Yo, farlopero

No es ficción, es una crónica de sucesos que se repite con una precisión matemática. Lo que empieza como algo «bajo control» o «de fin de semana», termina siguiendo un guion universal del que nadie es el protagonista heroico.

Empecé a los veinte años, como empiezan todas las cosas que acaban matándote: riendo.

Una noche cualquiera. Un bar cualquiera. Amigos cualesquiera. Uno sacó una bolsita con ese polvo blanco que parecía inocente, casi elegante. Como si no fuese veneno, sino un secreto. Me dijeron: “Prueba”. Y probé. Una raya. Una sola. Una línea fina, limpia, perfecta. Como una frontera que no sabes que estás cruzando para no volver jamás.

No sentí miedo. Sentí poder.

Sentí que el mundo me pertenecía. Que yo era más rápido, más listo, más vivo. Que la vida, por fin, estaba a mi altura. No sabía que era al revés. Que yo acababa de ponerme a la altura de la muerte.

Al principio era un juego. La gracia. El ritual. La complicidad. Entrar en el baño de un bar, cerrar el pestillo, sacar la llave, hacer la raya sobre el móvil, inclinar la cabeza y aspirar como si estuviese robando un segundo de eternidad.

Me miraba al espejo después. Las pupilas abiertas como dos agujeros negros. Y me gustaba el tipo que veía ahí. Seguro. Invencible. Falso.

Luego salía y bebía. Copas sin parar. El alcohol ya no me hacía nada. O eso creía. El rey de la noche. El dueño de la mentira.

Pero la cocaína es paciente. No te mata de golpe. Te desmonta poco a poco, como un mecánico hijo de puta que sabe exactamente qué tornillo aflojar para que todo se venga abajo en el peor momento.

Me casé. Tuve hijos. Construí una vida que parecía de verdad. Una casa. Una familia. Fotos enmarcadas. Sonrisas de mentira. Todo el decorado de un hombre normal.

Pero yo no era un hombre normal.

Yo necesitaba la cocaína.

No para divertirme. No para celebrar. No para follar. No para vivir.

La necesitaba para no sentir el vacío.

Empecé a meterme en casa. Primero en el baño. Con vergüenza. Cerrando la puerta. Escuchando si alguien venía. Rápido. Preciso. Como un ladrón.

Luego dejó de darme vergüenza.

Empecé a hacer rayas en la cocina. En el salón. En cualquier superficie. El móvil. La mesa. Un libro. Lo que fuese. El ritual ya no era un secreto. Era una necesidad.

Recuerdo la primera vez que me sangró la nariz.

Un hilo fino de sangre cayendo lento. Rojo sobre blanco. Como una firma.

No me asusté.

Estaba demasiado colocado para tener miedo.

Recuerdo peor otra cosa.

Recuerdo a mi hijo mirándome.

—Papá, ¿por qué te sangra la nariz?

No supe qué responder. No porque no tuviese palabras. Sino porque ya no tenía alma.

Seguí.

Seguí metiéndome tiros como un animal. Como un esclavo. Como un cadáver que todavía respira. Dejaba el polvo encima de la mesa. Los billetes enrollados. Las tarjetas. Los restos. Todo ahí.

Un día Bea me dijo:

—¿Qué es todo esto?

Lo dijo con esa voz que ya no era amor. Era asco.

Ahí no había un hombre. Había un carnicero. Descuartizando su propia vida sobre la mesa del salón.

Pero lo peor vino después.

Cuando ya no me importó nada.

Ni el qué dirán. Ni el pudor. Ni la vergüenza. Ni mi propia sombra.

Salí a la calle.

Y me metí allí.

A plena luz del día. En una acera cualquiera. Apoyando el móvil sobre una papelera, sobre un banco, sobre mi propia mano. Haciendo la raya con precisión quirúrgica. Bajando la cabeza. Aspirando fuerte. Sin esconderme.

Delante de todos.

Delante de padres.

Delante de abuelos.

Delante de familias enteras viviendo su vida normal.

Y delante de niños.

Niños que miran. Que siempre miran.

Recuerdo sus ojos. No de asco. No de odio.

De curiosidad.

—Papá, ¿qué hace ese hombre?

—¿Qué se mete en la nariz?

Y yo allí. A dos metros. Escuchándolo todo. Con el corazón acelerado y el alma muerta.

Porque esa es la gran mentira.

La cocaína no está tan mal vista como parece. Está normalizada. Integrada. Disfrazada de ocio. De éxito. De noche. De hombres que “controlan”.

Pero no controlas nada.

Eres un espectáculo.

Eres un aviso.

Eres el ejemplo de lo que no hay que ser.

Mentí.

Mentí a mi mujer. Mentí a mis hijos. Mentí a mis amigos. Mentí a mí mismo.

La cocaína no solo te roba el dinero. Te roba la verdad.

Perdí a mi mujer.

Perdí a mis hijos.

Perdí mi casa.

Perdí mis amigos.

Me quedé solo.

Solo con la cocaína.

La única que nunca se fue. La única que nunca me pidió explicaciones. La única que nunca me juzgó.

Pero tampoco me salvó.

Me dejó sin dinero. Sin dignidad. Sin futuro. Debiendo dinero. Arrastrándome. Pidiendo. Prometiendo. Robando versiones de mí mismo que ya no existían.

Hoy tengo 42 años.

Y no soy nadie.

No soy el chico que empezó riendo en un bar.

No soy el marido que prometió cuidar.

No soy el padre que debía proteger.

Soy un farlopero.

Un hombre que se metió una raya sin saber que era la primera palada de su propia tumba.

Un hombre que aspiró su vida hasta que no quedó nada

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