debilitando algunas de las condiciones de las que nace la capacidad de crear e innovar, como la curiosidad, la frustración, el intento, el error, la imaginación, la libertad para experimentar y la capacidad de permanecer ante un problema cuando todavía no existe una respuesta? Y, si dejamos de desarrollar suficientemente esas capacidades, ¿empezaremos también a esperar que sea la inteligencia artificial la que invente aquello que nosotros hemos dejado de aprender a buscar? Saber afrontar lo imprevisto será, además, indispensable para saber relacionarnos con la propia IA. ¿Qué haremos cuando nos presente una respuesta equivocada? ¿Cuándo una recomendación aparentemente convincente pueda perjudicar a una persona? ¿Cuándo dos sistemas presenten conclusiones diferentes? ¿Cuándo todo parezca correcto, pero la experiencia, el conocimiento o la conciencia nos digan que algo no encaja? ¿Quién tendrá autonomía para detener el proceso, cuestionar la respuesta y asumir una decisión diferente? Cuanto más nos acostumbremos a respuestas inmediatas, mayor puede ser el riesgo de perder precisamente la capacidad necesaria para reconocer cuándo una respuesta no sirve. Quizá por eso debamos recuperar también el valor del ocio fecundo, de ese tiempo aparentemente inútil que no necesita justificarse a través de la productividad, de los resultados o de las competencias adquiridas. Vivimos progresivamente presionados para llenar el tiempo. Hasta el descanso parece necesitar una finalidad. Pero no todo aquello que es profundamente humano necesita demostrar su utilidad. A primera vista, amar a alguien no es productivo. Contemplar no es productivo. Jugar con un niño sin ningún objetivo pedagógico no es productivo. Permanecer en silencio no es productivo. Hacerse una pregunta para la que quizá nunca encontremos respuesta tampoco es productivo. Al menos, no lo es según una lógica que mide el valor de las cosas por el resultado inmediato, la eficiencia o la utilidad. Y, sin embargo, todo eso es profundamente humano. Durante gran parte de la historia humana, la propia vida imponía tiempos de espera, silencio, desplazamiento, repetición y ausencia de estímulos. No necesitamos idealizar ese pasado ni demonizar los instrumentos modernos que hoy utilizamos. La cuestión es otra. ¿Qué hemos perdido desde que hemos dejado de tener que estar con nosotros mismos? Quizá no hayamos perdido la necesidad espiritual. Quizá hayamos construido una forma de vida que nos permite pasar casi todo el tiempo sin tener que afrontarla. Y aquí es importante no dejar lugar a ningún equívoco. Espiritualidad no es sinónimo de religión. No estoy hablando de pertenencia religiosa ni de la obligación de creer en Dios. Estoy hablando de la dimensión espiritual de la existencia humana, vivida por la misma persona que tiene cuerpo, emociones, inteligencia, relaciones, memoria e historia. No existe una persona física junto a una persona espiritual, como si fueran dos realidades separadas. Existe la persona entera. La dimensión espiritual se manifiesta en la interioridad, en la conciencia, en la búsqueda de sentido, en la capacidad de trascender lo inmediato, en la relación con la verdad, en la forma en que afrontamos el sufrimiento, la finitud, el amor, la responsabilidad, la esperanza, la muerte y aquello que dejaremos después de nosotros. Forma parte de la misma existencia concreta que vive, piensa, siente, ama, sufre, elige e intenta comprenderse. No hace falta creer en Dios para descubrir que el ser humano no cabe entero en aquello que puede medir.
