Ya lo decía mi abuela, para hacer un buen estofado hace falta paciencia, buen producto y no quemar el sofrito. Pero claro, en la alta política patria prefieren la comida rápida, el titular de usar y tirar y, sobre todo, estirar los temas como si fueran chicle de 1980. Con el asunto de Ceuta pasa exactamente eso. Que si hay que arreglarlo urgentemente, que si el Gobierno se toma su tiempo, como el que va a por tabaco sin prisa, y al final todo se resume en lo de siempre: buscar un buen ariete para gritar que viene el lobo y que Pedro Sánchez es el traidor oficial del reino.
Pero claro, ¿qué pasa cuando a los supuestos salvadores se les agota el discurso? Pues que montan el circo. Menudo nivel de comedia involuntaria nos regalaron en el Congreso con el esperpento de la diputada del gas pimienta, ni en las películas de serie B más zafias cabría una escena tan esperpéntica. El tiro debió de salirle por la culata al mismísimo cazador de migrantes, de Vox, Sr. Figaredo, porque el ridículo espantoso a nivel nacional e internacional fue, dicho en galego de Ourense y con denominación de origen, de carallo.
Y cuando ya no saben cómo desviar la atención de sus propios sainetes, se van al Senado.
¡Ay, el Senado! Ese noble cementerio de elefantes reconvertido en plató de televisión low cost. Ya no se va a debatir con altura de miras, no señor. Se va a preparar el número de magia. El guion es sencillo pero infalible. Te buscas un minuto de espiche tabernario, pones cara de circunstancias, entre la indignación patriótica y el estreñimiento crónico, sueltas la frase lapidaria mirando fijamente al objetivo y… ¡zas! Corta, pega y a las redes sociales.
Y es ahí donde empieza el verdadero milagro de la multiplicación de los panes y los peces, pero versión digital. En cuestión de quince minutos, gracias a la generosa y desinteresada labor de las queridas granjas de bots, te aparecen más de cien mil «ciudadanos anónimos», la mayoría con nombres rusos rarísimos o avatares de gatitos pensativos, dando me gusta, retuiteando y aplaudiendo con las orejas el gran discurso del líder de turno.
Hombre, por favor. Ese truco ya no cuela ni en una aldea sin cobertura. Hoy en día, hasta el paisano más profano que solo enciende la radio para escuchar el parte meteorológico ya sabe de qué va la copla. Sabe perfectamente que detrás de ese «furor popular» instantáneo no hay un fervor ciudadano desatado, sino un algoritmo pagado con fondos de partido y un puñado de servidores soltando tráfico artificial como si no hubiera un mañana.
Un minuto escaso de espiche, una ración de impostura bien medida, un par de clics en la centralita de la granja de bots… y hala, a vender la moto de que media España está conmovida y arrodillada ante la genialidad parlamentaria.
Pero amigos, las pilas Duracell de la propaganda también se agotan, y el chicle de tanto mascarlo ya solo sabe a cartón piedra. Menos spray de pacotilla, menos plató sénior y un poquito más de respeto a la inteligencia del personal, que por mucho que nos intenten colar gato por liebre, el humo y el ridículo, tarde o temprano, siempre acaban disipándose.