Siempre he creído que la vida pública la dominaba la economía en la trastienda oculta y, en primer plano, sobre el escenario, lo hacía la política. Un juego de tramoyas bien orquestado. Ahora ya no, y no solo porque esta última -la política- se ha convertido en un lodazal insufrible, sino porque gracias el paso de los años me he hecho más incrédulo con todas las religiones, incluidas las de signo político que, en esencia, son las que rigen hoy, en forma de múltiples sincretismos, los designios de este cada vez más atribulado planeta.
Llevamos años hablando de transiciones. La transición democrática, la energética, las mil transiciones que los gobiernos anuncian cada legislatura como quien anuncia la inminente llegada de un mesías técnico que resolverá lo que la política no se atreve a resolver. Yo mismo he escrito sobre casi todas ellas, con la fe de quien cree que nombrar un problema es ya medio camino hacia resolverlo. Y de tanto nombrarlas, de tanto ver cómo cada transición anunciada se queda a mitad de camino, he empezado a sospechar que hay una crisis energética mucho más profunda que la ideológica, que la del petróleo, el litio o el gas, una crisis que ningún ministerio mide, que ninguna cumbre climática menciona, que ningún indicador del Banco Mundial registra en sus tablas. Me refiero a la crisis del amor, a su contaminación sistemática, a su extracción brutal, a su agotamiento silencioso que, al igual que las “tierras raras”, cada vez escasea más. Me refiero a que nos estamos quedando sin la única energía que de verdad podría salvarnos, mientras discutimos con seriedad notarial sobre paneles solares y coches eléctricos sin advertir que el yacimiento que verdaderamente se seca es el del afecto entre los seres humanos.
Karl Marx nos anunció que la lucha de clases era el motor de transformación de este mundo, y durante mucho tiempo le creí, porque tenía y tiene razón en lo esencial: hay una estructura de explotación que organiza la miseria de unos para sostener el confort de otros, y esa estructura sigue intacta, disfrazada con ropajes nuevos, vendida hoy bajo eslóganes de sostenibilidad y economía verde. Pero cada vez sospecho con más fuerza que el motor profundo, el que está debajo incluso de la lucha de clases, es otro: es el amor. O, para ser más exactos, es su ausencia. Porque el capitalismo no solo explota el trabajo: explota, antes que nada, la capacidad humana de cuidar al otro, y la convierte en mercancía, en servicio externalizado, en algo que se paga porque ya no se da. La crisis de los cuidados que sufren nuestras sociedades envejecidas no es un problema demográfico. Es un síntoma. El síntoma de una civilización que ha conseguido lo que parecía imposible: hacer que millones de personas vivan rodeadas de otras personas y, sin embargo, mueran solas, no acompañadas, no queridas, gestionadas como expedientes administrativos hasta el último suspiro.
El amor es el combustible y el alimento necesario para cambiar este mundo. Sin él nos morimos por dentro, aunque sigamos respirando, aunque sigamos yendo a trabajar, aunque sigamos publicando fotografías sonrientes en las redes sociales que ya son, ellas mismas, el escaparate más perfecto de esta pobreza. Y el amor, como el petróleo, como las tierras raras, como el agua dulce, ha empezado a escasear. No hablo solo del amor romántico, ese que las canciones y las películas redujeron a una mercancía de consumo rápido, con fecha de caducidad programada para mantener vivo el negocio de las segundas oportunidades y las aplicaciones de citas. Hablo de algo más extenso y más grave: del amor como tejido social, como capacidad de mirar al otro y reconocerlo como semejante, como prójimo, como alguien cuya vida importa exactamente lo mismo que la propia. Ese amor, el que sostenía las comunidades antes de que la economía las disolviera en individuos aislados compitiendo entre sí, es el que se está agotando a una velocidad que ningún informe del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) sabrá nunca medir, pero que cualquiera que tenga ojos para ver puede constatar todos los días.
Hay una pobreza amorosa que traspasa todas las ideologías, desde algunas izquierdas incluso hasta la extrema derecha, esta última de forma absolutamente desmesurada. Porque el odio, cuando se organiza políticamente, siempre necesita primero secar el terreno del amor para poder sembrar sobre él. No se puede odiar al migrante, al diferente, al pobre, al que no piensa como uno, sin haber realizado antes una operación de vaciamiento afectivo, sin haber entrenado la mirada para dejar de ver en el otro a un ser humano y empezar a ver solo una amenaza, una estadística, un problema a gestionar o a expulsar. Las extremas derechas que avanzan hoy por el mundo no triunfan principalmente por sus argumentos económicos, que suelen ser de una pobreza intelectual sonrojante. Triunfan porque ofrecen, disfrazada de fortaleza identitaria, una respuesta a la soledad que el sistema ha fabricado: te dan una tribu, un enemigo común, un nosotros que se siente fuerte precisamente porque ha dejado de querer a los de fuera. Es amor envenenado, amor convertido en su contrario, amor que solo funciona si previamente se ha asesinado la posibilidad de amar a quien no pertenece al clan.
Pero no se libra de esta pobreza la izquierda, ni siquiera la que se proclama heredera de la solidaridad y la fraternidad. Cuántas veces he visto, en espacios que se llaman a sí mismos progresistas, una crueldad fratricida entre quienes deberían estar del mismo lado, una incapacidad casi patológica de quererse entre compañeros de causa, una competición permanente por la pureza ideológica que termina devorando exactamente lo que se pretendía construir. El sectarismo de ciertas izquierdas no es más que la misma sequía afectiva vestida con otro disfraz: incapacidad de amar al que piensa parecido pero no igual, incapacidad de perdonar el matiz, incapacidad de construir comunidad real más allá de la consigna compartida en una manifestación o en una red social.