Quizá una de las fragilidades de nuestro tiempo esté precisamente en buscar soluciones parciales para una realidad que solo puede comprenderse verdaderamente de manera integral. Tenemos una enorme facilidad para economicizar las preguntas antropológicas. Buscamos una explicación salarial, fiscal, habitacional o productiva para casi todas las grandes decisiones humanas, como si aquello que esperamos de la vida, nuestra relación con el compromiso, la disposición a cuidar de alguien, la forma en que entendemos la libertad, la felicidad, la familia, la responsabilidad o la realización personal fueran únicamente variables secundarias. La economía importa, evidentemente. Las condiciones materiales importan. Pero el ser humano no es únicamente aquello que puede comprar, producir o consumir. Hay decisiones que solo pueden comprenderse verdaderamente cuando entramos en el terreno menos cómodo de los valores, las prioridades, la conciencia y el sentido que atribuimos a nuestra propia existencia. Es aquí donde la historia también debería recuperar un papel fundamental. No para quedarnos atrapados en el pasado, sino precisamente para conseguir pensar más allá del presente. La historia es la memoria larga de la humanidad. Nos permite reconocer aquello que funcionó, aquello que fracasó, aquello que nunca deberíamos repetir y también aquello que puede seguir teniendo valor, aunque haya dejado de estar de moda o de corresponder al espíritu del tiempo. Una civilización que vive únicamente en el presente se convierte fácilmente en prisionera de la novedad y comienza a confundir cambio con evolución. No todo lo nuevo es necesariamente mejor, del mismo modo que no todo lo antiguo merece ser conservado. El verdadero progreso exige discernimiento. Exige memoria suficiente para saber de dónde venimos y responsabilidad suficiente para pensar en un futuro que vaya más allá de nuestra propia existencia. Quizá sea ahí donde la familia siga desempeñando una función insustituible. No porque sea perfecta ni porque todas las familias tengan la misma historia, sino porque es, para la mayoría de las personas, el primer lugar donde aprendemos que el mundo no empieza ni termina en nosotros. Es ahí donde descubrimos que existen otros con necesidades, voluntades y tiempos diferentes de los nuestros y que amar también exige esperar, ceder, cuidar, soportar, perdonar y asumir responsabilidades. Es también ahí donde una generación prepara a otra para continuar cuando ella ya no esté presente. Somos finitos, individualmente y también como generaciones. Aquello que construimos no debería servir únicamente para nosotros. Una idea sería de sostenibilidad debería incluir precisamente esta capacidad de tomar decisiones pensando en personas que nunca conoceremos y que probablemente nunca sabrán nuestros nombres. Quizá por eso sea tan importante rechazar una idea incompleta de progreso. No se trata de estar contra la modernidad, contra la ciencia, la tecnología, la inteligencia artificial, la innovación o el aumento de las capacidades humanas. Al contrario. Ojalá consigamos curar más enfermedades, vivir mejor, comprender más profundamente el universo, crear tecnologías extraordinarias y utilizar la inteligencia artificial para ampliar aquello que mejor sabemos hacer. Pero, precisamente porque esas capacidades serán cada vez mayores, necesitamos preguntarnos también qué personas queremos ser cuando las tengamos en nuestras manos. La técnica puede ampliar el poder. No garantiza sabiduría. La información puede aumentar el conocimiento disponible. No garantiza discernimiento. Una sociedad puede hacerse más eficiente y, aun así, no saber para qué quiere esa eficiencia. Puede prolongar la vida y seguir sin saber qué hace que una vida merezca ser vivida. Puede producir respuestas para casi todo y perder la capacidad de permanecer ante las preguntas que no admiten una solución inmediata. Quizá el verdadero progreso no se mida únicamente por la distancia que conseguimos recorrer, por los años que conseguimos vivir, por la información que conseguimos procesar o por las capacidades que conseguimos ampliar. Quizá se mida también por la profundidad a la que somos capaces de llegar dentro de nosotros mismos, por la responsabilidad con la que utilizamos aquello que sabemos y por el mundo que dejamos a personas que nunca llegaremos a conocer. Convertirnos en personas más capaces será una conquista extraordinaria. Pero ¿será suficiente para poder decir que estamos progresando de verdad? ¿Estamos realmente evolucionando o simplemente nos estamos volviendo más capaces?