Hay veces que una afición revela más de sí misma cuando protesta que cuando celebra.
Y lo que estamos viendo estos días alrededor del patrocinio de ABANCA dice mucho de una parte del celtismo. No de todo el celtismo. Ni mucho menos. Hablo de esa minoría ruidosa que ha decidido convertir un contrato comercial en una guerra ideológica, un patrocinio en una traición y una marca en un enemigo.
Porque algunos no están enfadados.
Están frustrados.
Y la frustración es una cosa muy peligrosa.
La frustración suele disfrazarse de principios. Se pone una bufanda, una camiseta y una pancarta para parecer algo noble. Pero cuando uno rasca un poco la superficie descubre que muchas veces no hay dignidad detrás.
Hay resentimiento.
Hay prejuicios.
Y, en algunos casos, hay una envidia que ni siquiera se molestan en ocultar.
Porque resulta curioso que haya aficionados que parezcan más preocupados por el éxito del Deportivo que por el futuro del Celta.
Resulta curioso que haya gente incapaz de separar un patrocinio de una rivalidad deportiva.
Resulta curioso que algunos reaccionen como si la simple existencia de ABANCA fuese una amenaza para la identidad celeste.
Y quizá la explicación sea mucho más sencilla de lo que parece.
Quizá les duele que quien hoy dirige el Deportivo haya demostrado también una capacidad económica y empresarial que muy pocos tienen.
Quizá les incomoda ver que una de las mayores entidades financieras gallegas sigue apostando por el fútbol gallego mientras otros miran hacia otro lado.
Quizá les molesta que alguien haya decidido invertir dinero real donde otros únicamente aportan opiniones.
Porque los hechos son tozudos.
Mientras muchos hablan, otros ponen recursos.
Mientras muchos critican, otros arriesgan.
Mientras muchos escriben mensajes indignados en redes sociales, otros sostienen estructuras deportivas enteras.
Y esa diferencia siempre genera incomodidad.
Hay algo profundamente ridículo en determinados discursos que presentan a ABANCA como una especie de enemigo infiltrado dentro del Celta.
Ridículo porque parten de una idea absurda.
La de creer que hacer crecer al Deportivo implica necesariamente perjudicar al Celta.
Como si Galicia fuese demasiado pequeña para tener dos grandes clubes.
Como si el éxito de uno obligara a la destrucción del otro.
Como si el fútbol gallego estuviese condenado a comportarse como una pelea de taberna permanente.
La realidad es exactamente la contraria.
Cualquier persona con una mínima visión estratégica entiende que una Galicia fuerte necesita clubes fuertes.
Necesita un Celta competitivo.
Necesita un Deportivo competitivo.
Necesita proyectos sólidos.
Necesita presencia mediática.
Necesita representación en la élite.
Necesita generar riqueza, notoriedad y prestigio.
Porque cuando los equipos gallegos crecen, crece también la visibilidad de Galicia.
Crece su capacidad de atraer inversiones.
Crece su peso deportivo.
Crece su relevancia.
Eso lo entiende cualquier empresario que piense a largo plazo.
Lo que ocurre es que algunos aficionados siguen pensando a la altura de una discusión de barra de bar.
Su mundo termina donde empieza el escudo rival.
Su capacidad de análisis termina donde empieza el odio.
Y por eso son incapaces de comprender algo tan sencillo como que apoyar al Deportivo no implica atacar al Celta.
Que invertir en un club gallego no implica destruir otro.
Que el progreso de Galicia no debería interpretarse como una derrota propia.
Hay una diferencia enorme entre la rivalidad y la pequeñez.
La rivalidad es maravillosa.
La rivalidad da vida al fútbol.
La rivalidad alimenta la pasión.
La rivalidad llena estadios.
La rivalidad construye historias.
La pequeñez, en cambio, solo genera ruido.
Y desgraciadamente hay aficionados que han confundido ambas cosas.
Que han sustituido la ambición por el resentimiento.
Que han sustituido la inteligencia por el prejuicio.
Que han sustituido el orgullo por la rabia.
Y cuando eso ocurre, dejan de defender a su club para empezar a hacer el ridículo.
Porque la grandeza nunca consiste en odiar al vecino.
Consiste en crecer tú.
Consiste en competir.
Consiste en aspirar a más.
Consiste en mirar hacia arriba.
No hacia al lado.
Lo verdaderamente preocupante de este debate no es el nombre de un patrocinador.
Ni siquiera es la relación de ABANCA con el Deportivo.
Lo verdaderamente preocupante es comprobar hasta qué punto algunos aficionados son incapaces de mirar más allá de sus propios complejos.
Porque mientras ellos discuten sobre logotipos, nombres comerciales y fantasmas imaginarios, el fútbol sigue avanzando.
Los clubes evolucionan.
Las estructuras crecen.
Las inversiones llegan o se marchan.
Y el mundo sigue girando.
Sin pedir permiso.
Sin esperar a los resentidos.
Sin detenerse por quienes siguen atrapados en guerras que solo existen dentro de sus cabezas.
El Celta de Vigo merece mucho más que eso.
Merece una afición exigente.
Crítica.
Ambiciosa.
Orgullosa.
Pero también inteligente.
Lo que no merece es convertirse en rehén de quienes ven enemigos donde hay oportunidades, traiciones donde hay contratos y conspiraciones donde simplemente hay negocios.
Porque la verdadera amenaza para un club nunca ha sido un patrocinador.
La verdadera amenaza siempre ha sido la mediocridad.
Y la mediocridad suele esconderse detrás de quienes creen que odiar al rival es una forma de amor por los propios colores.
No lo es.
Es simplemente una muestra de pequeñez.
Y el Celta de Vigo, su historia y su afición de verdad merecen algo mucho más grande que eso.