Hego Euskal Herria: ¿escaparate o realidad?

Periodista y escritor

Hay una nueva manera de extraer riqueza de un territorio. Ya no hace falta abrir una mina. Ni perforar una montaña. Ni levantar una chimenea. Ni llevarse toneladas de hierro, carbón o madera. Ahora basta con poner una cámara, un dron, una productora, una campaña turística y, si es posible, una multinacional que convierta nuestro paisaje en una imagen reconocible en medio mundo. Bienvenidos al nuevo extractivismo.

Euskal Herria, nuestro país, tiene todas las condiciones para convertirse en una extraordinaria mina. Tenemos montañas, bosques, acantilados, flysch, cuevas, playas, valles, caseríos, pueblos pequeños, niebla, lluvia, mar… Y toda esta mezcla de verde, piedra y océano que parece haber sido diseñada por alguien que sabía exactamente qué necesita una productora cinematográfica para encontrar un escenario. Nos falta, eso sí, una cosa. Un cartel que diga: Plató de Euskal Herria. Aunque quizá ni siquiera lo necesitemos. Ya estamos haciendo méritos.

Disney, ya lo contamos aquí hace unas pocas semanas, ha rodado en Urbasa y después ha trasladado su producción a  Zeanuri. La superproducción, que cuenta la historia de Rapunzel, estará en cines en 2028, y se filma en el humedal de Saldropo y en el hayedo de Otzarreta. En este pequeño municipio,“Enredados” (así se llamará la película) está movilizando a cientos de personas, con trailers, caravanas y carpas que forman una especie de pueblo paralelo al pueblo real. En Urbasa, el asunto adquirió una dimensión todavía más reveladora. Un espacio natural protegido incluido en la  Red Natura 2000. Un hayedo centenario. Y allí dentro, para que una película pueda contar su cuento, maquinaria pesada, una grúa de 40 toneladas, manipuladores telescópicos, estructuras metálicas ancladas a los árboles, cables entre hayas, caballos al galope, drones y efectos especiales. Todo ello autorizado por el Gobierno de Navarra con el argumento de que el rodaje promociona los espacios naturales de Navarra. Y, en Zeanuri, se supone que el Gobierno de Pradales habrá autorizado algo similar.

Hay frases que deberían pasar a la historia administrativa de un país. Esta podría ser una de ellas: “Disney nos promociona el bosque vasco”. Después de millones de años, después de formar parte de la memoria de los que viven junto a él, ahora, por lo visto, el bosque necesita que lo promocionen. Y resulta que necesitaba una película. Y nosotros pensábamos que protegíamos el paisaje. No. Lo estábamos promocionando. Es importante entender la diferencia. Porque aquí empieza el problema. El paisaje ya no se contempla. Se consume.

Primero llega la película. Después Instagram. Luego la ruta. Tras todo eso llega el autobús o, mejor dicho, los autobuses, el restaurante, la tienda de recuerdos… y toda la infraestructura  para recibir a todos los que quieren hacerse la misma fotografía que vieron en la película. Y, finalmente, llega alguien a decirnos que todo esto es “turismo inteligente” o “turismo sostenible”, como expresa el programa turístico del Gobierno de Gasteiz. Qué palabra tan extraordinaria: sostenible. Sirve para casi todo: para atraer, promocionar, construir, organizar, llenar… Y, si hace falta, sirve incluso para explicar por qué estamos masificando aquello que queríamos proteger.

Mientras tanto, Zumaia lleva años convirtiendo su extraordinario flysch en escenario. “Juego de tronos”, “ocho apellidos vascos”, fotografías, rutas, “escapadas”, “lugares que tienes que conocer”, “escenarios de película”, “una ruta por los lugares de Juego de Tronos”… El flysch, esa formidable escritura geológica que la Tierra tardó millones de años en redactar, tiene ahora también otra utilidad: entretener a miles de turistas sacando fotos a diestro y siniestro.

