Un partido que quiere volver a contar en Galicia no puede esperar sentado a que lleguen las elecciones autonómicas. Las marcas políticas no se recuperan por nostalgia, ni los espacios electorales se reservan hasta que alguien decide ocuparlos.
Hay una forma particularmente gallega de perder una oportunidad: esperar a que llegue el momento perfecto para aprovecharla. Mientras tanto, el calendario avanza, los adversarios ocupan el espacio disponible y, cuando por fin alguien decide que ha llegado la hora, descubre que el tren ya ha pasado. Entonces siempre queda el consuelo de elaborar un diagnóstico, convocar una reunión y anunciar que se trabajará para el futuro. El futuro, en política, es ese lugar extraordinario donde caben todos los proyectos que no se han puesto en marcha en el presente.
Las elecciones generales del 29 de noviembre ofrecen una buena ocasión para reflexionar sobre esta cuestión y, particularmente, sobre el papel que debería desempeñar Coalición Galega en la reconstrucción de un espacio político propio en Galicia.
Porque la pregunta no es únicamente cuántos votos puede conseguir una formación como esta en unas elecciones generales. La pregunta verdaderamente importante es qué puede construir aprovechando esa cita electoral.
Y ahí es donde entra en juego la visión estratégica.
Coalición Galega no es una marca recién inventada en un despacho ni una aventura política sin antecedentes. Su historia forma parte de la evolución del galeguismo moderado y del autonomismo gallego. En las elecciones autonómicas de 1985 llegó a obtener once diputados y alrededor del 13 % de los votos, convirtiéndose en una fuerza relevante en el Parlamento gallego. Después llegaron las divisiones, la pérdida de espacio y el progresivo debilitamiento de una opción que había demostrado que existía un electorado para una propuesta galeguista alejada de los extremos. Fuente: Enciclopedia Galega Universal.
Aquella historia debería servir para algo más que alimentar conversaciones nostálgicas entre quienes recuerdan tiempos mejores. Debería ser un punto de partida para preguntarse si todavía existe un espacio para una alternativa de centro, moderada, autonomista y genuinamente galeguista, capaz de defender los intereses de Galicia sin limitarse a reproducir las estrategias de los grandes partidos estatales.
Ese espacio no se recupera invocando el pasado. Se conquista con organización, propuestas, presencia pública y una estrategia sostenida en el tiempo.
Y, precisamente por eso, las generales del 29N deberían contemplarse desde una perspectiva que vaya más allá del resultado inmediato.
Es comprensible que alguien examine las posibilidades de obtener representación en el Congreso o en el Senado y concluya que los recursos disponibles aconsejan prudencia. Los partidos pequeños no disponen de presupuestos ilimitados, estructuras territoriales comparables a las de las grandes organizaciones ni acceso permanente a los principales medios de comunicación. Sería absurdo ignorar esas dificultades.
Pero una cosa es reconocer las limitaciones y otra convertirlas en una excusa para no construir nada.
Si Coalición Galega renuncia a aprovechar esta cita electoral para darse a conocer, presentar sus ideas y recuperar presencia pública, la cuestión no será únicamente cuántos votos deja de obtener el 29 de noviembre. La cuestión será cuántas oportunidades pierde para empezar a ser reconocida por los ciudadanos antes de las próximas elecciones autonómicas.
Porque las marcas políticas no se improvisan cuando se convoca una campaña. Se construyen antes, durante y después de cada proceso electoral. Se construyen cuando se explica una propuesta, cuando se identifica un problema que otros ignoran, cuando se organiza una agrupación local y cuando el ciudadano empieza a asociar unas siglas con una forma concreta de entender Galicia.
Esperar a las autonómicas para comenzar ese trabajo sería como pretender abrir un comercio el día de la inauguración y confiar en que los clientes lleven años esperando delante de la puerta.
En política, la visibilidad también es un activo. Y quien no trabaja para conseguirla suele descubrir que otros han ocupado el espacio que consideraba disponible.
El 29N, además, presenta una ventaja evidente: obliga a hablar de cuestiones que afectan directamente a Galicia dentro de un debate de ámbito estatal. Financiación autonómica, infraestructuras, comunicaciones, servicios públicos, política industrial, despoblación y capacidad de decisión territorial son asuntos que permiten defender una posición galeguista con contenido, sin necesidad de convertir cada intervención en una disputa identitaria.
