El CD Lugo se ha hundido como el Prestige rodeado de chapapote, pero sin orquesta que valga. Su propietario cometió un error de bulto, parece que «preñó por la oreja» al prestar oídos a cantos de sirena contra Yago Iglesias, demostrando un desconocimiento absoluto de la categoría de un entrenador excelente. Se dejó llevar como una hoja que navega por el lecho del Miño hacia el mar: sin rumbo, sin motor y, lo que es peor, sin brújula.
Parece que Tino Saqués no dejó un libro de instrucciones en el cajón, sino apenas una nota rápida sobre el arte de destituir entrenadores. Desde ese cambio, claramente a peor, el equipo de las Murallas no ha levantado cabeza. Y es que hay mucho chapapoye aún por limpiar. Lugo, al igual que Zamora o Roma, no se conquistó en una hora; pero en el fútbol de hoy, parece que algunos pretenden levantar imperios a base de bandazos y no con profesionales de contrastada calidad.
La Xunta de Galicia, en un alarde de generosidad, está inyectando una cantidad nada despreciable en la reforma del Anxo Carro. Es una jugada maestra de la ironía, tendremos un estadio camino de la Champions para un equipo que, por lo visto en el césped, tiene la proa apuntando peligrosamente al fond del mar. ¿No es maravilloso? El contribuyente paga la pintura y los asientos nuevos, mientras la gestión deportiva sigue siendo ese enigma envuelto en un misterio dentro de una propiedad que nadie sabe muy bien si va, si viene, o si se quedó esperando en la escalera.
Y luego está el «melón» de Outeiro de Rei. Esas parcelas en San Martiño de Guillar que aguardan una recalificación milagrosa. Terrenos comprados por Tino Saqués con una visión de futuro envidiable, o quizás con la esperanza de que el urbanismo corra más que los delanteros del equipo. Porque, seamos realistas, a veces es más fácil mover un linde administrativo que marcar un gol por la escuadra.
Pero ojo, que aquí llega el giro de guion digno de Netflix: se rumorea que el patrimonio podría volver a manos anteriores si en dos años no se alcanza la Segunda División. Viendo el panorama, poner el ascenso como condición de permanencia es como pedirle a un náufrago que cruce el Atlántico en una bañera de plástico, técnicamente es posible, pero estadísticamente es un chiste de mal gusto.
Al final, lo que queda es un club lleno de incógnitas. Un presidente que maneja terrenos pendientes de un «toque» administrativo, una administración pública que riega el césped con dinero de todos, y una cláusula de retorno que sobrevuela el ambiente como un fantasma. El Lugo lleva dando tumbos desde que Saqués se hizo con el mando; pero su sucesor han pasado de los tumbos a rodar por una cuesta empinada. En román paladino: de culo y cuesta abajo.
Lo bueno también hay que destacarlo. El profesioal responsable de prensa, es uno de los excelentes profesionales del Club.
Menos mal que los hijos de Breogán aún tienen el baloncesto para alegrarse el cuerpo, porque el fútbol en Lugo… ese se ha dado a la fuga.