
Hay imágenes que pertenecen a la Historia y otras que, sin pedir permiso, pasan a pertenecer a nuestra propia biografía. Quien tenía edad suficiente para comprender lo que estaba sucediendo el 11 de septiembre de 2001 difícilmente olvidó dónde estaba cuando vio un avión impactar contra una de las Torres Gemelas. Y, sobre todo, difícilmente olvidó el instante en que un segundo avión atravesó el cielo de Nueva York e impactó contra la otra torre. En ese momento dejó de existir la posibilidad tranquilizadora de un accidente. Estábamos asistiendo a un ataque. Después llegó el fuego. El humo. Las personas en las ventanas. Los bomberos subiendo mientras miles bajaban. El Pentágono alcanzado. El vuelo 93 que nunca llegó al objetivo previsto porque pasajeros y tripulantes reaccionaron. Y, por fin, lo inimaginable. Dos edificios que parecían formar parte de la propia geografía del mundo desaparecieron ante millones de personas. Aquella mañana murieron 2.977 personas de más de 90 países. Tenían nombres, familias, planes para el final del día, cumpleaños por celebrar, hijos que esperaban que regresaran a casa. Habían salido para trabajar o viajar y, sin saberlo, estaban caminando hacia dentro de la Historia. Han pasado veinticinco años. Un niño que tuviera cinco años aquel día tiene hoy treinta. Muchos de los jóvenes que ahora llegan a las empresas, a los hospitales, a las escuelas, a las universidades y a la vida pública no poseen ningún recuerdo personal de aquel acontecimiento. Solo en Estados Unidos, el propio Memorial del 11 de Septiembre calcula que cerca de 100 millones de personas son hoy demasiado jóvenes para recordar lo que ocurrió. Y es así como comienza el olvido. No cuando dejamos de saber que algo ocurrió, sino cuando aquello que ocurrió deja de perturbarnos. Primero, el horror se transforma en memoria. Después, la memoria se transforma en aniversario. Finalmente, el aniversario se transforma en rutina. Seguimos conociendo la fecha. Volvemos a ver las imágenes. Repetimos los números. Escuchamos los nombres. Bajamos las banderas. Guardamos silencio. Y después seguimos. Es esa capacidad humana de continuar la que nos salva de las tragedias, pero es también ella la que puede condenarnos a repetirlas. Porque el tiempo no borra únicamente el dolor. Puede borrar también el asombro. Y cuando dejamos de asombrarnos ante aquello de lo que el ser humano fue capaz, comenzamos peligrosamente a prepararnos para aceptar aquello de lo que volverá a ser capaz.
El mundo cambió después de aquel día. Cambiaron los aeropuertos, las fronteras, los servicios de inteligencia, las leyes, la política internacional y nuestra relación con la seguridad. Aprendimos a quitarnos los zapatos, a abrir maletas, a aceptar cámaras, controles, bases de datos y formas de vigilancia que antes habrían provocado una enorme resistencia. Aprendimos también a desconfiar. De una mochila abandonada. De un comportamiento extraño. De un pasajero. A veces, trágicamente, de una religión, de un origen o incluso de un rostro. El miedo entró en la vida cotidiana y, como tantas veces sucede, no vino solo. Trajo prejuicio, guerras, radicalización, decisiones políticas discutibles y una permanente tensión entre libertad y seguridad. El terrorismo consiguió mucho más que destruir edificios. Consiguió instalarse durante años en el imaginario de sociedades enteras. Tres años después, el 11 de marzo de 2004, Madrid conoció el mismo terror cuando personas que simplemente viajaban en tren para trabajar fueron convertidas en víctimas de un atentado. Después llegaron otros ataques, otras ciudades, otros nombres. Y llegaron también acontecimientos de naturaleza completamente diferente. En 2020, la COVID-19 nos mostró otra forma de vulnerabilidad. No hubo terroristas ni aviones secuestrados. Se trató de una crisis sanitaria y cualquier equivalencia moral entre ambos acontecimientos sería absurda. Pero el efecto psicológico colectivo reveló algo parecido sobre nosotros. De repente, aquello que considerábamos seguro dejó de serlo. Las fronteras cerraron. Los aviones se quedaron en tierra. Las calles se vaciaron. Las economías se detuvieron. Un abrazo se convirtió en riesgo. Descubrimos, una vez más, que la civilización que considerábamos tan sólida podía quedar suspendida en pocas semanas. Y en todos esos momentos ocurrió algo extraordinario. Al mismo tiempo que descubríamos nuestra fragilidad, descubríamos también nuestra grandeza. En Nueva York hubo bomberos que subieron escaleras hacia edificios de los que todos los demás intentaban salir. Hubo policías, profesionales de emergencias y ciudadanos corrientes que se quedaron cuando el instinto podría haberles dicho que huyeran. Durante la pandemia, hubo profesionales sanitarios que entraron diariamente en hospitales sin saber exactamente a qué se enfrentaban. Hubo personas que cuidaron de desconocidos, hicieron compras para ancianos, entregaron alimentos, acompañaron a quienes estaban solos. Es una de las contradicciones más profundas de la condición humana. Somos capaces de producir el horror y, dentro de ese mismo horror, somos capaces de una extraordinaria belleza. Quizá por eso las grandes tragedias nunca nos dejan únicamente una historia sobre el mal. Nos dejan una elección. Podemos salir de ellas más humanos o simplemente más asustados. Y no es lo mismo. El problema es que nos hemos vuelto extraordinariamente eficientes aprendiendo las lecciones técnicas de las tragedias y mucho menos competentes aprendiendo sus lecciones humanas. Mejoramos puertas de cabina, controles de seguridad, sistemas de información, planes de contingencia, protocolos sanitarios y tecnologías de vigilancia. Hicimos aquello que sabemos hacer extraordinariamente bien. Creamos procedimientos. Pero ninguna máquina detecta el instante en que una sociedad comienza a considerar algunas vidas menos importantes que otras. Ningún escáner identifica el odio. Ningún algoritmo de seguridad consigue impedir que una civilización empiece a deshumanizar a quien considera diferente. Y quizá sea ahí donde reside nuestra mayor vulnerabilidad.
