Hace una semana, en la primera parte de este artículo, hablábamos de Lemoiz como algo mucho más que el lugar elegido para levantar una piscifactoría de lenguados. Hablábamos de un territorio donde todavía permanecen las huellas de una historia que no puede borrarse con una nueva capa de hormigón; de una central nuclear que nunca llegó a producir un solo kilovatio pero dejó tras de sí una profunda fractura social; de una piscifactoría presentada como “innovación azul” mientras el sector pesquero vasco sigue perdiendo fuerza; y de una inversión de 170 millones de euros en la que alrededor de 60 millones corresponderían a obra civil a cargo del Gobierno Vasco, es decir, a cargo d tu dinero. La lógica, decíamos, no parece haber cambiado demasiado: se privatizan los beneficios y se socializan los costes. Solo han cambiado los actores.
Pero hay algo que quedó pendiente. Porque debajo de los tanques proyectados, de los millones de euros y de la retórica de una supuesta “economía azul” existe otra realidad que no admite maquillaje: la de un territorio que arrastra una herida ambiental que tampoco ha sido resuelta. Y ahí aparece el lindano.
Jata: el cadáver que no se entierra
Mientras se dibujan los tanques y se redactan los comunicados oficiales, a pocos kilómetros de allí, en la ladera del monte Jata, yace otro legado que nadie ha resuelto. Toneladas de residuos industriales asociados al lindano, un pesticida altamente tóxico y persistente, depositadas durante décadas en un vertedero que las instituciones prefirieron ignorar hasta que la denuncia de Ekologistak Martxan, en 2017, hizo imposible seguir mirando hacia otro lado.
La respuesta no fue la retirada. Fue el sellado. Una palabra que suena a solución pero que, en realidad, significa encapsular, confinar, tapar. Los residuos siguen allí. Los compuestos químicos siguen allí. La incertidumbre sobre su impacto en acuíferos, arroyos y captaciones de agua del entorno de Mungía sigue allí. Lo único que ha cambiado es que ahora hay geotextiles (capas supuestamente protectoras sobre la geomenbrana impermeabilizante), eucaliptos y una retórica tranquilizadora que habla de estabilización, drenaje e impermeabilización.
Pero el lindano no desaparece porque se le ponga una tapa. Y las aguas lixiviadas de esa ladera no dejan de fluir porque un informe las ignore. ¿A dónde van esos lixiviados? ¿Está contaminado el pantano de Urbieta? ¿Qué dicen los informes de URA sobre la calidad de las aguas en ese entorno? ¿Se ha hecho público todo lo que se sabe? ¿Existe una estrategia integral para los pasivos históricos del lindano en Bizkaia?
Nadie parece demasiado interesado en responder. O, al menos, no con la transparencia que exige la gravedad del tema. Porque una cosa es afirmar que no hay evidencia de riesgo, y otra muy distinta demostrar que el riesgo ha sido exhaustivamente evaluado, monitorizado y descartado con datos públicos y verificables.
Y aquí radica el problema central. No se trata de saber si los futuros lenguados se contaminarán. Se trata de preguntarse por qué se instala una granja de producción alimentaria no muy lejos de un vertedero de residuos tóxicos sin que la ciudadanía haya podido acceder a toda la información, sin debate público proporcional a la singularidad del lugar, sin que la proximidad del lindano haya exigido un plus de cautela y de rendición de cuentas. El lindano no es un capítulo cerrado. Es una herida abierta que las instituciones han decidido gestionar con parches y silencio. Y ahora, cerca de esa herida, quieren construir tanques de acuicultura.
La escucha que solo oye aplausos
El Gobierno Vasco ha desarrollado en los últimos años una habilidad notable para el oxímoron institucional. Una de sus creaciones más brillantes es la “escucha activa”, ese proceso participativo que se inventó en relación con el proyecto de imponer un nuevo museo Guggenheim en la parte más vulnerable de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai.
En teoría, la “escucha activa” consiste en preguntar a la ciudadanía antes de decidir. En la práctica, sin embargo, consiste en anunciar lo ya decidido con una retahíla de talleres, encuestas y documentos de trabajo que nunca alteran el rumbo preestablecido. Es participación como decorado. Consulta como maquillaje. Democracia de cartón-piedra.
Pues bien, en Lemoiz ni siquiera ha habido eso. Ni siquiera el simulacro. No ha existido un gran debate social previo sobre el destino de uno de los espacios más simbólicos de Euskadi. No se ha preguntado a la ciudadanía qué quería hacer con aquel territorio. No se ha convocado a arquitectos, urbanistas, historiadores, ecologistas y ciudadanos para imaginar colectivamente un futuro que no dependa de tapar el pasado.
