El presidente del gobierno en funciones pugna estos días con la gran Pinito del Oro para su proclamación definitiva como mejor trapecista of the history del suelo o del cielo patrio.
Impar funambulista, maestro de la pirueta, as del requiebro aéreo, Sánchez, como Pinito, revolotea por los aires sin red alguna que pueda amortiguar el potencial piñazo que la lógica y que la gravedad siempre pronostican.
Recordemos para los jóvenes. Pinito del Oro, mítica artista circense de mediados del siglo XX, sufrió tres graves caídas.
No obstante, ni las fracturas de cráneo ni de muñecas, ni las conmociones cerebrales, ni las operaciones, ni los numerosos días en coma en el hospital la hicieron abandonar su compromiso de asombrar al público desde las alturas. Siempre volvía con un espectáculo más arriesgado.
Al habitual usuario de los Falcon le pasa lo mismo. No lo puede evitar. Magullado por los resultados de los comicios locales y autonómicos de mayo, convoca elecciones generales en julio. Las pierde, pero inasequible al desaliento, persiste.
Se plantea entonces un complicadísimo triple mortal. Gobernar con el multipartito Sumar y apoyarse en fuerzas separatistas de centro derecha, otras de raíz marxista, republicanos de múltiple pelaje y huidos varios de la Justicia… y va, y lo logra, en principio. De momento, elude el trompazo.
En estas jornadas asumirá el afrontar o no el cuádruple salto hacia atrás agravado tras la inesperada imputación por terrorismo de otro excelso artista de la pista, PUIGDEMONT.
Deberá cerder o no ante el de Waterloo. Puede exonerarle de todo a él y a su tropa y de paso condonarle hasta la factura del dentista y tragar con el multichantaje permanente que le aguarda cuatro años más o, por contra, renunciar finalmente a intentar tanto jeribeque suicida antes de, tal vez, partirse la crisma.
El envite es puñetero de narices y la caída puede ser mortal, pero Pinito Sánchez tiene una cita con la historia.
Se trata de trocar España de nación a atracción circense permanente. Él puede conseguirlo. Atentos a la pantalla. Solo el futuro definirá si acaba entrando en los anales como leyenda eterna del trapecio o del tropiezo.