La sociedad de consumo ha adquirido unos valores necesarios para la mejora de la calidad de vida general que exige a las empresas suministradoras de productos y servicios. Un pueblo más exigente con lo que compra quiere que las organizaciones proveedoras tengan muy presentes la conservación y el respeto al medio ambiente. Es por esto por lo que la sostenibilidad dejó de ser simple marketing para convertirse en una realidad factible, un requisito indispensable para llegar al consumidor.
Para cumplir con la sostenibilidad, las empresas deberán demostrar que actúan de manera eficiente sobre los recursos disponibles y que cumplen eficazmente con sistemas para la reducción de emisiones contaminantes y de consumo energético. El consumidor, cada vez más exigente, vigila y analiza lo que adquiere, fijándose en los procesos de producción.
La empresa reconoce esta demanda generalizada, pero advierte que las inversiones son elevadas y que hay que ejecutar, en primer lugar, una planificación consciente para saber por dónde comenzar, qué hacer para que las mejoras y transformaciones sean perdurables en el tiempo.
Por otra parte, las instituciones públicas tienen la obligación de guiar y marcar el camino correcto mediante el ejemplo. La gestión eficaz, en este sentido, de los edificios a su cargo, los transportes, el alumbrado y las infraestructuras que consumen grandes cantidades de recursos a diario, debe actuar antes que la empresa privada.
Saber dónde se está gastando, antes de invertir
De forma general, si se pretende reducir con eficacia la factura eléctrica, se actúa sobre el consumo con la instalación de placas solares fotovoltaicas, se cambia la iluminación tradicional por lámparas LED y de bajo consumo, se sustituye la maquinaria por otras más eficientes… Todas estas acciones levantan, por otro lado, dudas y cuestiones como cuál es la mejor opción para ahorrar más, o cuánto tiempo se necesita para recuperar la inversión, que deben tener respuesta inmediata.
En cualquier caso, el punto de partida de cualquier estrategia ambiental debería ser un análisis en profundidad de la actividad, incluyendo, lógicamente; el consumo de electricidad, combustibles, el uso del agua, la generación de residuos y el transporte de las mercancías.
Para realizar este diagnóstico, las organizaciones pueden recurrir a especialistas como Global Factor, consultora que trabaja en ámbitos relacionados con el cambio climático, la sostenibilidad, la energía y la gestión del carbono. Un asesoramiento que resultará útil para calcular emisiones, identificar oportunidades de mejora y diseñar planes que respondan a las necesidades de cada empresa o institución.
Como cabe suponer; uno de los primeros estudios suele ser el cálculo de la huella de carbono. Permite conocer las emisiones de gases de efecto invernadero que genera una actividad, tanto directamente como a través de la energía consumida y otros procesos relacionados. Con esos datos es más fácil establecer prioridades y comprobar después cuánto se ha avanzado.
Pequeños cambios y grandes inversiones para consumir menos
Mejorar el aislamiento, ajustar los sistemas de climatización, instalar iluminación eficiente o reducir el desperdicio de materiales puede traducirse en un ahorro económico y ambiental.
En una oficina, por ejemplo, quizá baste con revisar los horarios de funcionamiento de determinados equipos. En un hotel, el consumo de agua caliente y la climatización tendrán un peso considerable. Una empresa alimentaria, por su parte, puede encontrar oportunidades en la gestión de los residuos y el aprovechamiento de las materias primas.
Lo aconsejable es ordenar las medidas según su coste, su impacto y el tiempo necesario para ponerlas en marcha. Algunas darán resultados en pocos meses; otras necesitarán varios años.
En las ciudades hay numerosas oportunidades para mejorar la gestión ambiental. Basta pensar en la cantidad de energía que necesitan las instalaciones deportivas municipales, los colegios, las dependencias administrativas o el alumbrado de las calles.
Sustituir luminarias antiguas, rehabilitar edificios públicos y mejorar la eficiencia del transporte urbano son actuaciones que pueden reducir el consumo de energía y las emisiones.
Los ayuntamientos también pueden intervenir en la gestión del agua, la recogida de residuos y la contratación de servicios. Por ejemplo, al adquirir nuevos vehículos municipales, pueden valorar su consumo energético y sus emisiones durante la vida útil prevista.
Eso sí, los proyectos necesitan financiación y seguimiento. Fijar objetivos anuales, reservar partidas presupuestarias y publicar los resultados ayuda a comprobar qué actuaciones funcionan y cuáles requieren ajustes.
Los certificados ambientales demuestran los resultados
Para demostrar que una empresa ha reducido su huella de carbono existen distintos sistemas de certificación y verificación ambiental. Su finalidad es aportar garantías sobre la información presentada o sobre el cumplimiento de determinados requisitos, mediante procedimientos reconocidos.
Uno de los más conocidos es la norma ISO 14001, que permite certificar un sistema de gestión ambiental. También destaca la familia ISO 14064, utilizada para cuantificar y verificar emisiones de gases de efecto invernadero.
En España existe, además, el registro de huella de carbono del Ministerio para la Transición Ecológica, que contempla distintas modalidades de inscripción y reconocimiento. Conviene, en cualquier caso, tener presente que cada certificado acredita aspectos concretos. Contar con un sistema de gestión ambiental certificado, por ejemplo, no equivale automáticamente a haber alcanzado unas emisiones determinadas.
Cómo se consigue una certificación ambiental
El procedimiento depende del reconocimiento solicitado, aunque generalmente comienza con una revisión de los requisitos y de la situación de la organización, para dar paso a una recopilación de los documentos (facturas de energía, registros de consumo, cálculos de emisiones, procedimientos de trabajo y otras evidencias relacionadas con la actividad).
Una entidad evaluadora revisa esa información y comprueba si se cumplen las condiciones exigidas. En algunos casos se realizan auditorías presenciales y se solicitan correcciones antes de emitir el certificado.
El trabajo tampoco termina necesariamente con su obtención. Determinadas certificaciones requieren revisiones periódicas para comprobar que el sistema continúa funcionando correctamente.
Qué organizaciones pueden beneficiarse de estas acreditaciones
Las industrias con un consumo energético elevado, las empresas de transporte, las constructoras y las compañías que trabajan con materias primas tienen razones evidentes para medir y acreditar su impacto ambiental.
También pueden resultar interesantes para pymes que suministran productos o servicios a grandes empresas, especialmente cuando sus clientes les solicitan información sobre emisiones, consumos o procedimientos ambientales.
En el sector público, ayuntamientos, diputaciones y organismos responsables de instalaciones o servicios pueden certificar determinados sistemas de gestión o verificar sus inventarios de emisiones.
La elección dependerá del tamaño de la organización, su actividad, las exigencias legales y los objetivos que persiga.
En definitiva, avanzar hacia una actividad más sostenible requiere conocer los problemas, decidir dónde actuar y medir los resultados. Los certificados ayudan a dar credibilidad a ese esfuerzo. Pero el beneficio más importante llega antes: cuando las medidas adoptadas consiguen reducir el consumo de recursos, mejorar la gestión y evitar gastos que hasta entonces parecían inevitables.