Nostalgia de Dios. Por Miguel Abreu

La nostalgia es el amor que permanece más allá de la ausencia. Tal vez sea una de las formas más sencillas de expresar lo que sentimos cuando alguien deja de estar al alcance de nuestros ojos, de nuestras manos o de nuestra voz y, sin embargo, permanece, de algún modo, dentro de nosotros. Sentimos nostalgia porque hemos amado. Porque hubo presencia. Porque existió un encuentro. La indiferencia no deja nostalgia. Solo sentimos verdaderamente la ausencia de aquello que, por alguna razón, llegó a formar parte de nosotros. Pero ¿puede existir también nostalgia de aquello que nunca hemos llegado a conocer plenamente? ¿Podemos echar de menos a alguien a quien no vemos, una presencia que no sabemos explicar, un lugar en el que nunca hemos estado? Tal vez sea aquí donde comienza aquello que llamaría nostalgia de Dios. No necesariamente la nostalgia del Dios aprendido en la infancia, del Dios de las oraciones memorizadas o de las celebraciones religiosas. Hablo de algo anterior a todo eso. De esa inquietud difícil de nombrar que, a veces, aparece cuando disminuye el ruido y nos quedamos a solas frente a nosotros mismos. Podemos tener familia, trabajo, amigos, proyectos, bienestar y reconocimiento. Podemos llenar cada minuto de nuestros días, viajar, consumir, alcanzar objetivos y acumular experiencias. Y, aun así, hay momentos en los que algo dentro de nosotros pregunta, casi en silencio, si esto será todo. No es necesariamente tristeza, ni vacío, ni siquiera insatisfacción. Es quizá la intuición de que existe en nosotros una profundidad que ninguna conquista consigue llenar por completo. Algunos lo llamarán Dios. Otros lo llamarán sentido, trascendencia, verdad, plenitud o, sencillamente, misterio. Otros no le darán nombre alguno. Y quizá no sea necesario darle un nombre de inmediato. A veces percibimos que algo nos falta mucho antes de ser capaces de decir qué es. Y si la nostalgia es el amor que permanece más allá de la ausencia, quizá esta inquietud sea también señal de una relación que buscamos incluso antes de saber exactamente a quién estamos buscando. Como si existiera dentro del ser humano el recuerdo de algo que no consigue recordar, una sed cuyo origen desconoce, un deseo de infinito vivido dentro de una existencia inevitablemente finita.

Por eso pienso que, de algún modo, es necesario sentir nostalgia de Dios para desear ir a su encuentro. Difícilmente buscamos aquello cuya ausencia no sentimos. Difícilmente caminamos hacia alguien a quien no deseamos encontrar. Y difícilmente nos abrimos a aquello que nos trasciende cuando estamos absolutamente convencidos de que nos bastamos a nosotros mismos. Quizá una de las características de nuestro tiempo sea precisamente este intento de eliminar toda necesidad. Debemos ser autónomos, independientes, realizados, emocionalmente autosuficientes. Debemos construir la felicidad, definir nuestro camino y dominar nuestro destino. Hay mucho de positivo en esta conquista de la libertad individual. El problema aparece cuando confundimos autonomía con autosuficiencia. Porque podemos ser autónomos y seguir profundamente necesitados de amor. Podemos ser libres y continuar buscando sentido. Podemos conocer cada vez mejor el funcionamiento del universo y seguir sin saber por qué nos conmueve tanto el nacimiento de un niño, por qué nos destruye la muerte de alguien a quien amamos o por qué somos capaces de dar nuestra propia vida por otra persona. Hay dimensiones de la existencia humana que no caben por completo dentro de una explicación funcional. Y quizá sea también en esos lugares donde nace la pregunta por Dios. No como una respuesta fácil a aquello que todavía no conseguimos explicar. Dios no debe servir para rellenar los vacíos de nuestro conocimiento. La ciencia tiene su lugar y la fe no necesita competir con ella. La pregunta es otra. ¿Qué hacemos con nuestra sed de sentido, con nuestra necesidad de amar y ser amados, con esa extraña resistencia interior a aceptar que todo aquello que amamos pueda simplemente desaparecer? Cuando decimos de verdad a alguien «te quiero», hay en esa afirmación algo que se rebela contra el tiempo y contra la muerte. Es como si dijéramos «quiero que existas para siempre». Quizá por eso el corazón humano desea más de lo que la propia vida puede garantizarle. Y quizá también por eso podamos sentir nostalgia de Dios. No necesariamente porque lo hayamos perdido, sino porque empezamos a sospechar que existe algo más allá de nosotros que sigue reclamando nuestra atención. Curiosamente, este riesgo no pertenece únicamente a quienes no creen. También es posible creer en Dios y dejar de sentir nostalgia de Él. Es posible rezar todos los días, entrar en una iglesia, participar en las celebraciones, conocer la doctrina y cumplir los preceptos mientras Dios se va convirtiendo simplemente en una costumbre. Quizá una de las mayores crisis espirituales no sea dejar de creer en Dios. Quizá sea seguir creyendo sin sentir su ausencia. Porque cuando Dios deja de ser deseado, la religión puede permanecer, pero la experiencia interior comienza a desaparecer.