En principio, no hay nada malo en que alguien descubra Zumaia o San Juan de Gaztelugatxe, convertidos ya en postales mundiales de la masificación turística. Tampoco hay nada malo en principio en que una película se ruede allí. No hay nada malo en que una persona quiera conocer un paisaje. El problema aparece cuando descubrir se convierte en consumir y consumir se convierte en política territorial. Porque entonces el paisaje deja de ser un lugar y se convierte en un producto, que necesita clientes, cuantos más mejor. Ese es el mecanismo del extractivismo. Solo que ahora no nos llevamos el paisaje. Nos llevamos su imagen. Y dejamos aquí la presión, la masificación, los residuos, el tráfico, aparcamientos, infraestructuras, vigilancia, limpieza, viviendas turísticas, la transformación del comercio, el encarecimiento de determinados espacios… y una población local que empieza a descubrir que vivir en un lugar bonito puede convertirse en un gran inconveniente.

Las propias instituciones ya comienzan a reconocer (de forma mínima y demasiado tarde)  parte de esta tensión. El Gobierno Vasco está elaborando un Plan Territorial Sectorial de Recursos Turísticos porque admite que el turismo tiene un impacto sobre el mercado residencial y el medio físico, y plantea compatibilizarlo, dice, con el derecho a una vivienda digna, la cohesión social y la calidad de vida. Imposible, pero lo intentan vender para que traguemos o miremos para otra parte.

La Autoridad Vasca de la Competencia reconoce también que las viviendas turísticas han generado tensiones en el mercado residencial y en la configuración urbanística, especialmente en Bilbao, Donostia y numerosos municipios costeros. Es decir: el problema no nos lo estamos inventando quienes cuestionamos el modelo. Lo está reconociendo la propia Administración. Pero hay algo todavía más interesante y, a la vez, muy preocupante. Las cifras turísticas son excelentes. Precisamente por eso deberíamos preocuparnos. Nafarroa superó en 2024 los dos millones de viajeros alojados y el consumo turístico alcanzó 1.642 millones de euros; las industrias turísticas dicen que generaron 31.909 puestos de trabajo. Son cifras importantes. Y sería absurdo negarlas. Pero también sería absurdo pensar que porque una actividad mueve dinero, automáticamente beneficia en la misma proporción al territorio que la soporta. El dinero no siempre cuenta toda la historia. Una cifra de gasto turístico no dice cuánto cuesta conservar el lugar que atrae al turista. No dice cuánto cuesta ampliar carreteras o limpiar, o gestionar residuos. Tampoco dice cuánto cuesta proteger ecosistemas sometidos a una presión creciente. Ni el número de viviendas que dejan de estar disponibles para quienes viven allí, ni qué salarios reciben quienes trabajan en hostelería, cuánta precariedad se esconde detrás de la palabra “empleo”, quién se queda con los beneficios y quién se queda con los costes. Y, sobre todo, no dice una cosa fundamental: qué clase de territorio estamos construyendo.

Porque podemos convertirnos en un territorio muy rentable y, al mismo tiempo, menos habitable. Podemos aumentar el PIB y disminuir la calidad de vida. Recibir más visitantes y tener menos vivienda. Generar más empleo, que sea precario y empeorar las condiciones laborales. Atraer más dinero y perder más paisaje. No son contradicciones. Son precisamente las preguntas que deberíamos hacernos. Y hay otra que todavía nadie parece querer formular demasiado alto: ¿Para qué demontre queremos que venga tanta gente? Porque llevamos años escuchando que tenemos que atraer inversión, talento, empresas, visitantes, producciones, eventos, capital, turistas… pero tu, ciudadano-a de este pequeño país, ¿estás de acuerdo con esta rueda infernal que no conduce a ninguna parte?

Parece que el territorio ha adquirido una enfermedad muy particular: la necesidad permanente de gustar a alguien que está fuera. Y mientras miramos hacia fuera, ¿quién mira hacia dentro, el precio de la vivienda, por ejemplo? ¿A los pueblos que pierden población? ¿Al empleo precario, los servicios públicos o los ecosistemas que soportan cada vez más presión? ¿Quién mira el territorio cuando no está sirviendo de escaparate? Quizá el problema no sea solo que vengan millones de turistas sino que estamos empezando a mirar nuestro país con los ojos de un turista. Y eso es mucho más peligroso. Porque un turista busca una experiencia. Y quienes viven aquí necesitan una vida. Y eso son cosas diferentes. El turista quiere encontrar un pueblo pintoresco, pero el vecino quiere que haya escuela. El turista quiere un sendero limpio, pero el vecino quiere que haya médico. El turista quiere una playa espectacular y el vecino quiere poder vivir cerca de ella. El turista quiere una fotografía inolvidable. Pero el vecino quiere poder pagar el alquiler. El turista quiere una experiencia auténtica y el vecino quiere seguir teniendo una vida normal, la que tenía antes. ¿Se entiende, no?

