@jsuarez02111977
Hay ciudades que parecen dormidas sobre su propia historia, y otras, como A Coruña, que viven con los ojos abiertos hacia el mar. Todo en ella se me antoja rumor: el rumor de las olas contra la Dársena, el de los vientos que giran alrededor de la Torre, el del tráfico que resbala por la Marina. Y, desde hace años, cada julio, hay otro rumor que se instala en sus calles: el del jazz.
No hablo de una música cualquiera, ni de un festival que pasa sin dejar huella, como tantos. Hablo de un lenguaje secreto, hecho de notas que parecen suspiros, de silencios que dicen más que mil palabras, de improvisaciones que son como confesiones en la penumbra. Hablo de un hombre —Pepe Doré— que ha decidido que el jazz no muera, ni siquiera en este mundo, que todo lo devora y lo olvida.
Me gusta pensar en Pepe como en esos personajes de novela que, cuando todos tiran la toalla, se quedan solos defendiendo un castillo. Él no defiende piedras ni murallas; defiende una música que, como él, ha nacido para resistir. Lo imagino caminando por la ciudad, a primera hora de la mañana, oliendo la brisa húmeda que viene del puerto, pensando en las luces, en los nombres que traerá al festival, en el contrabajo que llorará sobre las tablas del Colón, en el trompetista que derramará oro líquido en el Garufa.
Porque el jazz, en manos de Pepe, no es solo jazz. Es un acto de amor. Una manera de decirle a la ciudad: “No estás sola, todavía hay belleza.”
Y esa belleza no se ve solo en los escenarios. Está en la plaza de Azcárraga, donde el sonido del saxo se mezcla con el canto de las gaviotas. Está en el murmullo de la gente que llena los clubes, copa en mano, y deja que el piano les cure las heridas del día. Está en los turistas que descubren, de pronto, que A Coruña no es solo mar y piedra, sino un latido de música que la sostiene.
Y todo esto existe porque Pepe Doré se niega a rendirse. Él no es un empresario al uso: es un soñador con el corazón cubierto de compases. Organizar un festival es levantar un imperio efímero. Requiere coraje, paciencia, noches sin dormir, amansar presupuestos y vencer la desgana de quien no entiende que la cultura es lo único que nos hace mejores. Pepe, con su barba, su voz pausada y esa pasión que arde bajo la calma, ha logrado lo que parecía imposible: que el jazz sea también patrimonio coruñés.
Lo he visto. He visto a señoras que jamás habían pisado un club de jazz emocionarse hasta las lágrimas ante un solo de trompeta. He visto a muchachos jóvenes bailar en la plaza como si hubieran descubierto un idioma nuevo. He visto cómo la ciudad se transforma, se ilumina, se siente viva.
Ese es el verdadero milagro. No llenar butacas, sino llenar almas.
Y mientras existan hombres como Pepe Doré, A Coruña tendrá un refugio contra la tristeza y el olvido. Porque el jazz —ese idioma hecho de humo azul y de verdades susurradas— seguirá diciendo lo mismo que la ciudad dice cada noche cuando se encienden las luces del puerto: que la vida, pese a todo, sigue siendo hermosa.