Porque el 11 de Septiembre no fue la primera vez que la humanidad prometió recordar. Mucho antes ya habíamos dicho “nunca más”. Lo dijimos ante Auschwitz y los campos de exterminio. Lo dijimos después de descubrir hasta dónde la ideología nazi había llevado la persecución y el asesinato sistemático de millones de judíos y de tantas otras víctimas. Lo dijimos mirando a Hiroshima y Nagasaki. Lo dijimos después de Ruanda. Lo dijimos después de Srebrenica. Lo repetimos ante masacres, persecuciones, guerras, limpiezas étnicas e intentos de eliminar pueblos enteros. Son acontecimientos históricamente diferentes, con causas, contextos y responsabilidades que no pueden confundirse. Comparar el sufrimiento para determinar cuál merece más memoria sería, por sí mismo, una forma de deshumanización. Pero existe una pregunta que los atraviesa a todos. Cuántas veces necesita el hombre descubrir aquello de lo que el propio hombre es capaz? Quizá lo más aterrador de la Historia ni siquiera sea la existencia de los monstruos. Es comprender que el horror rara vez comienza con aquello que más tarde colocamos en los museos. Antes de las cámaras de gas hubo palabras. Antes de las fosas comunes hubo discursos. Antes de las masacres hubo personas convencidas de que otras personas eran inferiores, peligrosas, impuras, prescindibles o culpables simplemente por existir. Antes de matar a alguien es casi siempre necesario dejar de reconocerlo como alguien. Por eso la memoria no puede ser únicamente una arqueología del dolor. Tiene que ser una forma de vigilancia sobre el presente. Recordar el 11 de Septiembre no puede significar únicamente recordar a personas asesinadas por terroristas. Las 2.977 víctimas pertenecían a más de 90 países. Eran, ante todo, seres humanos. Y si veinticinco años después seguimos creyendo que la vida de un niño vale más o menos según el país en el que nació, la religión de sus padres, la lengua que habla, la frontera en la que vive o el lado de una guerra en el que tuvo la desgracia de nacer, entonces quizá no hayamos comprendido absolutamente nada. La memoria que elige víctimas ya ha empezado a transformarse en propaganda. Nunca hemos tenido tanto acceso al pasado como hoy. Tenemos archivos, imágenes, documentos, testimonios, museos y prácticamente todo el conocimiento humano disponible en un objeto que llevamos en el bolsillo. Sabemos lo que ocurrió. Sabemos adónde puede conducir el fanatismo. Sabemos adónde puede conducir el nacionalismo transformado en odio. Sabemos adónde puede conducir la intolerancia religiosa. Sabemos adónde puede conducir la deshumanización del adversario. Sabemos. Y quizá sea precisamente eso lo que haga que nuestro tiempo sea tan difícil de disculpar. Porque el gran problema de la humanidad ya no es únicamente aquello que desconoce. Es aquello que conoce y, aun así, repite. Veinticinco años después, no vale la pena preguntar únicamente dónde estábamos cuando las torres cayeron. Millones de personas que hoy viven, trabajan, votan y deciden el futuro del mundo ni siquiera habían nacido. La verdadera pregunta es otra. Dónde estamos nosotros, como humanidad, veinticinco años después? Somos más humanos? Reconocemos mejor la dignidad del otro? Nos hemos vuelto más resistentes a quienes nos ofrecen miedo para conquistar poder? Hemos aprendido a desconfiar de quien necesita transformar pueblos enteros en enemigos? Hemos comprendido finalmente que la violencia no comienza cuando alguien dispara un arma, lanza una bomba o conduce un avión contra un edificio, sino mucho antes, cuando alguien convence a otros de que determinadas vidas pueden valer menos? Si no hemos aprendido eso, entonces recordar no basta. Podemos volver a iluminar el cielo de Manhattan con dos columnas de luz. Podemos volver a leer los nombres de los muertos. Podemos colocar flores y guardar minutos de silencio. Debemos hacerlo. Pero ningún memorial devuelve una sola vida. El único homenaje verdaderamente a la altura de los muertos es impedir que los vivos sigan fabricando muertos por las mismas viejas razones. Odio. Fanatismo. Poder. Venganza. Indiferencia. Desprecio por la dignidad humana. Quizá por eso “Nunca olvidar” no debería ser una frase dirigida al pasado. Debería ser una responsabilidad ante el presente. Las Torres Gemelas cayeron hace veinticinco años. El mundo cambió aquel día. Cambiaron nuestras ciudades, nuestros aeropuertos, nuestras leyes e incluso algunos de nuestros miedos. Pero quizá todavía esté por demostrar que cambió verdaderamente el hombre. Y esa es la pregunta incómoda que permanece bajo los escombros: de cuánto horror necesitará todavía la humanidad para comprender que ninguna vida humana es prescindible? El verdadero memorial a las víctimas del 11 de Septiembre nunca podrá construirse únicamente en piedra, acero o luz. Tendrá que construirse en nosotros. Y, veinticinco años después, sigue terriblemente inacabado.