@jsuarez02111977
Hay dos tipos de mierda en este mundo: la que se limpia y la que se tapa. La del baño del Playa Club pertenece al primer tipo. La otra, la que se esconde bajo la moqueta de la falsa inclusión, la que se camufla en discursos de igualdad y empatía impostada, es la más asquerosa de todas.
El domingo, fui a ese baño. Yo. Ciego . Ciego, pero no idiota. Aunque algunos parece que piensan que sí, porque la única manera de justificar el estado de aquel baño es asumir que la gente que lo usó antes no tiene ni dos neuronas funcionales.
Los ciegos tenemos que tocar. No es una opción, no es un capricho, no es una costumbre que se pueda modificar según el contexto. Es una necesidad. Yo entro, tanteo, palpo, busco el marco de la puerta, el pasador, la tapa del inodoro, la cadena, el papel, el dispensador de jabón… Y lo que encontré en vez de un baño fue una trampa mortal de mierda y orina. Toca la puerta. Pegajosa.
Toca la pared. Pegajosa.
Toca el asiento. No. Ahí ya no llegué. Porque en cuanto me llegó el olor, en cuanto noté la textura en la yema de los dedos, en cuanto supe, con certeza, que lo que estaba tocando no era polvo, ni humedad, ni suciedad genérica, sino algo que había salido del culo de algún cerdo, la realidad se hizo presente con toda su crudeza. ¿Cómo cojones uso este baño ahora? Porque esto no es solo asco. No es un “puaj, qué guarrada” de quien puede dar media vuelta y buscar otro baño. No. Esto es una situación de emergencia para alguien con discapacidad visual. Si ya has tocado mierda y no lo sabes, ¿qué más has tocado? ¿Dónde más has apoyado las manos? ¿Está en la ropa? ¿En la cara? ¿En el móvil, que luego irá al bolsillo y luego a la oreja?
Y ahora dime, ¿cómo se resuelve esto?
Porque en un baño normal hay opciones. Miras, decides si te arriesgas, si te colocas de puntillas, si usas papel, si sales corriendo. Yo no tengo esa opción. Yo tengo que tantear el entorno y esperar lo mejor. Y en este caso, lo mejor no existía.
Y ojo, que no soy especial. Esto no es un drama individual ni un suceso aislado. Esto nos pasa a todos los que necesitamos estos baños. Una persona en silla de ruedas tiene que hacer una transferencia al inodoro y tocar sí o sí la superficie. Y si está manchada, ya se jodió todo. Porque la mierda pasa de las manos a la silla, y de la silla a las ruedas, y de las ruedas a la ropa, y de la ropa a todo lo demás. Y como encima no sea su propia casa, suerte con limpiarlo todo sin ayuda.
Una persona con movilidad reducida no tiene la flexibilidad de un contorsionista. Si hay un charco de orina, no lo puede esquivar como si fuese una película de espías. Tiene que apoyarse en las paredes, en la barra, en cualquier parte. Y si esas partes están manchadas, pues ya está, premio. Una persona con TEA entra en un baño así y el desastre es inmediato. El impacto sensorial, el olor, la suciedad, el caos. Una crisis que podía haberse evitado con un mínimo de respeto.
Una persona con TOC simplemente no entra. O entra y sale rota. Y no, no es exagerado. A ver si dejamos de tratar los problemas de salud mental como excentricidades.
Y ahora el punto final: ¿por qué cojones pasa esto? Porque el baño adaptado es público. Y como es más amplio, más cómodo y, en la mente de algunos, más “vip”, se usa como si fuera el baño premium de la discoteca. Se mea en todas partes. Se caga sin mirar. Se deja todo perdido porque no es el baño de casa y el que venga detrás que se joda.
El baño adaptado no es un capricho. Es una necesidad. Como la plaza reservada de aparcamiento, como el ascensor en un edificio sin rampas, como el perro guía que a algunos les molesta en el restaurante. Tú no necesitas este baño. Pero si mañana la vida decide que lo necesites, lo agradecerás limpio y libre. De lo contrario, ya verás qué risa cuando te toque hacer equilibrio en un charco de orina o, como me pasó a mí, tocar lo que no deberías haber tocado.
Y ahí, querido amigo, ya no habrá marcha atrás.