De la experimentación de la vida. Por Miguel Abreu

por Miguel Abreu

Hoy cada uno de nosotros forma parte de la sociedad de la experimentación. Todo hay que probarlo, comprobarlo y confirmarlo. Es una señal de los tiempos y, de alguna manera, una señal de que ya no creemos en los demás. No vale la pena decir nada sobre un tema determinado, porque sólo la experiencia personal directa sirve como validación.

La historia tiene su espacio al ser un referente suave. Al seguir insistiendo en actualizar y perpetuar los errores cometidos en el pasado practicándolos a diario, parece que la civilización actual no ha aprendido ni quiere aprender. Parece haber una necesidad de (re)validar cada error cometido por civilizaciones pasadas. Algunos de estos errores contribuyeron a la extinción de estas mismas civilizaciones, y hoy, cuando repetimos estos errores, la sociedad actual se vuelve inestable, corriendo el grave riesgo de su extinción.

La experimentación constante, especialmente con lo que causa daño, conduce al desgaste y a una crisis que se perpetúa en el tiempo y la vida de cada uno. Se pierde la confianza entre las personas, se pierde la confianza en las organizaciones, se pierde la confianza en los organismos creados con el propósito de defender y cuidar a las personas, se pierde la confianza en los gobiernos y sus organismos, en definitiva, se pierde la constancia del ritmo de vida.

La norma del desequilibrio

La percepción me dice que en la vida cotidiana la libertad sólo se entiende desde la perspectiva de que todo es posible, incluso si es la mayor aberración y/o causa daño. Todo lo normal y regular está limitado para que no choque con la expresión de la libertad de un individuo o de un grupo de individuos. Los valores fundamentales, que deberían ser inmutables, se van configurando según la voluntad y el modo en que cada uno elige.

La inestabilidad genera un dolor constante en la persona (sensación de no saber lo que se tiene), lo que a su vez deriva en estrés traumático. La creciente falta de capacidad, por parte de la persona humana, para saber afrontar el sufrimiento hace que el ser intente escapar sin razonamientos. Una vez aquí, la salida es la que está abierta y aparentemente la más fácil o decisiva. La persona dejó de inspirarse en la belleza y de gustarse a sí misma.

Los extremos son una falsa seguridad y a veces se utilizan como arma de protesta irracional. La insatisfacción constante, porque la persona no se soporta a sí misma, conduce a un deseo insaciable de experimentación, provocando graves desequilibrios en la persona, que acaban reflejándose en la sociedad. Vivimos en un modernismo rudo y sin objetivos comunes. El bien común no es la base de las relaciones interpersonales o interorganizacionales. El mundo se está vaciando de humanidad.

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