
En explotaciones agrícolas de Kenia y Tanzania, hay paneles solares que hacen algo más que producir electricidad. Instalados sobre terrenos cultivados, permiten seguir produciendo alimentos, proporcionan sombra a determinados cultivos y ayudan a reducir las necesidades de riego. También puede aprovecharse el agua de lluvia que escurre por las estructuras. Una investigación publicada en 2025 encontró beneficios para determinados cultivos y para el aprovechamiento conjunto de la tierra y el agua. Un estudio económico de 2026 añadió un dato interesante: en los casos analizados, los sistemas solares convencionales tenían unos costes de instalación entre un 16 % y un 27 % inferiores, pero la producción agrícola ayudaba a compensar parte de esa diferencia. No son soluciones que puedan aplicarse indiscriminadamente. Son experiencias que nos invitan a mirar más allá del coste inicial y de la electricidad producida. Lo que ocurre con la tierra, el agua, la actividad agrícola y los ingresos de las personas también cuenta. Y es precisamente esta capacidad de relacionar distintas necesidades lo que hace que estos proyectos merezcan nuestra atención.
En China, un estudio de 2024 analizó 40 parques fotovoltaicos en regiones desérticas. Allí donde la instalación estuvo acompañada de vegetación y de medidas para fijar las arenas, los investigadores identificaron mejores resultados de recuperación ecológica y una menor necesidad de limpieza de los paneles. La relación resulta interesante. La sombra y la distribución del agua alrededor de las estructuras pueden favorecer determinadas plantas. La vegetación, a su vez, ayuda a estabilizar el suelo y a limitar la circulación de polvo, que perjudica la producción eléctrica de los módulos y aumenta los costes de mantenimiento. En Arabia Saudí, investigadores probaron un revestimiento que favorece la condensación nocturna y permite recoger pequeñas cantidades de agua, utilizadas en una experiencia de riego. El agua obtenida no es suficiente, por sí sola, para transformar un desierto en tierra fértil. Pero abre otra vía de investigación. La producción de energía, la conservación del agua y la recuperación de los suelos pueden reforzarse mutuamente. Lo que parecía un conjunto de problemas separados empieza a revelar conexiones que merece la pena estudiar.
En Jordania, la FAO participó en el seguimiento de un proyecto piloto de paneles solares flotantes en un embalse, con el objetivo de producir electricidad, mejorar la gestión del agua y evitar la ocupación de nuevos terrenos agrícolas. Son experiencias que nos hacen pensar en realidades más cercanas, como la denominada «España vaciada». La despoblación de muchas zonas rurales ha provocado el abandono de actividades y de prácticas de conservación del suelo y del agua. En determinadas áreas, cuando se suma a la sequía, la erosión y los incendios, ese abandono puede agravar la desertificación. En otros lugares, la vegetación se recupera de forma natural. Por eso, conocer cada territorio es indispensable. ¿Y si determinadas inversiones en energías renovables fueran también una oportunidad para recuperar terrenos degradados y generar actividad económica local? Para ello, no basta con instalar equipos. Es necesario implicar a quienes viven en esos lugares, preservar las actividades agrícolas compatibles y conocer qué parte del empleo y de los ingresos permanece en la comunidad. Estudios europeos sobre agrivoltaica advierten precisamente del riesgo de que los beneficios se concentren en unos pocos actores. La seriedad de un proyecto también se mide por la forma en que respeta el territorio e implica a las personas en su desarrollo.
Es aquí donde cobra sentido una visión más holística. Hablamos de energía, agua, agricultura, biodiversidad, economía y despoblación como si fueran cuestiones independientes. No lo son. Una decisión tomada en cualquiera de estos ámbitos tiene consecuencias en los demás. La sostenibilidad es mucho más que producir electricidad a partir del Sol. Implica comprender los recursos utilizados, la viabilidad económica, las condiciones de vida que se generan y lo que dejamos a las próximas generaciones. Europa también investiga estas posibilidades. En 2023, el Centro Común de Investigación de la Comisión Europea estimó que la agrivoltaica aplicada a tan solo el 1 % de la superficie agrícola utilizada de la Unión tendría, en términos teóricos, potencial para superar el objetivo de capacidad solar previsto para 2030. Entre ese potencial y la realidad existen dificultades que no pueden ignorarse. También existe el deber de evaluar con rigor lo que se promete. El greenwashing, y el concepto más amplio de sustainability washing, nos recuerdan los riesgos de presentar como sostenibles prácticas cuyos beneficios no están demostrados. No se trata de desconfiar de todo, sino de exigir seriedad, transparencia y resultados. Una inversión puede ser rentable y, al mismo tiempo, contribuir al bien común. En esa convergencia reside parte del desafío.
Hay, sin embargo, otra cuestión. Para aprender de experiencias desarrolladas en otras geografías, primero necesitamos conocerlas. ¿Por qué tantas iniciativas de investigación, recuperación ambiental o desarrollo local no tienen una mayor presencia en los principales informativos, especialmente en las franjas de máxima audiencia? Las crisis, los conflictos y las catástrofes tienen una evidente relevancia informativa. Pero también necesitamos información positiva, rigurosa y de calidad, que nos permita conocer soluciones, sus resultados y las dificultades encontradas. Un estudio publicado en 2023 en Nature Human Behaviour mostró que, en una plataforma digital de contenidos, los titulares con lenguaje negativo tenían más probabilidades de recibir clics. No explica las decisiones de todas las redacciones, pero invita a reflexionar sobre la atención que prestamos, como público, a lo que sale mal y a lo que se está haciendo para mejorar. La sostenibilidad no tiene fronteras ni un único idioma. Más que un concepto, es una práctica que aspiramos a que sea universal. Conocer buenas prácticas, compartir conocimientos, adaptarlas y, cuando sea posible, mejorarlas no resta originalidad a nadie. Tampoco la riqueza de un país le otorga el monopolio de las soluciones. Si la sostenibilidad concierne al futuro de todos, ¿no deberíamos empezar por estar más dispuestos a aprender unos de otros?
Referencias
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[2] Randle-Boggis, R. J., et al. (2026). Techno-economic assessment and stakeholder perspectives on agrivoltaics in East Africa. Applied Energy, 423, 128450.
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