Alberto Núñez Feijóo ha pisado el acelerador en este arranque de precampaña alzando la voz con un solemne compromiso: poner fin a todo lo que perjudica a los españoles. Metido de lleno en su papel de aspirante a la Moncloa, abrió de par en par la caja de Pandora y de ella brotaron, teóricamente, todas las soluciones milagrosas que España supuestamente necesita. Eso sí, pronunciado el gran titular y lanzada la promesa al viento, después… ni mu, silencio absoluto en el detalle. Pero así son las campañas electorales, donde los candidatos actúan como generales arengando a las tropas antes de marchar al combate dialéctico.
Y, como era de esperar, en el repertorio no podía faltar la inagotable retahíla de piropos y descalificaciones hacia Pedro Sánchez: delincuencia, decadencia, secuestro de la Justicia, y un larguísimo etcétera. Son los decibelios y los calificativos que, con total seguridad, no pararemos de escuchar machaconamente en los cincuenta días que todavía faltan para llegar a la cita electoral.
La música de fondo ya suena a pleno rendimiento: apocalipsis institucional por aquí, deslegitimación por allá y una sobredosis de adjetivos gruesos diseñada para que el ruido tape cualquier atisbo de debate sosegado. ¡Que comuniquen los altavoces, que la campaña ya está en marcha!
Para la puesta en escena de este pistoletazo de salida, Feijóo no estuvo solo. Arropado por una auténtica cumbre de pesos pesados del partido —con Isabel Díaz Ayuso, José Luis Martínez-Almeida, José María Aznar y Mariano Rajoy en el estrado, además de una nutrida representación de presidentes autonómicos—, sacó de la chistera el catálogo definitivo de soluciones para España y los españoles. Un despliegue de artillería pesada y aroma a vieja guardia para demostrar músculo territorial y orgánico, donde los grandes carteles y las recetas mágicas vuelven a eclipsar la letra pequeña de la política.