Podemos/Frente Amplio, el espejo roto de la izquierda

La constatación, una vez más, de la incapacidad de las fuerzas situadas a la izquierda del Partido Socialista para tejer un espacio de confluencia estable y unitario, no es solo una mala noticia para sus militantes; es, sobre el papel, una lección recurrente de miopía política. Ante citas electorales clave, los despachos de las distintas formaciones vuelven a evidenciar que, a la hora de la verdad, el cálculo de supervivencia orgánica, el reparto de puestos de salida y la preservación de las siglas particulares priman muy por encima del interés general y de la ansiada unidad progresista.

La trastienda de estas negociaciones frustradas retrata una dinámica ya conocida. Discursos apelando a la responsabilidad y a la centralidad contrastan de forma sangrante con pulsos numéricos milimétricos en circunscripciones clave. Se exigen cuotas de poder, visibilidades de marca y garantías de aparato que terminan por dinamitar cualquier intento de articulación coherente. Mientras el argumentario público repite el mantra de la transversalidad y la defensa de la clase trabajadora, la práctica interna demuestra que el temor a perder cuotas de hegemonía dentro del propio espacio pesa infinitamente más, que la construcción de una alternativa sólida frente a la derecha.

Este divorcio perpetuo tiene consecuencias directas e implacables sobre el tablero electoral, dictadas de forma implacable por la aritmética de la Ley D’Hondt. La dispersión del voto en la izquierda alternativa actúa como un bumerán: cada papeleta que se pierde o que no alcanza el listón electoral en provincias medianas o pequeñas se traduce en una sangría de escaños. Al final del recuento, los despojos de esa fragmentación no se evaporan, sino que terminan beneficiando de rebote a PP y VOX, que capitalizan con mayor eficiencia la concentración del voto o recogen los restos de un espacio alternativo incapaz de presentarse cohesionado.

Los partidos a la izquierda del socialismo institucional parecen atrapados en una paradoja insostenible, cuanto más compiten entre sí por el mismo y reducido caladero electoral, más debilitan el bloque progresista en su conjunto. La ciudadanía asiste atónita a un espectáculo donde el tacticismo cortoplacista ahoga cualquier proyecto estratégico de país. Si la izquierda no asume que la fragmentación es un lujo suicida y que la generosidad no es un eslogan sino una exigencia democrática, seguirá condenada a ser la principal coartada para la alternancia de las derechas, lamentando en las urnas unos resultados que, sus propios dirigentes, con sus vetos y mezquindades, se habrán encargado de cocinar.

Las consecuencias de esta decisión no se han hecho esperar. En las redes sociales se constata una sangría constante de bajas en las filas de Podemos, una formación a la que, a la vista de los acontecimientos, le faltó visión de futuro.

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