Coalición Galega podría utilizar esa plataforma para explicar qué significa hoy un galeguismo moderado. No como una etiqueta histórica, sino como una propuesta política concreta: defender los intereses gallegos, exigir resultados a las administraciones, reclamar una financiación adecuada y evitar que Galicia sea tratada como una pieza secundaria en las estrategias diseñadas desde Madrid.
No se trata de presentarse por presentarse, ni de confundir actividad con estrategia. Una candidatura sin mensaje, sin organización y sin capacidad para conectar con los ciudadanos puede terminar siendo poco más que una papeleta testimonial. La presencia electoral solo tiene sentido cuando forma parte de un proyecto más amplio.
Pero esa es precisamente la cuestión: construir el proyecto.
Si no se dispone de una estructura suficiente, habrá que desarrollarla. Si la marca es desconocida, habrá que darle visibilidad. Si faltan propuestas, habrá que elaborarlas. Si no existe implantación territorial, habrá que comenzar por los municipios donde haya personas dispuestas a trabajar. Ninguna de estas tareas se resuelve por arte de magia cuando se aproxima una convocatoria autonómica.
Y aquí conviene formular una pregunta incómoda: ¿se quiere recuperar Coalición Galega como una fuerza política con vocación de futuro o se pretende conservarla como unas siglas disponibles para cuando aparezca una oportunidad que parezca suficientemente cómoda?
Son dos estrategias muy distintas. La primera exige trabajo, paciencia, decisiones y capacidad para asumir riesgos calculados. La segunda permite seguir hablando de reconstrucción sin afrontar las dificultades de construir.
La ironía es que los partidos suelen lamentar la falta de espacio político justo después de haber dejado pasar ocasiones para ocuparlo. Se quejan de que los ciudadanos no los conocen, pero no desarrollan una presencia constante. Denuncian que los grandes partidos monopolizan el debate, pero renuncian a utilizar las oportunidades disponibles para introducir una voz diferente. Y después se preguntan por qué nadie los tiene en cuenta.
La política no concede derechos de reserva sobre los espacios electorales. Si una formación no los ocupa, otras lo harán. Y cuando los ciudadanos se acostumbran a identificar determinadas ideas con determinadas siglas, recuperar esa asociación resulta mucho más difícil que haber empezado a construirla a tiempo.
Las elecciones autonómicas llegarán cuando corresponda. Pero el trabajo para prepararlas no debería comenzar cuando se acerque la fecha de votar. Debería estar desarrollándose ya, con una hoja de ruta que combine presencia institucional cuando sea posible, actividad municipal, comunicación, propuestas y una organización capaz de mantenerse activa entre convocatorias.
El 29N podría haber sido una pieza de esa estrategia: una oportunidad para presentar una alternativa, medir su capacidad de movilización, identificar apoyos y comenzar a construir reconocimiento público. No necesariamente una apuesta por conseguir un escaño inmediato, sino una inversión política en el siguiente ciclo electoral.
Porque a veces la decisión más importante no es cuántos votos se pueden conseguir en una elección, sino qué se está construyendo para las siguientes.
Coalición Galega tiene historia, una identidad política recuperable y un espacio que merece ser examinado con seriedad. Pero ninguna de esas ventajas garantiza el futuro. La historia no vota, las siglas no hacen campaña por sí solas y la nostalgia no sustituye a una estrategia.
Las elecciones del 29N durarán un día. La oportunidad de empezar a reconstruir un proyecto galeguista puede ser mucho más larga.
Y si alguien cree que una marca política puede permanecer en silencio durante años y recuperar de repente su relevancia cuando llegue la convocatoria adecuada, quizá debería recordar una vieja regla de la política: mientras unos esperan el momento perfecto, otros trabajan para que el momento les pertenezca.
El futuro autonómico de Coalición Galega no se decidirá únicamente en las urnas de las próximas elecciones gallegas. También dependerá de lo que haga —o deje de hacer— desde ahora.
Porque en política, como en casi todo, no basta con tener una historia que contar. Hay que empezar a escribir la siguiente.