Ponte en su lugar, «no» en su piel

por Kepa Tamames

La explotación y matanza de animales para la obtención de su piel es cada vez más conocida por el gran público, gracias a las constantes campañas llevadas a cabo por las diferentes entidades proteccionistas, y está siendo en consecuencia cuestionada por una parte significativa de la sociedad, en especial el apartado que hace referencia a la llamada industria de la «peletería de lujo». A pesar de ello, no sería justo dar la espalda a otras realidades como el negocio del cuero o de la lana, ni desde luego las que explotan a animales hacia los que tenemos una escasa empatía, como es el caso de los reptiles. Pero, ¿cuál es la realidad de toda esta industria y cuáles sus consecuencias para millones de víctimas? Este artículo trata de ofrecer una visión aproximativa y descarnada de la trastienda de una industria infame, que en ocasiones se dota de una propaganda tan interesada como falsa para distorsionar la realidad y dulcificarla con vistas a tranquilizar las conciencias de los consumidores y obtener así los mayores beneficios posibles, sin tener en cuenta el padecimiento de zorros, visones, terneros, ovejas, cocodrilos, armiños y un sinfín de animales a los que se despoja de su abrigo natural para confeccionar prendas de las que podríamos prescindir si tan solo pusiéramos un poco de interés en colocarnos en su lugar, aplicando un elemental ejercicio de empatía. De ahí el título: Ponte en su lugar, NO en su piel.
La industria peletera, un negocio inmoral
Hubo un tiempo en el que resultaba imprescindible causar daño a los animales para obtener algunas cosas de ellos, entre otras su piel. Se trataba de un mero ejercicio de autodefensa. Pero son épocas ya muy lejanas, que nos retrotraen a escenas prehistóricas. Nuestro sentido de la ética debería habernos hecho entender que vestir la piel de otros pertenece a capítulos superados de nuestro devenir evolutivo. Sin embargo, el egoísmo propio de nuestra especie aflora de nuevo para hacer de la industria peletera un negocio que solo consigue satisfacer la vanidad de las personas que visten el producto final. La industria de las llamadas «pieles de lujo» está concebida para obtener la epidermis de los animales explotados, objeto de gran valor en el mercado de las vanidades.

Los animales que nutren la demanda provienen principalmente de dos fuentes: o bien del entorno natural, o bien de granjas específicamente diseñadas para su manejo y sacrificio. A pesar de que la propaganda peletera muestra especial interés en que la gente crea que ya no se capturan animales en libertad, lo cierto es que cada año varios millones de ellos caen en trampas de todo tipo, que por supuesto les provocan atroces sufrimientos. Hasta no hace muchas décadas, la piel proveniente de este tipo de capturas engrosaba una buena parte del mercado, con lo que, siguiendo una lógica mercantilista, nadie desea perder tan suculento negocio. Es por ello que siempre se encuentran las vías adecuadas para introducir en el circuito grandes partidas de pieles cuyos legítimos dueños vivían en libertad. La existencia de estos seres cambia para siempre en el momento en que tienen la fatalidad de pisar la trampa. El susto inicial apenas dura un segundo, para dar paso a un punzante dolor físico. La reacción natural es tratar de zafarse inmediatamente del endemoniado objeto (sea este un lazo de cuerda o un cepo metálico), que comienza a rasgar la piel y los músculos de la zona afectada. La infructuosa lucha dura por lo general horas, y el hecho de que los animales no consigan entender qué les sucede no hace sino añadir una cuota de sufrimiento psicológico. La respuesta de la víctima puede observar ciertas diferencias en función de la especie, pero, por lo general, llega un momento en que el desdichado animales se abandona a su suerte, entrando en lo que la ciencia denomina «síndrome de claudicación». Aunque el sufrimiento sea extremo, poco más puede hacer. O tal vez sí: comenzar a roer su propio miembro hasta seccionarlo, liberándose así de la trampa. Las heridas provocadas son tan severas que lo más probable es que derive en necrosis, con la consiguiente infección y posterior muerte. El proceso dura semanas, y en realidad convierte los últimos días del pobre animal en una lenta y dolorosa agonía. Aquellos que consiguen sobrevivir a semejante trauma ―los menos, obviamente― se convierten en discapacitados y quedan en clara inferioridad de condiciones respecto a sus competidores, con un futuro muy poco halagüeño. Y al que no consigue desembarazarse del cepo o lazo, lo mejor que le puede pasar es que el trampero aparezca cuanto antes y acabe con él. Lo malo es que esto puede suceder hasta varios días después del chasquido inicial. El objetivo último del operario es claro: no dañar la piel. En consecuencia, utilizará cualquier método para que el «material» quede intacto: apalear su cabeza o ponerse encima para ahogarlo puede no ser muy estético, pero funciona. El sufrimiento que se inflija al animal carece de importancia.

