Carta abierta a Goretti Sanmartín, alcaldesa de Compostela
@jsuarez02111977
Estimada señora Goretti Sanmartín:
Compostela está apagando sus semáforos para las personas ciegas. Y cuando una ciudad silencia una herramienta básica para nuestra autonomía, no está avanzando: está levantando nuevas barreras.
Cruzar una calle con seguridad no puede depender de llevar encima la tecnología necesaria para activar aquello que la propia ciudad mantiene en silencio.
Durante años, los semáforos acústicos ofrecieron una referencia sonora integrada en el espacio público. Ahora, progresivamente, ese sonido debe activarse mediante un mando —con pila, mantenimiento y un coste de reposición que puede rondar los 30 euros— o mediante una aplicación móvil.
Una persona que ve no necesita nada de eso. Mira la luz y cruza.
Ese es el problema: una responsabilidad que debería asumir el espacio público se traslada a la persona con discapacidad. No cuestiono la tecnología, sino un modelo que nos obliga a llegar preparados para poder movernos por la ciudad.
Y Compostela recibe cada año a miles de peregrinos, turistas y visitantes. Pensemos en el próximo Año Santo: una persona ciega llega por primera vez, se encuentra ante un semáforo capaz de emitir sonido, pero permanece en silencio. ¿Cómo sabe que debe activarlo? ¿Quién le ha explicado el sistema? ¿Qué hace si no dispone del mando o de la aplicación?
No hablamos de comodidad. Hablamos de seguridad, autonomía e igualdad.
Entiendo que el descanso vecinal debe protegerse, pero la solución no puede consistir en silenciar una herramienta necesaria y trasladar a quien la necesita la responsabilidad de volver a activarla.
También importa a quién escuchan las instituciones cuando toman estas decisiones.
El Concello debe consultar directamente a las personas con discapacidad visual y contar con asociaciones, organizaciones sin ánimo de lucro y especialistas independientes. Y debe garantizar transparencia sobre los posibles conflictos de intereses.
El conflicto es sencillo de explicar: una entidad no debería presentarse únicamente como representante de las personas con discapacidad si, al mismo tiempo, obtiene ingresos directos o indirectos de los dispositivos, reposiciones o servicios derivados del modelo que está defendiendo, sin que esa circunstancia sea conocida.
No afirmo que esto esté ocurriendo ni señalo a ninguna organización concreta. Reclamo que, cuando una entidad asesore al Concello o participe en la elección de una solución, declare cualquier relación económica o comercial relacionada con ella.
No se trata de excluir a nadie, sino de saber desde qué posición habla cada participante.
Porque una barrera nunca debería acabar convirtiéndose en un servicio de pago para recuperar aquello que antes estaba disponible directamente en la calle.
Por eso pido al Concello de Compostela que revise el actual sistema de semáforos acústicos y garantice una alternativa que cualquier persona ciega pueda utilizar sin tener que comprar, pagar o depender exclusivamente de un dispositivo o una aplicación.
Pido también que, antes del próximo Año Santo, se escuche directamente a personas con discapacidad visual y a entidades independientes y sin ánimo de lucro, con transparencia sobre cualquier interés económico relacionado con las soluciones propuestas.
Y dejo una pregunta que el Concello debería ser capaz de responder:
¿Qué hará una persona ciega que llegue a Compostela sin mando, sin aplicación y sin conocer el sistema cuando se encuentre ante un semáforo en silencio?
No quiero privilegios. Quiero llegar a un paso de peatones y cruzarlo con la misma seguridad y autonomía que cualquier otra persona.
Porque si para cruzar una calle necesito llevar conmigo la llave que activa mi derecho a hacerlo, quizá el problema no esté en mi discapacidad.
Quizá esté en cómo hemos diseñado la ciudad.