Del odio al flechazo: cuando la relación entre Ayuso y Sánchez roza el papel de fumar

En una sociedad tan polarizada y cargada de intereses, una nota de humor sentimental y político nunca viene mal. Los protagonistas de este particular serial son Isabel Díaz Ayuso y Pedro Sánchez, aunque da la sensación de que todo gravita en torno a la presidenta madrileña, a quien parece que le escriben un libreto cada mañana para que suene de inmediato en todas las redes sociales y altavoces mediáticos. Frente al desfile constante de descalificaciones entre unos y otros, donde ya vale todo, apostamos por un poco de humor con gotas de amor, la combinación perfecta para esbozar una sonrisa y reivindicar el afecto, aunque sea completamente imaginario.

Dicen los entendidos en pasiones humanas, que del amor al odio hay solo un paso. Lo que ya no especifica el manual de instrucciones es si ese paso se da por la M-30, dirección Moncloa-Sol, o viceversa.

Últimamente, analizando el nivel de intensidad dramática que se gasta entre Isabel Díaz Ayuso y Pedro Sánchez, uno empieza a plantearse si la crispación institucional no será en realidad un gigantesco malentendido de aplicaciones de citas. Las boutades diarias, los rifirrafes cruzados y esa manía irrefrenable de Ayuso de dedicarle cada rueda de prensa al compañero de ring, ya no parecen pura estrategia de partido, es el arranque de una comedia romántica de sobremesa con un final imprevisible.

Hay quien sostiene que la línea entre la repulsión ideológica y el flechazo inconfesable entre la presidenta madrileña y el presidente del Gobierno es tan fina como el canto de un papel de fumar. Visto el percal, uno revisa los titulares y empieza a dudar. ¿Es pura confrontación de modelos de Estado o estamos ante el culebrón definitivo de la temporada? El cenit del melodrama llegó cuando la propia Ayuso, en un alarde de celos políticos mal disimulados, soltó aquello de: Es un presidente obsesionado con la mentira y, como se ve cada día y cada minuto, obsesionado conmigo. Yo, si fuera Begoña, andaría mosqueada, me mosquearía«.. Porque claro, un defraudador al final pasa, ese solo se dedica a sus asuntos y a sus comisiones; pero tanta dedicación exclusiva y tanta intensidad discursiva no pueden ser más que puro amor del bueno.

Nadie le dedica tanta atención mental y emocional a una persona a menos que le quite el sueño. Esa retórica de «te odio, pero no puedo pasar ni cinco minutos sin nombrarte» cumple de sobra con todos los síntomas de la clásica reacción defensiva ante una herida narcisista. Si de verdad te diera igual tu adversario, lo ignorarías olímpicamente; pero convertirlo en el eje central de tu existencia política grita un «mírame, aunque sea para replicarme en Twitter» que tira de espaldas. Actitudes muy de personaje despechado que busca desesperadamente la validación del objeto de su (supuesta) aversión.

Mientras tanto, el respetable asiste al espectáculo desde la barrera con palomitas virtuales. A un lado, la contención estoica del inquilino de la Moncloa; al otro, el arte milenario de la hipérbole dialéctica elevado a los altares por la líder madrileña.

Al final, la política patria se ha convertido en una especie de terapia de pareja obligatoria pagada con los impuestos de todos. Lo malo no es que se odien tanto como para no ponerse de acuerdo ni en la hora que es; lo peor es que, si algún día se reconcilian y deciden llevarse bien, nos van a dejar huérfanos de drama y sin tema de conversación en los bares. Y así, claro, no hay quien mantenga el suspense democrático, lo mejor es ir a comer el pulpo «de la piedra» de la peninsula de la torre de Hércules al «O Fiuza», regado con un buen vino de la tierra, que en Galicia, tenemos los mejores de España. La presidenta es de buen diente, le gusta el marisco de Malpica de Bergantiños (Costa da Morte), la tortilla de Betanzos y la buena cerveza Estrella Galicia.

Bo acougo.

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