No es que sorprenda, pero sí que asquea. Lo del filial del Racing de Santander es el clásico manual del miserable: negar, tapar, hacerse los dignos mientras la mierda les chorrea por las botas. “En nuestro equipo nadie vio nada”, dicen, como si el racismo dependiera de que lo vean o no. Como si no existiera hasta que un tribunal lo grabe en 4K con subtítulos.
El acta arbitral es clara. El fabrilista Mané denuncia insultos racistas. Lo hace en el campo, con el partido en juego, jugándose la piel y la vergüenza porque esas cosas no se dicen por capricho. Y el árbitro lo deja escrito. Pero claro, el Rayo Cantabria, en vez de preguntar, en vez de exigir que se investigue, en vez de actuar con la decencia que se supone a un club de fútbol, decide atacar al mensajero. Que si la redacción del acta, que si no se escuchó, que si no se grabó. La vieja estrategia de los cobardes: si el problema no aparece en los highlights, no existe.
Hay una lección de dignidad que algunos nunca aprenderán. Y es que ante el racismo, solo hay dos caminos: lo condenas o lo justificas. No hay término medio. Negar sin investigar, cubrir sin preguntar, es lo segundo. Es ser cómplice. Es demostrar que el fútbol base de algunos clubes sigue atado a una cultura de mierda donde la ética se pisa con los tacos.
Ojalá el Deportivo, el Fabril y todo el fútbol gallego les den la respuesta en el campo. Con juego, con orgullo, con valores. Porque hay cosas que no se olvidan. Y que nadie dude de que Mané, como tantos otros, recordará quién calló cuando tocaba hablar.