A la edad de casi un siglo de gargantas rotas, bufandas al viento, discusiones, abrazos, lágrimas y goles imposibles.
Falleció en Riazor.
No la mató un descenso.
No la mató una quiebra.
No la mató el infierno de Segunda B.
No la mataron las humillaciones, los concursos de acreedores, los presidentes de paso ni las tardes de lluvia con diez mil personas menos.
La mató el miedo.
La mató la burocracia.
La mató la necesidad de convertir una pasión salvaje en un departamento más del club.
Hoy no enterramos una grada. Enterramos una forma de entender el fútbol.
Porque General jamás fue un asiento. Era una república independiente. Un lugar donde nadie necesitaba un permiso para dejarse la voz. Donde los cánticos nacían solos. Donde las banderas tenían dueño porque detrás de ellas había personas. Donde el bombo no obedecía a un protocolo. Donde la pasión no necesitaba un coordinador.
Hoy todo eso recibe sepultura.
A partir de ahora habrá que identificarse más, obedecer más, pedir permiso para más cosas, asumir que otros decidirán cómo, cuándo y quién anima. Habrá responsables de la pasión. Supervisores de los cánticos. Gestores de la emoción. Controladores del alma.
Qué ironía.
La pasión convertida en procedimiento administrativo.
El rugido convertido en reglamento.
La espontaneidad convertida en un manual de uso.
Y no, que nadie manipule mis palabras.
No estoy defendiendo la violencia. No estoy defendiendo a quien utiliza un estadio para intimidar, amenazar o convertir el fútbol en otra cosa distinta al fútbol. Eso jamás.
Estoy defendiendo algo mucho más grande.
Estoy defendiendo la libertad de una grada para construir su propia identidad.
Porque las grandes gradas del mundo nunca nacieron en un despacho.
Nacieron abajo. Entre cemento. Entre humo. Entre chavales que un día decidieron cantar porque nadie les dijo que no podían hacerlo.
Eso no se fabrica.
Eso no se diseña.
Eso no se adjudica desde una oficina.
Eso simplemente ocurre.
O ocurría.
Porque desde hoy General deja de pertenecer a quienes la hicieron durante décadas.
Desde hoy pertenece a quien la administra.
Y hay una diferencia enorme entre gestionar un estadio y domesticar su alma.
General sobrevivió a Franco, sobrevivió a las obras, sobrevivió a los descensos, sobrevivió al ridículo, sobrevivió a las ruinas económicas.
Pero no ha sobrevivido a esta época donde todo debe estar perfectamente controlado, perfectamente medido y perfectamente alineado con una imagen corporativa.
El fútbol moderno tiene una obsesión enfermiza por eliminar cualquier rincón que no pueda controlar.
Y cuando una pasión deja de ser libre para convertirse en una actividad dirigida, deja de ser pasión.
Se convierte en espectáculo.
En decoración.
En sonido ambiente.
Quizá Riazor siga llenándose.
Quizá los decibelios sean los mismos.
Quizá las canciones sean idénticas.
Pero todos sabremos que ya no nacen del corazón.
Nacen porque alguien decidió que era el momento de cantarlas.
Y esa diferencia lo cambia absolutamente todo.
Hoy no ha muerto una grada.
Ha muerto una manera de sentir el Deportivo.
Descanse en paz la vieja General.
La que no necesitaba instrucciones para querer a su equipo.
La que nunca pidió permiso para emocionarse.
La que entendía que el fútbol pertenece, antes que a los clubes, a la gente que deja media vida en un asiento de hormigón.
Riazor pierde hoy mucho más que una grada.
Pierde una parte de su memoria.
Y las memorias, cuando se entierran, rara vez vuelven a cantar.