Hay lugares en este mundo donde entrar a pedir explicaciones sobre una carta es un deporte de alto riesgo, pero cruzar la puerta del Café Bar Pepucho, ahí al lado del Centro de Salud de Malpica, por si acaso al forastero le da un parraque, con ínfulas de crítico gastronómico, es directamente buscar que la retranca gallega te haga un traje a medida.
Eso fue exactamente lo que le pasó a unos intrépidos viajeros venidos más allá de Piedrafita.
Los protagonistas llegaron al templo de la cuchara local atraídos por los efluvios de una de las cocinas más queridas y generosas de la zona. Se sentaron dispuestos a devorar unos callos, lo que no sabían era que el Pepucho no negocia con recetas de laboratorio, allí se viene a comer casero, abundante y con el orgullo de la tradición marinera por bandera.
Cuando la dueña les plantó en la mesa una perola humeante acompañada de su respectivo cucharón, los forasteros abrieron los ojos desmesurados.
—Oiga, mire usted, dijo el comensal, arqueando la ceja con aire de trotamundos ducho en mil mesones. Yo he probado callos en todas las esquinas de España. Pero en el único lugar del mundo donde los sirven con garbanzos es aquí. ¡Esto no son callos, esto es un atentado!
La dueña, armada con la paciencia infinita de quien despacha platos míticos todos los días y con la sabiduría de la Costa da Morte, le soltó la frase lapidaria que ya forma parte del folclore local.
—Sonche, señor, e dos bos.
Lejos de rendirse ante la evidencia de que estaban probando una de las mayores delicias de la casa, al nivel de sus famosas tapas generosas, su fabes con pulpo o sus guisos de rechupete, el comensal montó en cólera.
Aseguró que iba a interponer una denuncia formal contra el establecimiento por la gravísima negligencia de no advertir en el rótulo que los callos venían debidamente acompañados de su leguminosa legión. ¡Poco faltó para que exigiera la intervención de la Interpol de los fogones!
Mientras los parroquianos que esperaban su ración al lado de la barra se echaban unas risas monumentales (y los médicos del centro de salud de al lado miraban por la ventana por si había que atender una urgencia por sobredosis de retranca), quedó claro que en el Café Bar Pepucho las normas las pone la tradición, en Galicia los callos llevan garbanzos, duélale a quien le duela y pese a quien le pese.