España asiste atónita a un sainete político donde la grandilocuencia verbal ha sustituido por completo a la valentía institucional. Se ha instalado en la tribuna del Congreso un teatro de sombras donde los adalides de la patria vociferan calificativos de máxima gravedad criminal contra el Gobierno, mientras en la práctica demuestran una cobardía jurídica sonrojante. A la derecha y a la extrema derecha se les llena la boca hablando de “traición”, pero a la hora de la verdad, todo se reduce a un puñado de titulares para la galería, retuit rápido e impotencia parlamentaria.
El líder del Partido Popular, en su particular papel de Rey Mago fuera de temporada, reparte caramelos de cambio político a un electorado ansioso. Promesas a tumba abierta para cuando gobierne que recuerdan inevitablemente al viejo dicho de la picaresca española: «mucho prometer hasta meter, y una vez metido, nada de lo prometido». La política patria convertida en una película de vaqueros de serie B donde el caballo del presidente Sánchez corre con ventaja, simplemente porque sus perseguidores son incapaces de afinar el paso. Se desgastan en el grito, pero carecen de la audacia necesaria para el combate real.
La crisis en la frontera sur ha sido utilizada como un balón de oxígeno político por PP y Vox, sirviendo además como oportuna cortina de humo para tapar escándalos incómodos de gestión interna o inmuebles de lujo. Hablan de la situación fronteriza con una frivolidad pasmosa, deslizando soluciones deshumanizadas que parecen sugerir la cacería al hombre como método de contención. Sin embargo, cuando se apagan las luces de la cámara, sus recetas de Estado brillan por su absoluta ausencia.
Pero el colmo de este fariseísmo llega con la acusación de traición. Si PP y Vox creyeran de verdad una sola palabra de lo que braman ante los micrófonos amigos, esos donde se habla impunemente de traición, cobardía o dictadura en un país con un Ejecutivo salido legítimamente de las urnas, habrían tenido la hombría política de aplicar la Constitución. La Carta Magna pone a disposición del Parlamento el Artículo 102, el mecanismo legal diseñado para juzgar al presidente del Gobierno por delito de traición o contra la seguridad del Estado ante la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo.
Tenían los números, el altavoz y la oportunidad. Les bastaba la iniciativa de una cuarta parte de la Cámara para retratar al Ejecutivo donde importa, en la sede judicial. Pero no hubo agallas, en castellano como recoge la RAE «cojones» Es infinitamente más cómodo vociferar “traidor” , «vendepatrias», «asesino», «acusaciones de alta traición», «gobierno ilegítimo» «corrupto, «dictador» etc. desde la moqueta del Congreso, que estampar la firma en una querella que exige pruebas rigurosas y no meros exabruptos de mitin.
Todo es humo. Todo es lerelé sin un solo paso de baile. Asistimos al espectáculo de unos titiriteros políticos a los que cuatro años en la oposición se les están haciendo interminables, más preocupados por la foto del día que por comportarse como verdaderos hombres y mujeres de Estado. Menos patriotismo de pulsera y más respeto a la inteligencia de los ciudadano, si van a usar la Constitución como arma arrojadiza, tengan al menos el valor de aplicarla hasta las últimas consecuencias. Humo y ruído.