La patria en el bolsillo, el patriota con el dinero en paraisos fiscales y «Arriba España»

Existe una especie muy bien censada en la fauna política patriótica que padece una dolorosa alergia crónica: la de tener que tributar allí donde pontifica. Eso sí, para cumplir con el protocolo de la bandera y la pulsera en la muñeca, para dar lecciones de españolidad y para ir pregonando por las esquinas que España se rompe, recuerda aquel Arriba España de Franco. Otra cosa bien distinta es cuando llega la hora de pasar por la caja de Hacienda. Ahí la cosa muda. Ahí el patriotismo se vuelve tan sutil que ni se ve, ni se siente, ni tributa.

El último episodio de este esperpento no lo habría mejorado ni el mismísimo Luis García Berlanga en un día de gracia. Nos referimos, cómo no, a esa ilustre flotilla de fin de semana que puso rumbo a Ceuta en barcos de recreo, solo faltó la compañía de Marcial Dorado, el capo gallego, amigo de Feijóo. Un grupo de abnegados patriotas decididos a salvar a España con la copa de vino bien sujeta en la mano, que la compostura no se pierde ni en alta mar, faltaría más y la bandera ondeando al viento del Estrecho. El recibimiento, proclamaban algunas crónicas con devoción, fue apoteósico. Solo faltó el paseo a hombros y la banda de música para completar el cuadro del hidalgo de pandereta interpretando la versión libre de La coplilla de las divisas. «Españolitos vienen a Ceuta guapos y sanos… de la pelicula Bienvenido, Mister Marshall.

Resulta entrañable ver cómo ciertas figuras nos arengan contra la «invasión» marroquí, pero se callan la otra invasion, la hortícola que perjudica a los agricultores españoles, mientras aplauden el discurso de la cacería al migrante, como si la política exterior y la gestión migratoria se solucionasen a patadas o a golpe de frase célebre. Pero lo más tierno de todo este teatro es comprobar el origen de tanta devoción. Porque cuando uno rastrea dónde tienen el patrimonio aparece la esquela donde tíos, primos, padrinos, socios y demás familia de estos ilustres navegantes, resulta que el dinero descansa plácidamente en paraísos fiscales o bajo regímenes tributarios de máxima amabilidad, bien lejos de las arcas públicas españolas.

Ya lo resumió con tino el portavoz de Podemos, Pablo Fernández, al refrescarle la memoria a Marcos de Quinto: Ser patriota es pagar impuestos en España”. Más claro, agua. Porque ser patriota con el bolsillo a buen recaudo en Suiza, Liechtenstein o Panamá es una tarea de lo más cómoda. Lo difícil, lo verdaderamente heroico en este país, es pagar la nómina, sostener la sanidad pública, financiar las escuelas y apechugar con los impuestos aquí, sin mandar el dinero de excursión fuera de nuestras fronteras.

Pero no nos preocupemos. Mientras nos quede una bandera bien grande que desplegar y un yate de recreo para hacerse la foto, la patria estará a salvo. Eso sí, la pela, que es lo que verdaderamente les importa, que siga a buen recaudo lejos. Que la solidaridad y el esfuerzo fiscal ya si eso lo pondrán los de siempre.

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