Y a toda esta locura deben añadirse ciertos «efectos colaterales», como la destrucción de familias (muchos animales se emparejan de por vida), o la muerte por inanición de los cachorros que puedan depender en esa época de los padres.

La «piel ecológica», una patraña propagandística
Bajo la etiqueta de «piel ecológica» (es la que se usa para denominar a la que procede de animales criados en cautividad) se esconde un cruel engaño a los consumidores, a quienes se transmite la idea de que mientras el producto no provenga de animales silvestres ―y en consecuencia no contribuya al desequilibrio del medio y a la desaparición de especies―, el comercio es moralmente legítimo. Pero si mucha gente conociera las condiciones de vida que tienen que soportar los inquilinos de las granjas de producción, tal vez se lo pensaría dos veces antes de adquirir una prenda de vestir o un complemento estético. La brutal realidad es que la piel «ecológica» deja tras de sí una cantidad de sufrimiento de largo superior a la que podríamos denominar «silvestre», por la sencilla razón de que los animales estabulados deben soportar durante toda su vida una explotación extrema.

Una fórmula eficaz para evaluar tal situación consiste en comparar su vida en libertad y la que se les ofrece en su eterno encierro. Así, mientras en su medio natural suelen recorrer grandes distancias, en las granjas su territorio se limita a una jaula infecta que tienen que compartir con otros presidiarios. El carácter solitario de algunas especies hace que dicha convivencia forzada suponga para ellos una tortura extra. Tras la malla metálica, las especies ligadas al medio acuático jamás tienen acceso a nada que se parezca a una charca o a un río, y sus miembros están condenados a temperaturas extremas tanto en verano como en invierno. Ni que decir tiene que en libertad este tipo de contratiempos son fácilmente solventados, guareciéndose en sus madrigueras o buscando zonas climáticas más benévolas. Nada de esto es posible en cautiverio. Por otro lado, hay que tener en cuenta que los animales silvestres son por lo general muy asustadizos, no teniendo en los barracones posibilidad alguna de huir de aquellos a los que consideran enemigos. Pensemos también en su morfología. Por ejemplo, las patas están adaptadas al medio en el que desarrollan su vida natural, pero en la jaula el suelo es de rejilla, para que las heces caigan directamente fuera de aquella, facilitando así la labor de los trabajadores. Es por ello que las patas acaban con llagas e infectadas. Pero la hora final fijada por la empresa suele llegar antes que la muerte por gangrena, con lo que no reciben ningún tipo de cuidado. El negocio es el negocio. Se trata además de animales carnívoros, que capturan a sus presas, mientras que en cautividad reciben una alimentación basada en papillas, lo que les provoca constantes diarreas y trastornos digestivos.

Mas lo que importa es el producto final, la piel, y para ello el último paso es el sacrificio. Este episodio, como no podría ser de otra forma, se convierte en una chapucera brutalidad. Los métodos usados deben minimizar siempre el daño a la piel, por lo que estos desdichados animales acaban sus vidas en una cámara de gas (entendámonos: una cutre instalación cerrada a la que en ocasiones se conecta el tubo de escape de un vehículo en marcha), electrocutados, o simplemente estrangulados. En una situación de violencia tan extrema, resulta comprensible que las víctimas intenten escapar o zafarse de sus torturadores, por lo que estos prefieren evitar ser mordidos manipulándolos sin ningún tipo de consideración ni cuidado. Desde la óptica del empresario, no tiene sentido ralentizar el proceso si ello conlleva pérdidas económicas. Todo vale en la industria de la peletería de lujo. Incluso la manipulación genética para obtener animales con mayor superficie de piel o patas más cortas, aunque sea a costa de que apenas puedan andar y sean casi ciegos.
Cualquiera de las circunstancias aquí relatadas constituiría por sí sola una importante contrariedad para sus víctimas, y haría que su bienestar se resintiera de forma severa. Pensemos por lo tanto en las consecuencias de todos estos hechos juntos. La conclusión no puede ser otra: sus vidas resultan una miserable experiencia. Y recordemos que la vida de cada cual es única e irrepetible; no hay una «segunda oportunidad».
Escamas, lana, marroquinería…
Cuando desde el discurso animalista se hace referencia a la industria de las pieles, por lo general se entiende que hablamos del negocio de las llamadas «pieles finas» (las denominé líneas atrás «de lujo»), es decir, aquellas cuya adquisición responde más a un consumo caprichoso que a una verdadera necesidad de primer orden, como puede ser el hecho en sí de proteger nuestros cuerpos con prendas de abrigo. Sin embargo, parece claro que la piel de los terneros y de las cabras, o la lana de las ovejas, tiene para ellos y ellas la misma función que para visones o armiños, por lo que resulta en principio plausible la postura de quienes rehúsan utilizar todo tipo de prendas de origen animal. Siendo así, tampoco debemos olvidar que, en el caso de las pieles que provienen del matadero, el factor limitante no es tanto la piel (considerada como un subproducto cuyo valor económico supone una pequeña parte del total) cuanto la demanda de carne y/o leche. Lo cierto es que bien podríamos prescindir de muchas prendas de cuero que habitualmente usamos, como cazadoras, cinturones o bolsos. Incluso en el aparentemente difícil segmento del calzado empiezan a aparecer interesantes artículos fabricados con materia prima sintética de excelente calidad.