Y aquí aparece la gran paradoja. Cuanto más vendemos nuestra autenticidad, más posibilidades tenemos de destruirla. Vendemos el pueblo porque es auténtico. Llegan visitantes. Abrimos alojamientos. Suben los precios. Desaparecen vecinos. El pueblo pierde vida. Entonces hacemos una campaña para recuperar la «autenticidad». Y volvemos a empezar. Eso no es turismo sostenible. Es una rueda. Y nosotros estamos dentro. Por eso convendría mirar de frente lo que está ocurriendo en Urbasa, Zumaia, Zarautz, Hondarribi, Gaztelugatxe, Lekeitio… por no hablar de Ipar Euskal Herria. No son anécdotas sueltas. Son fotogramas de una misma película.

En Saldropo (Zeanuri), el territorio se convierte en escenario. En Urbasa, el espacio protegido se adapta al rodaje. En Zumaia o en Gaztelugatxe, el paisaje convertido en escenario se transforma después en producto turístico. Escenario. Promoción. Consumo. Ese es el ciclo. Y ese ciclo puede extenderse a cualquier rincón hermoso sea bosque, cueva, playa, valle, o cualquiera de nuestros pueblos que todavía conserve algo bello que los demás ya han perdido. Hasta que un día descubramos que hemos conseguido algo extraordinario: haber destruido la singularidad de los lugares intentando vender su singularidad.

Así que no necesitamos que Disney nos descubra o que Netflix nos convierta en tendencia. Que una serie decida qué paisaje merece ser visitado. No necesitamos que una multinacional nos escriba el guion. Porque Hegoalde, Euskal Herria entera no necesita espectadores. Necesita ciudadanía. No necesitamos figurantes. Necesitamos actores y actrices, nosotros mismos. No un territorio de rodajes sino un territorio de acción. Un territorio capaz de escribir su propio guion que no tenga como protagonista el número de visitantes sino la vida de quienes vivimos aquí. Que no mida el éxito por las fotografías compartidas sino por la calidad de vida. Que no considere el paisaje un decorado sino un patrimonio vivo. Que no convierta cada rincón hermoso en una oportunidad de negocio y que se pregunte primero a sus habitantes si ese rincón necesita realmente ser explotado. Y esto debería llevar a preguntarnos qué tipo de gobernantes tenemos: ¿figurantes también?.

Porque quizá haya llegado el momento de decir algo que parece revolucionario y, sin embargo, debería ser de sentido común: no todo lo que puede venderse tiene que venderse. No todo paisaje necesita promoción. No todo bosque necesita visitantes. No todo pueblo necesita turistas. No todo escenario necesita una película. No toda belleza necesita convertirse en mercancía. Y quizá nuestra verdadera riqueza consista precisamente en conservar algunos lugares al margen de esa lógica. Sin cámaras, drones, rutas, influencers, autobuses ni necesidad de que nadie venga a decirnos que son maravillosos. Porque ya lo sabemos. Vivimos aquí. Y eso debería bastarnos. No queremos ser una postal. Un decorado ni la localización localización perfecta para el próximo éxito internacional. Queremos ser realidad. Imperfecta, compleja, contradictoria, con problemas y conflictos. Que no necesita ser edulcorada para ser atractiva. Que pueda decidir qué quiere conservar, qué  transformar y qué dejar en paz. Porque un país no se construye mirando cómo lo miran los demás. Se construye decidiendo cómo quiere vivir. Y quizá esa sea la pregunta que deberíamos hacernos antes de poner otra cámara sobre nuestros bosques, nuestras costas o nuestros valles: ¿Somos escaparate o realidad? Si somos escaparate, sigamos rodando. Si somos realidad, quizá tengamos que empezar a escribir otro guion. ¡No hagas de figurante! ¡Se protagonista de tu propia película!

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