¿Quién ha decidido que la mejor forma de cerrar este capítulo consiste en criar lenguados? ¿En qué momento se convirtió Lemoiz en un solar disponible para cualquier ocurrencia empresarial? ¿Dónde está el proceso de reflexión colectiva que las propias instituciones predican cuando les conviene?
No ha habido tal proceso. Y, sin embargo, sí ha habido propuestas. Desde hace años, personas como Carmen Abad o Valentín Elortegi han imaginado alternativas para ese lugar, partidas de una premisa que debería ser obvia: antes de decidir qué hacer con Lemoiz, hay que preguntarse qué significa Lemoiz. Y para mí y muchas personas de este país, significa resistencia y debate democrático sobre los límites del desarrollo. Significa la victoria de una ciudadanía que se negó a aceptar que su territorio fuera sacrificado en nombre de un progreso que no la incluía. Significa, también, dolor, muerte y heridas no cerradas. Todo eso es Lemoiz. Y ninguna de esas dimensiones puede gestionarse con un plan de negocio.
La “escucha activa” de Urdaibai ya demostró que, cuando las instituciones hablan de participación, lo que suelen querer decir es legitimación posterior. En Lemoiz ni siquiera se han molestado en pedirla. La decisión ha descendido, una vez más, desde los despachos hacia la costa. Primero una central. Ahora una piscifactoría. Cambian los actores. Cambian los discursos. Pero permanece la misma lógica vertical: la ciudadanía aparece solo cuando llega el momento de aplaudir lo ya decidido.
La oposición también debe rendir cuentas
Si el Gobierno Vasco está teniendo una actuación lamentable en este asunto —y la está teniendo—, no es menos cierto que la oposición parlamentaria no puede limitarse a la queja coyuntural. Plantar cara a este proyecto no es una opción política. Es una obligación democrática. Porque lo que está en juego no es solo una piscifactoría. Es el modelo de país que queremos construir. ¿Aceptamos que los lugares de memoria colectiva se conviertan en polígonos económicos? ¿Permitimos que la transparencia y la participación sean variables opcionales en las decisiones que afectan a nuestro territorio? ¿Consentimos que el pasado sea amortizado con proyectos de futuro que no responden a las necesidades de la mayoría, sino a los intereses de unos pocos?
La oposición que no se oponga a esto con la contundencia que el caso merece arrastrará la ignominia de haber abandonado una lucha justa. No se trata de oponerse por sistema a cualquier inversión. Se trata de exigir que ningún proyecto económico se imponga sobre un lugar cuya memoria permanece sin resolver. Se trata de reclamar que el futuro no se construya amputando el pasado. Porque las sociedades maduras no borran sus cicatrices. Las explican, las estudian, las enseñan a las generaciones venideras. Las convierten en patrimonio colectivo para que nuestras hijas e hijos, nietas y nietos comprendan de dónde vienen y por qué determinadas decisiones nunca deberían repetirse.
Lemoiz podría ser eso. Un gran espacio de memoria, naturaleza, conocimiento, cultura científica, reflexión democrática y educación ambiental. Un lugar donde nadie tenga que elegir entre recordar o avanzar. Porque ambas cosas pueden hacerse al mismo tiempo. De hecho, solo pueden hacerse al mismo tiempo.
El fondo del tanque
Quizá por eso el lenguado resulta tan apropiado como metáfora involuntaria de todo esto. Es un pez plano, pegado al fondo, confundido con el sedimento, alimentándose de lo que otros no quieren mirar. Mientras unos observan la superficie brillante de los nuevos proyectos, otros seguimos preguntándonos qué permanece depositado y escondido en el fondo.
Los lenguados de esta piscifactoría comerán lo que les echen. Los ciudadanos y ciudadanas vascas no deberíamos conformarnos con alimentarnos únicamente del relato en forma de pienso que nos sirven las instituciones a diario. Las centrales nucleares pueden cerrarse. Los vertederos pueden sellarse. Las piscifactorías pueden desmontarse algún día. Lo verdaderamente irreparable sería que aceptáramos convertir Lemoiz en un “No Lugar”. Porque el día que olvidemos el significado de nuestros territorios habremos empezado también a olvidar el significado de nosotros mismos. Y eso, señores y señoras del Gobierno Vasco, no se tapa con tanques de acuicultura.