Por otro lado, mucha gente piensa aún que nada debe objetarse a la lana, dado que para su obtención no se mata al animal (el interés comercial persigue justo lo contrario). La realidad es bien distinta, puesto que el proceso de esquilado se realiza con parco cuidado, por lo que no es raro que se ocasionen heridas e incluso el corte de pezones, provocando severas lesiones que desde luego nadie se ocupará de tratar como debiera, pues ello implica el empleo de recursos humanos y por lo tanto económicos. También aquí, y desde un punto de vista de la rentabilidad del negocio, resulta más provechoso que algunos ejemplares mueran por septicemia que prestarles atención veterinaria.
Mención especial merece el mercado de las «otras pieles», entre las que se incluyen las de cualquier animal susceptible de generar ganancias. Así, en los establecimientos de nuestras ciudades pueden verse objetos confeccionados con piel de avestruz o de distintas especies de reptiles. En el caso de estos últimos la crueldad es aún mayor, por la propia naturaleza de los animales, incapaces de transmitirnos sus emociones con la misma eficacia que zorros o chinchillas. Ello convierte a la operación de sacrificio y despellejado en un escenario dantesco. Casi sin excepción, se desprende la piel de sus cuerpos mientras permanecen vivos, perfectamente conscientes, y acaban muriendo por shock traumático.
Pensemos ahora en las cifras, un apartado simplemente escalofriante. Es obvio que para la confección de la mayoría de las prendas de vestir no basta con un solo individuo. Dado que de toda la superficie corporal solo se aprovechan ciertas partes, son necesarios varios animales para obtener una sola prenda. Dependiendo de la especie, pueden precisarse hasta ¡varios cientos de animales! (seres sintientes, experiencias vitales únicas e irrepetibles, recuerden) para un abrigo, por ejemplo. Si la existencia y el bienestar de un único animal es en sí valiosa para él, imaginemos lo que significa la muerte y el dolor para los cientos de millones de animales que mueren cada año a causa de la demanda social de la piel.

¿Qué podemos hacer?
Debemos ser conscientes de que las situaciones aquí denunciadas no se producen porque sí, sino que responden a una demanda social, como ha quedado escrito. Es esta la que desencadena todo el proceso, por lo que si está en nuestro ánimo contribuir a erradicar cualquier realidad que afecte a animales inocentes, resulta imprescindible que nos impliquemos y asumamos un mínimo compromiso. Cada cual elegirá el grado y la manera de involucrarse en el mismo. Es evidente que hay determinadas prendas que no solo resultan superfluas sino que además alcanzan elevadísimos precios, por lo que lo más razonable es empezar por rehusar su compra. Se trata de todos aquellos productos que tienen como fin último la obtención de la piel del animal: la llamada alta peletería. En realidad, cualquier grado de compromiso beneficia a los animales implicados. Por eso deberíamos plantearnos en serio si queremos seguir contribuyendo con nuestro dinero a convertir la vida de millones de seres sensibles en una experiencia horrenda, o reconocer nuestra responsabilidad ética y optar por un consumo más solidario. Conviene no olvidar que en nuestras manos está ser parte del problema o parte de la solución.

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