Para quien cree, esta inquietud tiene un nombre. Para quien no cree, la pregunta sigue siendo legítima. En el cristianismo, esa búsqueda encuentra una respuesta particular en Jesucristo, en la idea de un Dios que no permanece distante de la fragilidad humana y que se acerca sin imponerse. Para un cristiano, Dios no es únicamente una hipótesis de trascendencia, sino una presencia que llama, acompaña y respeta la libertad. Pero ese es el lenguaje de la fe y no necesita ser impuesto a quien contempla el mundo de otra manera. Hay quien descubre esa dimensión en la oración y quien la encuentra ante el nacimiento de un hijo. Hay quien la intuye en una iglesia vacía, frente al mar, en una montaña, en la música, en la amistad o en el silencio de una noche. Hay también quien busca y no encuentra, quien no siente necesidad de buscar o quien considera suficiente aquello que la razón y la experiencia le permiten comprender. Todo ello merece respeto. Quizá creyentes, no creyentes y personas de otras tradiciones compartan, al fin y al cabo, un territorio común mucho mayor de lo que a veces imaginamos. Todos amamos. Todos perdemos. Todos esperamos. Todos conocemos la fragilidad y todos sabemos que nuestro paso por este mundo es limitado. Y quizá sea precisamente ahí, en esa experiencia común, donde la pregunta por la trascendencia adquiere sentido. No para ganar una discusión. No para convertir la fe en una conclusión inevitable. No para llenar a la fuerza aquello que desconocemos. Sino para aceptar que existen preguntas que siguen abiertas incluso después de muchas respuestas. Tal vez la nostalgia de Dios ni siquiera sea la certeza de que Dios existe. Tal vez sea simplemente la resistencia a aceptar demasiado deprisa que aquello que vemos es todo lo que existe. Una inquietud. Una ausencia cuyo nombre desconocemos. La sensación de que, después de tantas certezas, todavía queda alguna pregunta por hacer. Algunos lo llamarán Dios. Otros, trascendencia. Otros simplemente seguirán preguntando. Tal vez lo más importante no sea resolver deprisa ese misterio, sino preguntarnos si todavía existe en nosotros espacio para sentir la ausencia de algo que nos supera. Porque, si la nostalgia es el amor que permanece más allá de la ausencia, quizá exista también una forma de nostalgia por aquello que no podemos ver, explicar o ni siquiera saber si alguna vez hemos encontrado. Y quizá sea precisamente ahí, en esa frontera entre la ausencia y el deseo, donde comienza la pregunta por Dios.

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