El individualismo rampante, en ascenso constante desde hace décadas, y la irresponsabilidad afectiva que de él se deriva para con nuestros semejantes y para con la vida del planeta, son la misma enfermedad mirada desde ángulos distintos. Porque, ¿qué es el calentamiento global sino la consecuencia última de no amar lo suficiente a quienes vendrán después de nosotros? ¿Qué es seguir extrayendo litio de los salares más frágiles del planeta, seguir contaminando acuíferos, seguir multiplicando vuelos y consumos sin ningún límite, sino la prueba palpable de que no queremos lo bastante a nuestros propios nietos como para dejarles un mundo habitable? Las guerras, las hambrunas, la pobreza que somete a miles de millones de personas mientras un puñado acumula fortunas que no podrían gastar ni en diez vidas, son la cosecha amarga de un mundo que decidió, hace ya mucho tiempo, que el amor era un asunto privado, doméstico, sentimental, sin ningún peso en la organización política y económica del planeta. Lo desterramos de la vida pública por considerarlo blando, ingenuo, poco serio, y entregamos las riendas del mundo a la frialdad de la rentabilidad, del cálculo, de la geopolítica desnuda de toda compasión. El resultado está a la vista de cualquiera que se atreva a mirar sin anestesia.
Somos mendigos de amor y todavía no nos hemos enterado. Mendigos con el móvil en la mano, deslizando el dedo sobre pantallas que nos prometen conexión y nos entregan, en el mejor de los casos, distracción, y en el peor, una soledad todavía más honda porque va camuflada de compañía. Mendigos que llenamos casas enormes de objetos y dejamos vacías las horas que podríamos dedicar a sentarnos con alguien sin prisa. Mendigos que hemos construido las sociedades más prósperas materialmente de toda la historia humana y, sin embargo, registramos niveles de soledad, de ansiedad, de vacío existencial que ninguna generación anterior, ni siquiera las que pasaron hambre real, había conocido jamás. Algo profundamente equivocado hicimos por el camino, y sospecho que ese error tiene que ver, precisamente, con haber confundido el progreso con la acumulación, y haber relegado el amor al rincón de lo anecdótico, de lo que no cuenta en el Producto Interior Bruto y por tanto no cuenta en ningún lado.
Y aquí es donde me acuerdo de aquel hombre que recorrió parte del continente americano en una motocicleta destartalada antes de convertirse en el icono que hoy todos reconocen sin haberlo leído del todo. Ernesto Guevara escribió, en una de sus cartas más conocidas, algo que durante años leí como una boutade romántica de juventud y que hoy releo con una seriedad que entonces no le concedí: “Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible concebir un verdadero revolucionario sin esta cualidad”. No hablaba solo del amor de pareja, ni del amor familiar, aunque tampoco los excluía. Hablaba de un amor por la humanidad entera, por la justicia, por la verdad, un amor que él convirtió en motor de un compromiso que llevó hasta sus últimas consecuencias, hasta el sacrificio de la propia vida. Podemos discutir, y mucho, los métodos que eligió, los errores que cometió, las simplificaciones de su propio relato que la historia se ha encargado de matizar. Pero hay algo en esa intuición que sigue intacto y que hoy, en este mundo gobernado por algoritmos de indignación y discursos de odio rentabilizado, resulta más revolucionario que cualquier programa electoral: la idea de que no se puede cambiar nada de verdad si no se ama de verdad lo que se pretende cambiar.
Quizá esa sea la auténtica transición energética pendiente, la que ningún gobierno se atreve a poner en la agenda porque no genera contratos públicos ni patentes industriales ni titulares de innovación tecnológica: la transición del odio organizado y la indiferencia generalizada hacia un amor que vuelva a ser política, que vuelva a ser pública, que deje de avergonzarse de sí misma como si fuera una debilidad sentimental indigna de la gente seria que dirige el mundo. Una transición que no necesita litio ni cobalto ni tierras raras extraídas a costa de comunidades enteras. Necesita, simplemente, que decidamos mirar al otro como un semejante y no como un competidor, un cliente o un enemigo. Necesita que la izquierda recupere la fraternidad que perdió en sus purismos sectarios, y que la derecha —y especialmente sus versiones más extremas— recuerden que el amor a lo propio nunca debería construirse sobre el desprecio a lo ajeno.
No tengo la ingenuidad de creer que esto vaya a ocurrir mañana, ni siquiera de creer que vaya a ocurrir. He visto suficiente mundo y suficiente historia como para no fiarme de las revoluciones del corazón que se proclaman en un artículo de opinión y se olvidan al día siguiente. Pero también he aprendido, después de décadas escribiendo sobre las grandes causas que parecían importantes y que el tiempo fue desinflando una tras otra, que la única causa que de verdad sostiene a las personas, a las comunidades, a los pueblos enteros cuando todo lo demás se derrumba, es esa energía invisible, no cotizada en bolsa, no medida en vatios ni en barriles, que llamamos amor. Mientras sigamos discutiendo solo sobre cómo sustituir un combustible fósil por un mineral crítico, sin tocar la pregunta de fondo —qué clase de seres humanos queremos ser los unos para los otros—, seguiremos cambiando de tecnología sin cambiar de civilización. Y esa, me temo, es la transición que de verdad importa, y la que llevamos más retraso en empezar.