El panorama político español nos ofrece, una vez más, un vibrante (y predecible) duelo de titanes. En esta ocasión, el escenario de la contienda dialéctica ha sido Torre-Pacheco, donde se han producido unos «disturbios» que han merecido la atención de las más altas esferas gubernamentales y opositoras. Unos disturbios, por cierto, que, como ya es costumbre, parecen tener un culpable prefabricado al gusto del consumidor.
El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, con su habitual aplomo y la seriedad que le confieren los asuntos de Estado, no ha dudado en señalar directamente esta mañana en una entrevistaen la cadena SER, al partido de Santiago Abascal, Vox, como el responsable intelectual y moral de las revueltas. Según Marlaska, la formación ultraconservadora habría estado tejiendo la red de la discordia, incitando a la violencia y, en definitiva, prendiendo la mecha de la ira popular en la localidad murciana. Una acusación grave, sin duda, que resuena con la familiaridad de un estribillo ya conocido en la sinfonía de la política española.
Claro está, la respuesta desde las filas de Vox no se hizo esperar. Santiago Abascal, con la vehemencia que le caracteriza y que tanto disfrutan sus seguidores, no tardó en devolver el golpe. Y lo hizo con un calificativo contundente y sin ambages: «miserable». Así, sin anestesia, Abascal tachaba a Marlaska de «miserable», convirtiendo el intercambio en un auténtico «zasca» a Marlaska.
Porque, seamos sinceros, ¿qué sería de nuestra política sin estas joyas verbales? La población, esa que quizás espera soluciones más tangibles a los «disturbios» o a las causas subyacentes de la tensión social, asiste como público de primera fila a este vodevil. Un espectáculo donde la culpa es siempre del otro, donde las acusaciones vuelan más rápido que las soluciones y donde el diccionario de insultos políticos parece más voluminoso que los planes de contingencia.
Así, mientras los ciudadanos de Torre-Pacheco intentan recomponer la calma y entender qué diablos pasó realmente, los líderes políticos se encargan de asignar responsabilidades, no vaya a ser que la verdad sea demasiado compleja o, peor aún, que requiera una autocrítica. Marlaska acusa, Abascal contraataca, y el ciclo se repite. Y en medio de todo este teatro, la gran pregunta flota en el aire: ¿alguien está realmente interesado en apagar los «disturbios», o solo en culpar al bombero equivocado? Parece que la respuesta, al menos por ahora, es la segunda opción. El show debe continuar.