Abogado y periodista
Presidente de la Asociación Nacional Unión del Pueblo Romaní
Confieso que desde que el avión del Papa aterrizó en Madrid no me he apartado de la pantalla del televisor. Su imagen siempre me suscitó interés y el hecho de tener antecesores españoles (su abuela paterna, gallega, se llamaba Martínez) y que desde el primer momento se mostró contrario al presidente de los Estados Unidos, aumentó mi curiosidad por conocer su mensaje. Dicho lo cual quiero manifestar que no me ha decepcionado su discurso, aunque algunas afirmaciones de su intervención no las comparta plenamente.
Permítanme, pues, que fije mi atención en algunos pasajes de su intervención en el Congreso de los Diputados que me han afectado directamente no solo por mi condición de parlamentario –lo he sido durante 24 años—sino por su contenido en defensa de los más humildes y marginados de la sociedad.
El Papa ha aprovechado el “santa santorum” del lugar donde se hacen las leyes para dirigirse también, y sobre todo, a las autoridades locales que ejercen el poder directo sobre los ciudadanos y a todos les ha pedido “una renovación moral porque toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír”. Lo que me ha hecho pensar en personas gitanas o no gitanas “que son discriminadas por su origen y en ellas se vulnera el principio de la igual dignidad de todos los seres humanos”. Y añadió “Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral”,
A veces da vergüenza ver y oír los debates parlamentarios
Me sucede con frecuencia, y estoy seguro de que a algunos de mis lectores también, que muchas personas que me saludan me dicen con desconsuelo:
—- ¡Que diferencia entre entre los parlamentarios de hoy y los que pusisteis las bases del debate parlamentario en los primeros años de la democracia!
Yo me avergüenzo de los parlamentarios que han convertido las Cámaras en Patios e Monipodio donde los insultos de unos a otros recuerdan más a los personajes de la novela de Miguel de Cevantes “Rinconete y Mercadillo”, situada en la Sevilla del siglo XVI, que a una Asamblea de líderes cultos y educados que necesitan confrontar sus ideas
El Papa ha sido muy claro cuando ha reprochado “la descalificación permanente del adversario”, precisamente en un lugar donde “quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para ‘desarmar el lenguaje’. La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación”.
Mientras oía a Su Santidad no pude evitar mi deseo de que en algún momento se ocupara de quienes en algún momento de nuestras vidas hemos sufrido las consecuencias de la pobreza y el racismo. Y ese momento llegó cuando dijo: “allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos”.
El recuerdo de Pablo VI, gran pontífice defensor del Pueblo Gitano
Fue el 26 de septiembre de 1965 cuando aquel gran Papa hizo realidad el deseo de Juan XXIII de recibir en Roma a un numeroso grupo de gitanos y gitanas de todo el mundo, Alrededor de 3.000, y a mí me cupo el honor de encabezar la delegación española formada por un numeroso grupo de más de 100 gitanos y gitanas procedentes de toda España y entregarle personalmente al Papa una estatuilla de la Virgen del Pilar. A la sazón yo tenía 23 años y era la primera vez que salía de mi Andalucía natal.
En aquella memorable ocasión Pablo VI nos dijo «Vosotros en la Iglesia no estáis al margen, sino que, en algunos aspectos, estáis en el centro, vosotros estáis en el corazón. Vosotros estáis en el corazón de la Iglesia». A mí me ha parecido oir el mismo mensaje cuando León XIV ha dicho en el Congreso de los Diputados: “La grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad”.
La Ley Gitana reflejada en las palabras del Papa
Catorce millones de gitanos y gitanas tenemos conciencia de poseer unos valores humanos y culturales que merecen ser conservados y que nos gustaría compartir con el resto de la sociedad. León XIV lo ha dicho con palabras que ni nosotros habríamos podido decir mejor. El Papa ha abogado por “hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar”.
Nosotros creemos que nuestra aportación humana y cultural a la sociedad mayoritaria de los “payos” donde nos ha tocado vivir puede contribuir para que esa sociedad sea mejor, más bonita y más alegre porque “Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse”,
La familia, principal baluarte de Pueblo Gitano.
“La familia es la realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que, en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer”.
¡Viva el Papa!